Tres mujeres para Europa

Padre Hugo Segovia

En los tiempos del Concilio Vaticano II el Papa Pablo VI proclamó a San Benito como padre y patrono de Europa.

En la primera mitad del siglo sexto fue el fundador de las comunidades montales que desde Monte Casino en Italia se extendieron por el occidente europeo siguiendo la Regla de su fundador que conjuga la experiencia ascética del oriente cristiano y el sentido humano de la vida occidente con los del Evangelio.

El lema de los benedictinos lo dice todo: “ora et labora”. Veinte años después el Papa Juan Pablo II embuido de lo que se llamó el sueño el sueño de Compostela proclamo también como patrones de Europa a los santos Cirilo y Metodio, oriundos de la Iglesia Bizantina que en siglo noveno, en tiempos del cisma del oriente, evangelizaron a los pueblos esclavos de Europa Oriental. Decía el Papa que la Iglesia debe respirar con los dos pulmones: el occidental y el oriental.

Se predica hablaba de una Europa unida del Atlántico a los Urales y desde el Mediterráneo hasta el Mar del Norte.

La aventura de Benito por un lado y la experiencia de Cirilo y Metodio que celebraban la misa en lengua eslava se unían para definir el alma del continente.

Más aun: en 1999 se llevó a cabo el Sínodo para Europa así como parte del proyecto pastoral que conducía al nuevo silencio incluyo la realización del sínodos para los otros continentes, el mismo Juan Pablo declaro patronas de Europa a Santa Catalina de Siena, a Santa Brígida de Suecia y a Santa Teresa Benedict de la Cruz o sea a Edith Stein.

CATALINA. BRIGIDA. EDITH

Catalina de Siena en el siglo XIV fue capaz de integrar la vida contemplativa con una incansable actividad. No obstante su fragilidad viajo para convencer al Papa sometido por las presiones del rey de Francia en Avignon que debía volver a Roma. Además fue promotora de un movimiento de reforma y renovación de la Iglesia con aquella expresión que les decía a los seguidores que con su amor debían incendiar a toda Italia. No ahorro críticas que llegaron hasta a los mismos cardenales a quienes llego a calificar de “demonios encarnados”.

El Papa Pablo VI a 1970 declaro a Catalina junto con Santa Teresa de Avila las primeras doctoras de la Iglesia.

Brígida nació en Suecia en 1303 en un viaje que sus padres habían programado a un santuario irlandés y ya casada junto con su esposo solía salir en peregrinación a

diversos santuarios habiendo llegado hasta el de Santiago de Compostela. Habiendo enviudado comienza un recorrido por diversos lugares marcados por la vida y las obras de grandes santos y siempre en actitud de servicio amonestando también a los que habían provocado el exilio de los papas de Avignon y dedicando sus atenciones a los pobres y postergados. Llego hasta Tierra Santa. En 1335 el rey Magnus la convoco en Estocolmo para enseñar en la corte y fue participe de los estudios bíblicos de un famoso profesor Matías de Linkoping a quien se debió la primera traducción de la Biblia en lengua sueca.

En Roma funda la Orden del Santo Salvador una congregación religiosa doble a imagen de la comunidad de Pentecostes que tiene a María como madre de la Iglesia naciente.

Una experiencia que si bien no pudo cuajar tiene en la Piazza del Fiori una casa muy cerca de la Embajada de Francia que es sede de un movimiento ecuménico muy activo.

HUMILDE Y MAJESTUOSA

De la tercera mujer nos queda la promesa de dedicarle otra columna. Es una de las personalidades más significativas y fecundas de que puede enorgullecerse la Iglesia.

Terea Benedicta de la Cruz es el nombre que como carmelita eligió Edith Stein quien al encontrar a Cristo descubrió el sentido profundo de su vida y lo abrazo hasta la muerte de cruz. Solamente y para destacar la magnitud de su figura digamos hoy que, por ejemplo, Sara Gallardo tenía proyectado escribir una biografía de la llamada “monja judía” de quien se sentía muy muy allegada, dice Leopoldo Brizuela, “por la sensación de ser extranjera en todos lados y por el despojamiento progresivo”. De ello quedaron algunos apuntes “detenidos en la fascinación por aquella mujer que había ido más lejos porque era una santa”.

Estas tres mujeres nos abren un camino de enormes alcances ya que, como dice el Padre Henri de Lubac son miembros de una Iglesia que “es católica, esto es universal y quiere que sus miembros se abran a todos y no obstante ello no es plenamente Iglesia y en el silencio de la adoración. Es humilde y majestuosa, asegura que integra toda cultura y que eleva en si todos los valores y, a la vez, quiere ser el hogar de los pequeños, los pobres, de la muchedumbre simple y miserable”… “o nos da desde arriba y procede desde abajo porque es humana y divina”