Mientras se acercaba el momento de preparar la columna semanal de “Ayer, hoy y siempre” me llega un hermoso regalo.
Se trata del libro “Madre puede servir a dos señores” que se dio la solución para ese compromiso que hace tantos años me mueve a escribir y publicar esas reflexiones (Joaquín Piña, “Madre puede servir a dos señoras”, Buenos Aires, Editorial Claretiana, 157p) que no obstante tener mas de quince años me han traído experiencias tan ricas, y para más en la cercaría de la fiesta de la Asunción de María.
De monseñor Peña Batlevell no he hablado mucho a pesar de lo rica y agitada que fue su tarea episcopal como primer obispo de Puerto Iguazú no he hablado mucho sobre su rica experiencia.
Ella me dice: “¡que arrastrables son los caminos que nuestro Señor nos va llevando a cada uno! Siempre que nos dejamos llevar. Yo era un chico tímido y seguramente con algún complejo y muchas limitaciones. Ya he dicho algunas, pero tenía más. Una vez que se cumplió lo que dice María en su cántico “porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora”. Yo no era un alumno brillante, mis hermanos eran mucho más que yo y sin embargo Dios me miró con bondad y se compadeció de mí, ¡tal vez porque los últimos serán los primeros… que nadie se gloríe porque todo es un don de Dios!
Así lo dice él al contar su vida comenzando por la fundación de la diócesis de Iguazú y terminando por su vida personal que comparte qué significó para él seguir lo que dice San Ignacio: ser hombre para los demás”.
SANTA MARIA DEL IGUAZU
La diócesis creada en 1986 venía a segunda a segunda de la provincia de Misiones y fue promovido por el primer obispo de Posadas, monseñor Jorge Kemerer y actualmente también cuenta con la diócesis de Oberá.
En su largo episcopado monseñor Piña encontró que esa diócesis creada por Juan Pablo II, no tenía patrona, “una mamá que velase por ella” y a pesar de que las misiones jesuíticas habían propagado la devoción mariana en sus años de trabajo en esa región.
De todas maneras, monseñor Piña va contando las maniobras que hizo en sus primeros tiempos hasta que encontró una que, lo dice él mismo, “nada que ver con las imágenes a que nos tienen acostumbrados, a veces traídas de Europa, cara sonriente y rosadita. Pero Santa María del Iguazú no es una copia o imagen de serie, mujer contraria a semejanza de las que trabajan en las chacras.
Por eso extiende sus manos como de hombre. Está de pie y parece que va llevando a su hijito al hospital.
En su rostro se refleja la angustia y el dolor, pero a la vez una gran paz”.
Le hicieron enseguida una oración que dice: Ella es la madre de los pobres y de los que sufren, no tiene corono ni estrellitas artificiales, sino que sus estrellas son las del firmamento en una noche despejada. Ni pintura policromada sin dorados de purpurina sino el noble color no al estilo de las mujeres de su tiempo. “La verdad dice el obispo, que a mí me gusto mucho sobre todo por lo autóctono y su rostro tan sereno, aunque ya sé que no les gusta a los que no entienden de arte”
DETRÁS DE ELLOS
Sigue el obispo: no lo quiere decidir solo y por eso a los pocos días con motivo de una reunión de sacerdotes y hermanas que estaban en El Dorado, la llevamos allí y quise escuchar la opinión de todos. Desde luego algunos no querían saber nada y entre otras cosas decían ¿no ven que tiene manos de hombre y viste como una monja?
En el primer conversarlo de la diócesis (1987) se hizo la ceremonia donde el obispo enseño que ya que había tomado conciencia de su identidad de ser María como Madre de la Iglesia, en particular de la joven Iglesia de Iguazú. Cuenta lo que preguntó el día de la fiesta que yo también me atrevo a repetir: 1) ustedes quieren que la nombremos patrona de nuestra diócesis. 2) quieren que celebremos todos los años 3) quieren que levantemos un santuario? Termina diciendo que todos iban detrás de ella por caminos y picadas donde Ella visitaba a sus hijos.










