Tres factores principales se oponen al deseo de hacer daño a los otros: el altruismo o la benevolencia, que hacen que nos sintamos sinceramente afectados por el destino de los “otros”.
Ese dominio de nuestras emociones e intereses personales que nos permiten no sucumbir a impulsos repentinos y los escrúpulos morales que nos hacen dudar ante la idea de perjudicar a los otros o lamentar haberlos perjudicado.
Conocemos en especial los adultos las características de la benevolencia y de la consideración hacia el otro.
En cuanto al dominio de las emociones, tema de la psicología y la criminalística, resulta que muchos criminales tienen en común ser muy impulsivos y sufrir de una falta de regulación emocional severa, lo cual los convierte en situaciones de manada o de grupo, en peligrosos contrincantes.
Los noticieros están llenos de estas noticias que es mejor en épocas difíciles como las que estamos viviendo, sustituir un programa de tv de éstas características por la lectura de una buena novela o algún arte que nos atraiga.
La creación sustituye en parte, digamos en buena parte, la violencia y por ello es conveniente aprender a regular nuestros miedos y ansiedades antes de ver cómo se desarrolla un acto emocional de degradación de violencia o desprecio por el semejante. No se trata de negar. Todos sabemos que esto existe, sí, pero no hurgar ahí, en ese punto de esencia violento nos ayuda a sobrellevar la incertidumbre del momento que atraviesa el mundo en general.
Trabajos de investigación realizados con estas personas muestran que el hecho de ser fácilmente presa de emociones intensas y pasajeras, sin retroceso, favorece el paso a la acción violenta. El alcohol, la excitación y toda hierba que ya conocemos desencadena acciones de violencia descontrolada que raramente tienen en cuenta el entorno y rara vez miden las consecuencias de actos que hasta pueden (la mayoría de las veces sucede) en muertes evitables.
En general, toda tensión emocional que escapa a nuestro control lleva a hacer elecciones instintivas e irracionales que parecen ser la solución o la escapatoria más fácil a una situación emocionalmente cargada.
¿Ahora, qué hacer?
La experiencia muestra que, un entrenamiento apropiado y una atención mantenida permiten a la larga identificar y administrar las emociones y los acontecimientos mentales a medida que aparecen.
Este entrenamiento comprende también el desarrollo de emociones sanas como la empatía, la compasión y el amor altruista.
La primera etapa de este entrenamiento consiste en identificar la manera como surgen las emociones. Esta acción exige cultivar una atención vigilante al desarrollo de actividades mentales, acompañada de una toma de conciencia que permita distinguir las emociones perturbadoras de las que favorecen el desarrollo del bienestar.
La experiencia muestra asimismo que, como una infección no tratada las emociones perturbadoras ganan en potencia desde que se les da libre curso y no se las trabaja, desde esta ponencia en adelante veremos de qué manera poder autocontrolarnos y ayudar a otros a hacerlo. Buena semana.
Lic. Alicia Digón MN 56444 MP 80470
Especialista en estudios orientales.