Todo el peso del Mundo

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

Aquella tarde del 27 de marzo de 2020 la imagen del Papa Francisco, en la plaza de San Pedro, quedo acuñada como el icono del difícil tiempo de la pandemia.

Veíamos a la vez otras imágenes del arduo peregrinar de la Iglesia junto con la del obispo de Roma que afrontaba para la ciudad y el mundo la magnitud del momento.

Recordábamos “la misa sobre el mundo” que, desde las alturas del Himalaya, entono el Padre Teilhard de Chardin. El veía allí, a falta de pan y del vino para la celebración eucarística, todo el trabajo de los hombres que empezaban la jornada completando, en su medida, el proyecto de la creación.

Es lo que en cada celebración eucarística se expresa, ese ir de la ciudad al templo para después volver del templo a la ciudad en fraternal comunión.

El polvo de los caminos, el esfuerzo y el trabajo se entrecruzan con el pan y el vino del sacramento. Por eso, el celebrante al despedir a la comunidad, le dice: “en el nombre del Señor puede ir en paz”.

Un santo obispo de nuestro tiempo, en la ordenación de un sacerdote le decía: “recibe la patena con el pan que es fruto de la tierra. ¡Ama a la tierra!. Comprende el trabajo del hombre, su sudor y su cansancio y también la angustia del que no puede trabajar. Acuérdate que este pan que tiene adelante ha pasado por tantas manos. Tú ni siquiera conoces el nombre del que ha tocado esta harina, este grano que ahora está aquí. Mejor así pues el ofertorio que cada día harás cuando seas presbítero asumirá verdaderamente el peso de todo el mundo. Reciba la patena del pan y que tu vida sea digna del servicio de la mesa del Señor y de la Iglesia.

SIN FRONTERAS

El 30 de Abril recibimos la vacuna en el Hogar García Landera de Necochea. Un ritual que era también, dentro de su simplicidad, una liturgia porque veíamos asociada la fe con la ciencia. “Nadie se salva solo” nos volvía a decir el Papa Francisco.

Más aun sabiendo que esa vacuna que tanto nos preocupaba no recibirla había sido inoculada, no obstante las maquinaciones de los que no entendieron que no es un privilegio de lengua, clase o nación sino un fruto del trabajo de los hombres y que todos debimos compartir, a personas sin techo en el aula Pablo VI del Vaticano durante la Semana Santa.

Allí, en el ambulatorio “Madre de la misericordia”, bajo la columna de Bernini se ha ofrecido asistencia a miles de marginados procedentes de noventa y seis países.

Además se han donado maquinarias para hospitales de otros países porque “vacunarse es una forma de ejercer la responsabilidad hacia el prójimo y el bienestar colectivo”. “Promover la cooperación y no la competencia, buscar soluciones para todos ante un reto que no reconoce fronteras que pueden levantar barrera. Todos estamos en la misma“repite una y otra vez el Papa.

El arzobispo argentino Marcelo SanchezSorondo que es el canciller de la Pontificia Academia de las Ciencias ha llamado a aprovechar la crisis para que haya menos injusticia, menos excluidos, menos hambre y miseria, menos desastres provocados por el cambio climático”.

Lo hemos escuchado al Papa denunciando la indiferencia que tan a menudo parece dominar no solo a las personas sino también a las naciones. Ha exhortado a combatir la pandemia con lo que llama “el internacionalismo de las vacunas” o sea el esfuerzo para superar los retrasos en su distribución y promover especialmente su reparto entre los países más pobres.

Muchas veces nos ha desafiado con sus propuestas y lo sigue haciendo con la audacia del Evangelio. Como cuando, en el dialogo con los periodistas que cubrieron su viaje a Irak, haciendo mención de su escala en Mosul razonaba: “Frente a la Iglesia destruida cuesta creer hasta donde llega la crueldad humana.

Pero la pregunta que me vino a la cabeza fue: ¿Quién vende las armas a estos destructores? ¿Quién es el responsable?. Pediría que, al menos, los que venden armas la sinceridad de decir que son ellos.

LAS MANOS

Fue una hermosa experiencia la del 30 de Abril. La cordialidad de los enfermeros que nos inoculaban también confianza y nos remitían a la infancia, en la que solo la mano del médico, les calmaba los dolores.

A nosotros que aprendimos de Eladia Blazquez a condenar “tantas injusticias repetidas” y con María Elena Walsh tener la sensibilidad capaz de sentirnos “cuidados en cada flor” se nos dio ahora la oportunidad de valorar la transcendencia de los pequeños gestos que suelen pasar desapercibidos pero que son, al fin y al cabo, capítulos de una historia de salvación. En este caso, de salud, porque es la mano de Dios que se detiene sobre la mano del enfermero y limpia las llagas del paciente.

También vino a la mente la oración que un médico amigo del Hospital de la Comunidad de Mar del Plata me confío años atrás: cada vez que le tocaba intervenir a un semejante miraba hacia arriba y le decía a Dios: “tus manos”.
Después miraba las suyas y decía: “mis manos”. Se dirigía al enfermo y le decía: “mi hermano” y por último, de nuevo mirando hacia arriba, le decía a Dios: “tu hijo”, “mi hermano”.

Un testimonio realmente emocionante que nos dice mucho más que muchos razonamiento porque, como decía el poeta Fernando Pessoa “todo vale la pena, si el alma no es pequeña”.