PADRE HUGO SEGOVIA
La sabiduría y la severidad de Pio XII (1939-59) fueron capaces de, entre tantos aportes notables, a la reforma litúrgica.
Comenzaba en los centros benedictinos y en los grandes monasterios durante un siglo fueron tomando formas concretas, y a mediados de los años 50 la vida cristiana fue como centrándose en torno a la liturgia.
Sería toda una definición la que diría en la misma Constitución litúrgica que fuera, dato no poco importante, el primer documento discutido y aprobado en 1969.
Cima y fuente fue la definición que dio sentido a esos años que eran, además, de una belleza elocuente al darle a cada elemento su verdadero sentido ubicándolo en ese mundo infinito del misterio pascual.
Los años 60 que han pasado desde el final del Concilio han sido también dispares y es justo revindicar aquellos años de experiencias pastorales, de encuentros regionales y continentales.
No solo el uso de las lenguas vernáculas con todo lo que ella importaba sino en los aspectos social, económico, cultural y pastoral le ha sido tan definitorio y continúa siendo una prioridad de la cual no podemos olvidar ni pasar a lugares secundarios.
Lo que en aquellas primeras comunidades era un grito de vida: “no podemos pasar por alto el domingo” deben volver a resonar en este mundo.
Recordábamos lo de 1982, en aquella guerra sin sentido que estalló en días mismos de preparación pascual, y como sí la historia volviera a repetirse, Francisco no ha tenido empacho hablar de una guerra “blasfema” en un mundo que no llega al diálogo y que lamentablemente hace desconfiar de los grandes proyectos y las alianzas edificados no sobre la sinceridad de los poderosos sino por la veracidad de los grandes y las desmedidas ambiciones.
Lejana parecía aquella voz profética que gritaban el 4 de octubre de 1965 en la N.U., ¡jamás la guerra” aunque hayan tenido que repetirla tantas veces Juan Pablo Benedicto y el que no se cansa de cansarse.
OTRA PASCUA EN GUERRA
Hablábamos de y, se me ocurre que es un texto muy indeciso para leerlo y meditarlo en la Pascua de este año que comienza, alguien ha dicho, la Iglesia inicia invocando a la paz.
Es un todo, una premonición pontificia para que después tengamos y tomemos conciencias de la gravedad. Un texto que nos provocó décadas atrás nos decía que la caridad no tiene manos de hada sino mano pesada de madre y de enfermera.
Pidamos manos pascuales que no saben de la muerte y el pecado.