Caminar, mirar y volver a empezar: la historia detrás de los videos de Miramar

Hay una Miramar que transcurre todos los días delante de los ojos de quienes la habitan. Está en las personas que caminan, en una bicicleta que cruza la plaza, en un perro que pasea, en un cartel rojo, en un auto amarillo, en alguien que se detiene a descansar o en una señora que simplemente está ahí. Son escenas pequeñas, tan cotidianas que muchas veces pasan inadvertidas.

Magalí Bustos empezó a mirar esas escenas hace poco más de un año, cuando llegó a Miramar desde Tres Arroyos. Tenía 45 años, una hija de 27 que ya se había recibido y una pregunta que, después de muchos años dedicada a criarla, empezó a hacerse con más fuerza: qué quería hacer ahora con su propia vida.

Vivía en Tres Arroyos y buscaba un lugar con paisaje. Su mamá ya se había instalado en Miramar dos años antes y una visita terminó haciendo que volviera a mirar la ciudad con otros ojos. Decidió quedarse.

Su llegada también significó alejarse de una etapa de su vida que había quedado demasiado asociada a aquel lugar. Quería distancia. Quería empezar de nuevo.

Y entonces apareció Orense.

Cuando llegó a Miramar adoptó un perrito que había conocido en Orense. “Más o menos él me adoptó a mí”, dice entre risas. Lo llamó así por el lugar donde lo encontró y, desde el primer día, comenzó a salir a caminar con él.

Al principio lo hacía temprano para ver el amanecer. Después, simplemente empezó a salir a distintas horas. Caminaba alrededor de una hora, casi siempre desde su casa hacia el mar y de regreso. Y comenzó a grabar.

No es fotógrafa. No estudió arte ni tiene formación específica en redes sociales. Tampoco pensaba en convertirse en creadora de contenido. “Trato de capturar lo que ven mis ojos. Y nada más”, explica.

Tenía un celular viejo que no le permitía captar aquello que veía. Cuando cambió de teléfono descubrió que podía hacer zoom y ampliar su mirada. De pronto, durante sus paseos, podía detenerse en detalles que antes se le escapaban.

Después llegó la curiosidad por las personas. Quería filmarlas, pero también tenía miedo de incomodar o exponer a alguien. Incluso llegó a borrar un video cuando una mujer le pidió que le quitara el rostro. “No tengo problema de borrar”, explica.

Así fueron naciendo los videos que hoy esperan cada día quienes comenzaron a seguirla.

Son reels breves, hechos con clips de apenas un par de segundos. Magalí puede salir a caminar pensando en grabar 45 escenas y volver a su casa con 80 o 90. Después tiene que decidir qué queda y qué no.

“Me parece tan lindo”, reconoce cuando habla de esa dificultad. Le gustan especialmente las escenas en las que ocurre algo: alguien levantando algo del piso, una persona caminando, alguien que se detiene, una pequeña acción capaz de contar una historia en apenas dos segundos.

También presta atención a los colores. Descubrió que le llaman especialmente la atención el rojo y el amarillo. Puede ver un auto amarillo o una cartelera roja y sentir inmediatamente ganas de grabarlos.

La edición es sencilla. La hace directamente desde Instagram, sin filtros y sin grandes recursos. Ordena los clips de acuerdo con lo que le llamó la atención durante el día y trata de generar movimiento entre una escena y otra.

Pero hay algo que termina de darle identidad a esos videos: la música.

Magalí sale a caminar con sus auriculares y escucha su propia lista de canciones. Allí conviven distintos artistas y estilos. Durante un tiempo pensó en elegir canciones pensando en lo que podía gustarle a la gente. Después cambió de idea.

“Yo conocí Miramar y recorrí sus calles escuchando esa lista de reproducción. Entonces dije: lo plasmo en el videíto”.

Y así lo hizo. Por eso hay días más alegres y otros en los que la música parece acompañar una ciudad más melancólica.

Es que los videos también fueron parte de un proceso personal. Magalí cuenta que Miramar fue sanador. Llegó después de una ruptura y caminar por la ciudad fue, también, una manera de atravesar ese duelo. Las canciones de corazón roto que aparecen en sus videos no son casualidad. “Todo tiene que ver con todo”, resume.

Mientras ella caminaba, algo más empezó a suceder. Uno de los videos se viralizó y comenzaron a llegar mensajes. Personas que viven en otros países y que alguna vez vivieron o pasaron sus veranos en Miramar comenzaron a escribirle. México, Australia y otros lugares aparecen del otro lado de la pantalla. Algunos le cuentan que mirar sus videos los hace sentirse nuevamente en casa.

Una mujer le escribió que había pasado todos los veranos en Miramar junto a su abuela. Después de que ella falleció, la familia cedió la casa y dejó de poder volver. Al encontrarse con los videos de Magalí, le contó que ahora quería hacer todo lo posible por regresar.

También aparecen las discusiones que inevitablemente acompañan a cualquier publicación sobre una ciudad. Comentarios sobre la basura, el intendente o sectores de Miramar que no aparecen en sus recorridos.

Pero esa nunca fue la intención.

Magalí no quiere hacer una radiografía política ni mostrar aquello que está mal. Quiere detenerse en lo que ve. En lo cotidiano. En esa ciudad que empezó a descubrir justamente cuando dejó de vivir en automático.

“Viví como diez años en automático”, cuenta. Su psicólogo le había hablado alguna vez de “mindfulness” y de la importancia de estar en el presente. Ella comenzó a hacerlo casi sin proponérselo: caminar, mirar, observar el entorno

Y entonces empezó a agradecer.

Quizás ahí esté una de las claves de sus videos. No muestran una Miramar extraordinaria. Muestran una Miramar que muchas veces está ahí, disponible para cualquiera.

“Pasear un ratito por la costa es gratis”, dice.

Con el tiempo, los videos dejaron de ser solamente suyos. Hay vecinos que esperan aparecer, personas que le escriben agradecidas después de reconocerse en alguna escena y hasta negocios que comenzaron a pedirle que los incluya en sus recorridos.

También surgieron colaboraciones con músicos locales y nuevas propuestas que ella todavía no termina de dimensionar.

“No pensé que se iba a viralizar”, admite.

Lo curioso es que, mientras miles de personas miran sus videos, ella todavía parece estar descubriendo qué hacer con todo esto. No sabe exactamente hacia dónde puede llevarla. Y quizás tampoco quiera saberlo.

“Voy a dejar que fluya, que sea lo que sea. Lo voy a seguir haciendo”, dice.

Su nueva vida en Miramar todavía está en construcción. Trabaja de manera remota, tiene un emprendimiento de diseño y realiza carteras y prendas a partir de materiales reciclados. Su hija, que vive en Buenos Aires y se recibió de licenciada en actuación, fue también uno de los motivos que la llevaron a replantearse su propia vida.

Ahora siente que puede mirar hacia adelante con una libertad diferente.

Incluso se permitió cosas que antes le daban vergüenza. Como usar un gorrito. Quizás tenga que ver con que no la conoce todo el mundo. Quizás con esa sensación de que en Miramar cada persona puede vestirse como quiere y vivir a su manera.

Y en ese nuevo comienzo también apareció el amor. Conoció a alguien y todo se dio de manera natural. Al día siguiente de conocerse, compartieron unos mates en la playa, junto a Orense. Una escena sencilla que, de alguna manera, parece resumir también esta nueva etapa de su vida: caminar, conocer, animarse y dejar que las cosas sucedan.

Ahora, mientras los videos siguen creciendo, Magalí también sigue descubriendo la ciudad. Dice que le gusta todo: la gente que va a trabajar en bicicleta, los perros, las mascotas, quienes caminan despacio, la sencillez, la humildad.

Le gusta mirar.

Y quizás esa sea la verdadera historia detrás de la chica de los videos. No empezó queriendo mostrar Miramar. Empezó queriendo encontrar algo que mirar.

Hoy, cada mañana o cada paseo, sale con Orense, su celular y sus auriculares. Filma aquello que consigue detenerle la mirada. Después arma un pequeño relato de apenas unos segundos y lo comparte.

En septiembre se irá unos días a Brasil. Ya piensa qué hacer con los videos durante ese viaje. Dice que probablemente haga algunos desde allá, manteniendo el mismo estilo.

Mientras tanto, Miramar seguirá esperando el próximo.

Y Magalí también. 

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