Sacerdote para siempre

L. Sedar Senghu fue un presidente africano. En los foros europeos, él hablaba en latín como queriendo rendir homenaje al humanismo.
Escribió: “para ser un hombre cabal hay que ser poeta. Un hombre puede ser campeón en la lucha pero es completo si sabe danzar, cantar o componer un poema”.

El 19 de febrero nos enterábamos que el Nuncio en Nicaragua, monseñor Stanislaw Waldemar Sommertag, había visitado en el hospital a Ernesto Cardenal para comunicarle que el papa Francisco, después de 35 años, lo había absuelto de las censuras que, de acuerdo con las normas del Derecho Canónico, le había impuesto Juan Pablo II.
Lo primero que nos vino a la mente y al corazón fueron unas palabras suyas en una entrevista bastante reciente: “la materia que rige al universo es el amor y toda alma que Dios crea, la crea enamorada”.

No sabemos lo que habrá experimentado este anciano de 94 años que vivió tan intensamente y que dijo que para él, “la revolución, la poesía y el sacerdocio eran una sola ideación”. Pero si podemos imaginar que su fidelidad al sacerdocio fue capaz de esa larga espera. Como la de muchos que aceptaron las sanciones que la Iglesia les impuso sin recurrir a la crítica ni asumir, como suele ocurrir, la postura del incomprendido.

El Tiempo enseña
Tampoco sabemos si intentó, en algún momento acercarse para pedir el levantamiento de las censuras. Pero sí que nos ha dado un ejemplo de fidelidad a un sacerdocio que es para siempre. Como han dicho otros grandes hombres de la Iglesia: “es más costoso sufrir de la Iglesia que sufrir por ella”.
Varias veces, en el transcurso de estas 800 semanas, he citado a algunos que fueron obligados a no enseñar y que, de sus obispos y no como un consuelo fácil, escucharon decirles que en la Iglesia, después de un tiempo, largo o breve, todos iban a hablar así. El Concilio Vaticano II es una elocuente prueba de esta realidad.
Vendría también la sorpresa de un papa surgido de esta América Latina tan castigada y que, a imagen de Cardenal, supo conciliar las vocaciones de revolución, poesía y sacerdocio de muchas maneras.
No le podía resultar indiferentes al papa Francisco la larga espera del gran poeta. Una de las frases que nos inculcaron, ya desde los años del seminario, era: “tempus docebit”; es decir, “el tiempo les enseñará”

Con Dios y con los tiempos
Tal vez años atrás nos costaba imaginarnos esta escena que tuvo lugar en un hospital de Managua cuando el obispo auxiliar, monseñor Silvio José Báez, tan relacionado con el compromiso de la Iglesia nicaragüense, se acercó a Cardenal y le pidió su bendición como sacerdote de la Iglesia católica. Nunca lo había dejado de ser, no solo porque el sacramento es imborrable, sino también porque él así lo había vivido.
El Nuncio Apostólico concelebró con Cardenal la nueva primera misa como aquella de 1965, después de su ordenación sacerdotal.

Había llegado al sacerdocio a los 40 años y había recorrido un elocuente camino en el mundo de la inteligencia de Managua, en la tierra nada menos que de Rubén Darío.
Antes había militado en contra del dictador Somoza, había sido discípulo de Thomas Merton (le escribió el prologo a un bellísimo libro, “Vida en el amor”) en Kentucky y emprendió la formación de una comunidad de artesanos en el lago de Solentiname (visitada por artistas de todo el mundo, entre ellos nuestro Cortázar) que dio lugar a una recopilación de textos, “El evangelio de Soletiname”, que muestra la vivencia de la Palabra de Dios que logró con gente de lo que hoy llamamos la periferia. No puede quedar sin mencionar que esa comunidad fue arrasada por subversiva.

Del poeta habría mucho que decir. Nos quedamos con aquella “Oración por Marilyn Monroe” que escribió en el momento de su muerte.
Y rogamos para que aprendamos de él el compromiso con Dios y con la historia, aun cuando tengamos que pasar 35 años de espera.

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