Padre Hugo Segovia
Casi el cincuenta por ciento de esta columna en el año 2020 versó sobre la figura y el pensamiento del Papa Francisco y en muy pocas de ellas faltó alguna referencia a él.
Es realmente monumental ese aporte de cada día que nos ofrece nuevas experiencias, nuevos estudios que nos inducen a vivir el momento con intensidad.
Entre todo ello nos encontramos con la aparición de un libro que recorre el fruto de una entrevista que tuvo con el periodista inglés KusterTvreigh y lleva el título de “Soñemos juntos: el camino hacia un futuro mejor”.
Es frecuente este tipo de publicaciones y también en ello podemos descubrir el estilo de este hombre, abierto al diálogo.
Me acuerdo de un obispo argentino que, años atrás, fue criticado por haber concedido una entrevista a un medio que no se consideraba apropiado y él respondió: “no me interesa quién es el que me pide conversar sino la
utilidad que mi palabra puede aportar”.
Al fin de cuentas ya el Papa Pío XII había hablado de la importancia de la opinión pública. Se pido que se capacite a los futuros sacerdotes para que tengan un contacto fluido con los medios de comunicación y para ello se requiere capacitar a los seminaristas en actitudes abiertas, comprensivas y valientes y, sin dudas, bien formadas en los valores del Evangelio.
LAS CUARENTENAS
Tampoco olvido, al respecto, lo que me dijo un conocido actor cuando, en los tiempos de los Encuentros de la Iglesia con el mundo del teatro, se dijo, al entregarle la invitación: “¿el Obispo nos quiere retar? “cómo si esa fuera solo la misión de un pastor.
En el libro “Soñemos juntos” se ve a un hombre capaz de mostrar lo que enseña la Carta a los hebreos: “nuestro sumo sacerdote puede tener compasión de nosotros por nuestra debilidad porque él mismo sufrió toda clase de pruebas igual que nosotros”.
Habla, por ejemplo, de su experiencia Covid 19 como él las llama a tres momentos de su vida en los que tuvo que afrontar cuarentenas que lo ayudaron en su crecimiento y que también están relacionados con etapas fundamentales de su vida.
Gracias a la recepción de la revista “Vida nueva” podemos interiorizarnos de ello.
Tenía 21 años y se estaba preparando para el sacerdocio y le sacaron un litro y medio de agua del pulmón y le extirparon el lóbulo superior derecho. Después de varios meses, dice: “salí mejor y más realista y consciente de que dependía de la bondad y sabiduría de los demás”.
Más adelante, en 1986, había viajado a Alemania para trabajar sobre su tesis en la cual se refería al teólogo Romano Guardini. Recordemos que ya entonces había terminado su tarea de provincial de los jesuíticas. El llama a ese período de su vida “el Covid del destierro” y allí experimentó la nostalgia de la patria. Hasta el punto que no quiso ver, en el Mundial, el partido Alemania y Argentina. Dice: “era la soledad de un triunfo, solo, porque nadie lo compartía. Era la soledad de no pertenecer que te desinstala”.
ENCONTRAR UN LUGAR ADEDUADO
Hay todavía otro, el que sufrió a su vuelta y fue enviado a Córdoba. Con una franqueza realmente admirable dice: “este tiempo tuvo su raíz en mi modo de conducir, primero como provincial y después como rector. Seguramente algo bueno hice pero a veces fui muy duro. En Córdoba se pasaron la boleta y tenían razón”. Más aún: “se me movió todo”: “me mandaron a un rincón de la cancha y me hicieron sentar en el banquillo en categoría de suplente”.
Cuenta que en ese tiempo (diez meses y trece días…) aprovechó para leer los 37 tomos de la famosa historia de los papas que en el siglo XIX escribió Ludwing Ven Pastor “ahora me pregunto, desde donde estoy ahora, por qué Dios me habrá inspirado leer eso en aquel momento. El Señor se preparó con esa vacuna porque una vez que conoces esa historia no hay mucho de lo que pase en la Curia romana que pueda sorprenderme”.
Confiesa el Papa que “ahora en su tarea de gobierno de la Iglesia debe tener cuidado para no caer en los mismos defectos que cuando fui superior religiosos en argentina”.
Resulta asombroso este testimonio del cual no sabemos que admirar más: su sentido del humor, su lenguaje adecuado al lenguaje común, su valentía en reconocer actitudes que, como sabemos, han dado lugar a variadas interpretaciones en su favor o en su contra, su aceptación de los destinos que le fueron impuestos, sus sentimientos tan humanos que nos ayudan a analizar a los sacerdotes con mucha comprensión teniendo en cuenta, como él mismo dijo en su discurso navideño a la Curia Romana: “para que encuentren el lugar adecuado y lo encontrarán solo si están desarmados, humildes, esenciales”.