Columna del padre Hugo Segovia
Cuarenta y nueve años. Diecinueve de sacerdote. Cuatro de mi llegada a Miramar.
A todo ello hay que agregarle ahora el numero cuarenta.
En efecto, el 11 de mayo de 1980 yo me hacía cargo de la Parroquia San Andrés de Miramar.
El 20 de Abril se había inaugurado la Gruta de Lourdes en el vivero y había sido también como la apoteosis del Padre Vicente Altaba que la pensó y la llevó a cabo en un tiempo record: en enero, aprovechando la participación de la comunidad artística, comenzó su construcción y me parece volver a verlos como dejando algo de cada uno en esa casa de María.
Era un Año Mariano y la maternidad de la Virgen se prodigaba: la Estrella de Mosqueruela es Teruel, Lourdes de Francia y Luján de Argentina. La misma Madre y distintos hijos.
Pero el gozo del momento se asociaba la tristeza porque era como la despedida de Vicente que en la gruta nos dejaba su fecundo legado.
Es que el 11 de mayo sería la misa su despedida y, al mismo tiempo, yo tomaba las rejas del arado que no olvidaría el calor de sus manos que lo habían conducido durante 10 años.
La importancia del momento dejaba un poco atrás lo que ese día se conmemoraba: no solo el sexto aniversario del martirio del Padre Mujica y los 75 años de la muerte de Ceferino Namuncurá sin olvidar que un 11 de mayo de 1826 nacía Fray Mamerto Esquiú, el Franciscano que asombró a los argentinos cuando alabó a la Constitución Argentina. Hombres cuya pasión por el Evangelio venían a ser una exigencia para mis pasos no demasiados sólidos.
ATRAVESAR MIRAMAR
Hacía cuatro años de mi llegada a Miramar y puedo decir que tanto como yo atravesé la ciudad, ella me atravesó a mí. Se trata de la historia de un entrecruce.
Desde el 13 de mayo de 1976 en que recibí la primera llamada telefónica que me ordenaba alejarme y me imponía un plazo perentorio para hacerlo se fueron manejando distintas opciones.
Gracias a un joven amigo, Julio Gabana, que estudiaba en la Universidad de Bahía Blanca aparecieron Tandil y Miramar como posibles lugares.
Más allá de la gravedad del momento y con la ilusión de que sería por un tiempo, mi mamá y los amigos de la Comunidad de San Pablo que se estaba consolidando, Miramar surgió como el lugar adecuado.
Atardecía el 31 de Mayo cuando en el Citroén que manejaba otro amigo, Ruben Alvarez, acompañado de su esposa, llegamos a Mitre y 14, el edificio Belmes, donde estuvimos dos meses. El 1º de Agosto nos trasladamos a la casa de la calle 28 nº 1328, anexa al Colegio Nuestra Señora de Luján hasta el 1º de marzo de 1977 en que recalamos en 40 nº 1543, propiedad de Palmiro y Laura López tan vinculados a la Parroquia. La calle 40 todavía no estaba asfaltada y allí transcurrieron momento inolvidables y, así, nuestro exilio se fue transformando en tierra querida.
En Julio de 1979 fuimos a la casa de la calle 23 nº 1597 cuyos propietarios, Alfredo y María Caserio, pasaron a ser parte de nuestra historia.
Ya siendo Párroco el 8 de diciembre de 1980 nuestro domicilio fue 29 nº 1264 propiedad de Basilio Cipolleta, muy cerca de la iglesia y del colegio.
¿Cómo no recordarla aquí por tantas cosas y por una que la hizo penetrar en lo mas profundo de mi vida porque allí regaba los rosales mi mamá como solo ella sabía hacerlo hasta el 23 de julio de 1992 cuando comencé a prepararme hasta el 13 de diciembre de ese mismo año para dejar Miramar?…
ESTE INMENSO MAR
Aquella tarde del 11 de mayo de 1980 utilicé unas palabras de Antoine de Saint Exupéry (“gobernar es tener una infinita necesidad de los demás”) que mucho me ayudaba a asumir la misión que la generosidad de monseñor Garcia me encomendaba.
Una ciudad que yo creí que sería la mía durante poco tiempo y que paso a ser más de la cuarta parte de mi sacerdocio.
íTuve ocasión de decirlo cuando el 3 de diciembre de 2014, el Intendente y el Concejo Deliberante me distinguieron como ciudadano ilustre (me entere que monseñor Jaime de Nevares era llamado “vecino Ilustre” de Neuquén donde estuvo treinta años como obispo y cinco más ante de su muerte). Ahora, si pudiera elegirla, lo haría y me parece que fue en 1982 cuando Juan Pablo II celebró la misa en Palermo, cuando me di cuenta de ello porque al verme pasar oí a mucha gente que decía: allí va el párroco de Miramar” y tuve conciencia de que el turismo la abría a dimensiones amplias.
En este aniversario vuelve a mí lo que el cardenal Pironio, que tenía en su lugar de trabajo en Roma un poster de Mar del Plata, decía en el centenario de la ciudad: “siempre dije que nuestra Iglesia particular tenía que tener fisonomía propia y las características que le inspira el mar: ella tiene que ser profunda en la contemplación, fuerte en la esperanza, ancha y sin límites en la inmensidad de su horizonte”.