Aquella expresión que le adjudicábamos a San Ignacio, “sentir con la Iglesia”, acudió este 1 de Julio a nuestras mentes y corazones.
Algunos, según nos enseñaban en los tiempos de formación del Seminario, le habían agregado a esa expresión” sentir con la Iglesia Romana”.
Dolor grande este día en que todavía meditábamos no solo con la fiesta de San Pedro y San Pablo, que es el día del Papa y nos salían al encuentro las reuniones que se había afectado en el segundo consistorio convocado por León XIV “para escuchar a más de 170 cardenales de los cinco continentes y pedirles su ayuda y colaboración no solo en esos días relacionados con la fiesta del Pontífice, sino en el servicio cotidiano de la comunión sino, según sus palabras “necesitar estar unidos como hermanos en el servicio cotidiano de la comunión de la Iglesia Universal”.
“Ayúdenme a escuchar lo que emerge en las iglesias, reconocer los signos de esperanza que a menudo crecen en el silencio, pero también no pueden ignorar las fatigas, las incomprensiones y las resistencias que pueden aparecer en el camino”.
“Libertad, franqueza y lealtad” reclamaba entonces León XIV y “un consejo sincero que debe ser siempre un acto de comunión” o sea la gran apuesta de Francisco y fruto del Concilio Vaticano II como apertura de la Iglesia a los signos de los tiempos”.
EL DON DE LA UNIDAD
Al don de la unidad del Papa hacía referencia entonces en ese organismo que componen también hombres provenientes de terribles conflictos los convocaba a trabajar por el don de la unidad”.
Pasado este momento de profunda comunión entre León XIV y los miembros del Colegio Cardenalicio aparecen las nubes de obstaculizan ese camino y se hacen visible los signos de la división.
No está de más recordar con dolor, pero a la vez con un sentido de profunda composición a quien ha pasado a ser cabeza de este movimiento, monseñor Marcel Lefbre.
Había sido Nuncio Apostólico en Africa y era en el tiempo del Concilio superior de los Padres del Espíritu Santo, adonde llegó cuando consideró que su misión diplomática, Nuncio Apostólico, había terminado porque considera que los países en que había ejercido esa misión habían adquirido suficiente capacidad de gobierno eclesiástico y entregó a un africano la misión, primero como auxiliar, monseñor Thiandoum, quién tendrá, años después, una tarea tan comprometida como la de pedir a monseñor Lefebvre no llegar, a pedido del Papa pero también suyo la no consagración de obispos, los de San Pío X cuya aventura ahora ha sido continuado por la ordenación de los cuatro obispos.
Durante el Concilio aparece varias veces su figura como miembro de una tendencia opuesta a la de la mayoría, pero sin imaginar los pasos posteriores que dieron lugar al nacimiento de estos llamados “lefebvristas” que han procedido a las ordenaciones episcopales en Suiza desoyendo los anticipos los anticipos de ex comunión de Roma.
DOLOR ECLESIAL
Ahora se han repetido después de los intentos de diálogo que se extienden más de medio siglo y de los cuales León XIV no ha querido desechar y que han llevado ahora a esta dolorosa decisión del 1 de Julio que nos conmueve, en medio de las crisis graves de toda orden por las cuales estamos pasando.
Cuando monseñor Lefebre procedió a la ordenación episcopal de 1986 debemos recordar que el Papa Pablo II envió su mensaje a una figura tan compleja, pero por otra parte tan definida como la de monseñor Lefebre, nada menos como la del filósofo Jean Guitton que movió en paginas emocionantes los sentimientos de un hombre que debió luchar entre su convicción personal y su fidelidad a la Iglesia.
Nos queda a nosotros lamentar este momento de dolor eclesial, profundo por cierto pero iluminado por aquel sentir con la Iglesia propia de los que no solo con palabras sino con todo el ser, decimos “creo en la Santa Iglesia santa, católica y apostólica”.
