Una hija musulmana

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

Padre Hugo Segovia

Desde la llegada a Miramar la lectura del semanario español “Vida Nueva” se ha convertido en alimento necesario no solo de información sobre la vida de la Iglesia, tan degastada entre nosotros, sino también como usina imprescindible para ubicarnos en las honduras de los tiempos con una palabra en la cual la fidelidad y la valentía se aúnan como lo hemos dicho sobre todo en la columna del 29 de setiembre de 2016 con motivo de la llegada del semanario nada menos que a su edición 3000.

En estos tiempos de pandemia es invalorable ese aporte que quiero expresar porque la lectura de uno de sus artículos ha ofrecido el material para la redacción de esta columna que llega a su número 889.

Se trata de una musulmana convencida que conoció la espiritualidad cristiana.

Se trata de SHARZAD HOUSHMAND ZADEH nacida en Teherán y que es profesora de estudios islámicos en la Universidad Gregoriana de Tome tanto como en la Universidad Marianum y la Sepienza y miembro del Pontificio Consejo de la Cultura y de numerosas instituciones referidas al diálogo interreligioso.

Cuenta que llegó a Calabria, procedente de Irán a finales de los años ochenta y que su primer contacto, más allá de los estudios académicos sobre las religiosas, fue con el Movimiento de los Escolares que, confiesa, “amaba a Cristo, lo ponían en práctica y me amaban.

Y no solo eso sino que no entraron en conflicto, respetaron si religión, fui libre de contar si espiritualidad, mis maestros, mi liturgia.

Pasé mucho tiempo preguntándome: enamorada como estaba de la luz de la espiritualidad islámica, se encontraba frente al valor de otra espiritualidad, la cristiana”.

UNIDAD EN LA DIVERSIDAD

Sabemos que el Corán reconoce y aprecia la Palabra de Jesús y Shahrzad, confiesa que pasó momentos de mucha inquietud pero así comprendió su religiosidad de una manera más profunda: “Dios es siempre uno y es siempre uno en el Dios de los musulmanes, judíos, cristianos, no creyentes, otros creyentes”.

Aquí aparece la figura de ChiaraLubich que “traducía la vida espiritual a un lenguaje vivido, concreto, para dar vida a la Palabra y mientras ella, a partir de un versículo del Evangelio presentaba la palabra para vivir que se envía a millones de personas en todo el mundo ya hacía lo mismo meditando con los versos del Corán en una página cada mes y ellos la traducían a cinco idiomas y los enviaban al mundo. Una comunión de alas, una unidad en la diversidad entre cristianismo e islamismo”.

Acostumbrada a una vida desahogada en Irán entró a tomar parte del Instituto femenino de la ciudad santa de Qon y a los 21 años obtuvo el doctorado. Se casó y en 1988 se inscribió en la Universidad Pontificia del Sur de Italia en Reggio Calabria donde su director le hizo experimentar el respeto a quien era la primera alumna de otra religión que quería profundizar el cristianismo.

Cuenta lo costoso que fue para ella “derribar el muro del monoteísmo. Para su lógica era inconcebible así como el misterio eucarístico: “cada término era un obstáculo, no solo lingüístico sino cultural, religioso, racional. Me parecía absurdo pero una cardióloga, la tomó de la mano, le fue explicando y le fue haciendo pasar a través de la frontera del estudio racional de la religión.

Su encuentro con los Escolares y su traslado a Roma donde compartió las clases en la Universidad Lateranense con los nuevos sacerdotes y los profesores de religión como la primera musulmana en estudiar allí donde obtuvo el doctorado con una tesis sobre Cristología coránica.

CRISTOLOGIA CORANICA

En este año del centenario de ChiaraLubich resulta grato encontrar esa afinidad con esta seguidora de Mahoma.
Ella lo manifiesta muy cálidamente: “una comunión de alma, de sagrado vivido, una unidad en la diversidad entre cristianismo e islas. Ya había atravesado otros confines también difíciles pero centrados en lo exterior y lo racional”.

Ahora, insiste Shahrzad, “ya no veo fronteras porque donde hay belleza no hay muros. Por eso, en el Corán las tinieblas son en plural pero la luz está siempre en singular, solo una”.

Fundamental en todo este rico proceso en su afinidad con el Papa Francisco. Ella habla de “una fuerte armonía espiritual” y recuerdo que, cuando lo conoció, le vinieron al alma unas palabras: “soy una hija musulman”.

Ante tantos desafíos como estamos asumiendo, ella nos ayuda y nos da lecciones cuando dice: “a mis tres hijos no les he impuesto nada pero he tratado de ser un testimonio sincero. Yo he tenido que luchar mucho por mis hijos porque la vida me ha mostrado también facetas oscuras. El Maestro del universo guía, nos acoge y enseña a acoger y engrandecer el alma”.

En su reflexión nos deja lo que también desearíamos fueran las muestras, de esta columna y en este tiempo, que muchas veces nos atemoriza, nos desanima, nos aburre y nos confina. Ella es “gracias” y ojalá podamos decirle como ella: “Suukr”.