Nieves del Valle: “La voz del chamamé que Miramar hizo propia”

Desde muy chica, la música fue su manera de estar en el mundo. Nieves del Valle, nacida La Rioja, formada artísticamente en Buenos Aires y abrazada definitivamente por Miramar, es hoy una referencia indiscutida del chamamé y la música del litoral en General Alvarado.

En una amena charla con “El Argentino”, repasa una vida atravesada por raíces familiares, escenarios populares, radio, idas y vueltas emocionales y un hilo conductor que nunca se cortó: la canción.

–¿Cuándo aparece la música en tu vida por primera vez y cómo se transforma en un camino?

–La música aparece desde siempre, desde que tengo memoria. Yo canto desde los cinco años, prácticamente desde que empecé a hablar. En mi familia todos cantaban, todos tocaban la guitarra, la música era algo natural, cotidiano. Siempre escuché decir que mi abuela materna era la que cantaba en las fiestas, tocaba la armónica, animaba reuniones. Yo no llegué a conocerla, pero siento muy fuerte que esa raíz viene de ahí, como una herencia que se transmite sin palabras. Nunca fue una elección consciente al principio, era algo que simplemente salía de mí, y con el tiempo entendí que ese iba a ser mi camino.

–Sos nacida en La Rioja, pero tu recorrido te llevó muy joven a Buenos Aires. ¿Cómo fue ese proceso?

–Fue un cambio muy grande y muy fuerte. Yo vengo a Buenos Aires a los 14 años con una hermana de mi mamá, después de que ella falleciera. Vivíamos en Barracas y para mí fue abrir un mundo nuevo. Ahí empecé a escuchar de todo: folclore de distintas provincias, música paraguaya, música del litoral, tango. Siempre fui muy abierta musicalmente. El tango, por ejemplo, me encanta y lo canté muchas veces. Buenos Aires me dio formación, oído, escenario y calle, que es donde realmente se aprende.

–¿En qué momento el chamamé empieza a ocupar un lugar central en tu vida?

–Eso llega con el amor y con la vida compartida. Cuando conocí a quien fue mi marido, yo no sabía que él tocaba el acordeón y él no sabía que yo cantaba. Nos fuimos conociendo, empezamos a salir y ahí todo se fue dando naturalmente. Yo estudié guitarra y canto porque quería perfeccionarme, y empezamos a tocar juntos. Él con el acordeón, yo cantando. El chamamé se volvió parte de nuestra vida cotidiana, de nuestra identidad como pareja y como artistas.

–Tu carrera parece haberse construido a partir de encuentros inesperados.

–Sí, absolutamente. Nada fue planeado. Un vecino que me escuchaba cantar me llevó dos guitarristas un día. Así, de golpe. Empezamos a tocar en peñas, en bailes, en lugares del litoral en Buenos Aires. Después vinieron las radios: Radio El Pueblo, Radio Antártida, Radio Argentina. Todo fue creciendo de boca en boca. Nunca golpeé una puerta diciendo “quiero ser cantante”, la música me fue llevando sola.

–¿Cómo fue el paso de Buenos Aires a Miramar?

–Fue muy duro al principio. Yo estaba en un muy buen momento musical en Buenos Aires y no quería venir. Lloraba mucho, porque sentía que estaba dejando todo lo que había construido. Pero mi marido no estaba bien de salud y su familia estaba acá. Llegamos un jueves y el sábado ya estábamos tocando en una peña solidaria en Amigos Unidos. Fue increíble. Desde ese día no paramos más. Fue como si la música me estuviera diciendo que acá también había un lugar para mí.

–¿Sentís que Miramar te adoptó?

–Sí, totalmente. Miramar me recibió con un cariño inmenso. La gente fue muy respetuosa, muy amorosa conmigo desde el primer momento. Empecé a trabajar enseguida, en fiestas tradicionales, en estancias, en Otamendi, en Mar del Plata. Me sentí parte, nunca una extraña. Eso no pasa en todos lados y yo siempre lo voy a agradecer.

–Tus hijos también siguieron el camino musical.

–Sí, la música fue creciendo con la familia. Javier, mi hijo acordeonista, empezó muy joven y después se fue a Buenos Aires porque quería hacer su propio camino. Yo lo conecté con músicos del ambiente y tuvo una trayectoria muy linda. Siempre que puedo lo acompaño cuando toca en teatros, festivales o eventos importantes. Ver a un hijo seguir ese camino con seriedad y respeto es una emoción enorme.

–La radio ocupa un lugar muy fuerte en tu historia.

–La radio fue fundamental. Empecé en Radio Mágica cuando recién abría, después pasé por Máster, Zona y otras emisoras. Estuve muchos años haciendo programas de música del litoral. La radio tiene algo especial: entra en las casas, acompaña, educa. Yo siempre sentí que era una forma de devolver todo lo que la música me había dado.

–Tu programa fue ternado al Martín Fierro Federal. ¿Qué significó ese reconocimiento?

–Fue una alegría inmensa. Entre tantos programas de todo el país, que elijan el mío fue un reconocimiento muy grande. Haber estado ternada, haber compartido esa noche, ya fue un premio. Es una caricia al alma después de tantos años de trabajo silencioso.

–¿Notás una revalorización del folclore en General Alvarado?

–Sí, claramente. Hay más peñas, más eventos, más interés. Eso es muy importante porque las tradiciones, si no se sostienen, se pierden. Está buenísimo que los jóvenes puedan conocer nuestra música, más allá de lo moderno. No se trata de reemplazar nada, sino de sumar identidad.

–¿Qué proyectos tenés hoy?

–Estoy en otra etapa de la vida. No hago temporada, pero sigo cantando cuando me llaman. A veces con pistas que me arma mi hijo, otras veces en reuniones más chicas, más íntimas. Me gusta compartir, generar encuentros, que la gente baile, que disfrute. Mientras haya música y ganas, yo voy a estar.

–Para cerrar, ¿qué mensaje le dejarías a la gente de General Alvarado?

–Solo tengo palabras de agradecimiento. Por el cariño, el respeto, el afecto de tantos años. Le deseo a toda la gente de General Alvarado: Miramar que tengan una vida llena de amor y respeto. Creo profundamente que eso es lo único que puede salvarnos como humanidad. Miramar me hizo sentir en casa y de acá no me voy más.