Rau, el obispo y el doctor

Por Padre Hugo Segovia.

Padre Hugo Segovia

A la luz del Concilio Vaticano II podemos encontrar el sentido profundo de todos los caminos que jalonan la vida de monseñor Enrique Rau.

Sus 25 años de profesor en el Seminario Mayor de La Plata, pocos años después de sus primeros pasos como vicario parroquial así como sus 4 obispos auxiliar de La Plata, sus 2 como obispo de Resistencia y sus 14 como primer obispo de Mar del Plata.

Su principal aporte teológico, “El misterio sentimental de la Iglesia”, en los años previos al evento nos muestra la pasión con la que cultivó la teología, a menudo enriquecida por un sentido profético.
Razón tenía monseñor Quarracino cuando dijo, en el momento de su partida de la que se cumplen ahora 50 años, que hubiera sido importante que su tarea fuera recorrer el país para energizar a las comunidades como misionero del Concilio.

No es la primera vez que me remito a una experiencia que compartí con el Padre Amado en 1962 cuando lo vimos, aquella tarde de su llegada a Roma para participar del Concilio, en enero había sufrido un ACV mientras hablaba en el CEDIER a la comunidad artística sobre la importancia del Concilio. No era el robusto monseñor Rau cuya imagen teníamos y nos preocupaba que ese viaje a Roma pudiera afectarlos en su salud. Pero fue todo lo contrario porque el contacto con esa realidad fue para él como un renacer y recuperó todo lo que era sobresaliente en su quehacer pastoral. Padre del Concilio, sin duda, pero también hijo de él.

EL DOCTOR DE LA J.O.C.

Se piensa, a veces, que un profesor a un intelectual está menos capacitado para una función de gobierno como es el caso del episcopado. Algo así pasó con monseñor Rau aunque también siempre se tenía muy presente el caso de una figura emblemática como la del cardenal Mercier que había demostrado lo contrario.

Era de tener en cuenta que el 1 de Julio de 1951 en la ordenación episcopal de monseñor Rau, brillante profesor de teología, estuvo presente el canónigo Cardijn, precisamente el sacerdote belga fundador de la J.O.C. (Juventud Obrera Católica) que fue una respuesta a la denuncia del Papa Pío XI cuando afirmó que el drama del siglo XX había sido la pérdida de la clase obrera por parte de la Iglesia. Aquí, en los finales de la década del 30, Rau había sido promotor de la J.O.C. en el país y ello lo “llevo entregar lo mejor de su teología a través de escritos, clases y hasta música que constituyen un capítulo esencial de la pastoral social argentina que, por distintos motivos, perdió continuidad.

Más tarde supimos que en la sede mundial de la J.O.C. en Bruselas, hay un retrato suyo con la inscripción de “el doctor de la J.O.C.”. Habiendo viajado a Europa, monseñor Ruta se llevó la sorpresa.
El mismo lema de su episcopado “todo es de ustedes, ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios”, es como una síntesis de que todo deber ser vivido por la luz de la Palabra.

Así como también lo manifiesta su preocupación por la Universidad porque llama la atención que, a pocos meses de su llegada a Mar del Plata, daba pie a los primeros pasos de la universidad católica. Como decía Juan Pablo II sin la cultura la fe no puede ser plenamente recibida, profundamente pensada y fielmente vivida.

En esa universidad enseñó Borges a quien no se le pidió certificado de catolicismo.

UNA SINTESIS ARMONIOSA

Hablábamos de la “mente teológica” de monseñor Rau y es enorme la cantidad de cursos, conferencias y recensiones bibliográficos que sería justo recopilar, tomados de la Revista eclesiástica de La Plata, así como de “Notas de pastoral jocista” que fue tan decisiva en la pastoral y lo que significó en 1950 la aparición de la Revista de Teología, la primera de América Latina sin pasar por alto la aventura de un diario, “Surco”, que tuvo una fugaz duración.

Todo en armoniosa síntesis como lo fue la publicación de “Psallite”, una revista de música que fue fruto de su recorrida por la inmensa arquidiócesis que hoy cuenta con trece diócesis.

Eran los tiempos en los que el episcopado publicaba el Directorio para la participación de los fieles en la liturgia” que para la revista “InformationsCatholiques” era uno de los acontecimientos de la Iglesia en aquel año 1958.

El Papa Pablo VI lo eligió, justo a 30 expertos en liturgia de todo el mundo, para formar parte del Consiliumpara la ejecución de la reforma litúrgica. Era el único de América Latina y ello le insumió frecuentes viajes de los que volvía con la alegría de ver uno de sus sueños hecho realidad. Había estado poco tiempo como obispo de Resistencia, diócesis que abarcaba las provincias de Chaco y Formosa y que había estado vacante durante cuatro años.

Todo este bagaje lo volcó en la celebración de la primera misa en castellano en la capilla del Pilar en donde en el último cuarto de siglo XVIII a 16 kilómetros del cabo Corrientes, junto a la laguna que se extiende al pie de unos cerros, funcionaba una reducción. Era cómo el preludio de una historia que la Iglesia ha compartido en sus alegrías y en sus dolores.

Por ello esa misa era el gesto del obispo que abría la ciudad a las exigencias de la reforma conciliar tal como San Ambrosio, gran doctor de la Iglesia, pedía: “buscar lo nuevo y custodiar lo que ha recibido”.