Preparar el camino del Señor

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

PADRE HUGO SEGOVIA

Estamos a un mes de celebrar el acontecimiento que cambió el rumbo de la historia: el nacimiento de Jesús.
Como los guardianes que velan esperando la llegada del día los cristianos preparamos el corazón para recibir al Salvador que viene a nosotros.

Durante siglos los judíos oraban esperando ese día: “Señor, ten misericordia de nosotros y danos tu salvación… la salvación está cerca de nosotros y se acerca a tus hijos y la gloria visitará nuestra tierra”.

Por eso la Iglesia ha establecido un tiempo de espera y esperanza que llamamos Adviento.

El Papa Benedicto XVI en su encíclica “Spe Salvi” nos enseñaba: necesitamos tener esperanzas. Esta gran esperanza solo puede ser Dios que abraza al universo y que nos propone y nos da lo que nosotros por sí solos, no podemos”.

Esperamos la venida de Jesús en la fiesta de Navidad y celebramos de su venida en la rutina de nuestra vida que nos prepara a la otra gran venida suya al final de los tiempos.

Nuestra espera sería inútil si no tuviéramos el auxilio de la esperanza de esa muchedumbre de testigos que nos han precedido en el camino de la fe y a la cual nos incorporamos desde el momento de nuestro bautismo.

LOS VALLES Y LAS MONTAÑAS

El profeta Isaías es uno de esos testigos esclarecidos: “consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios, hablen al corazón de Jerusalén… no temas, di a las ciudades de Juda: aquí está el Dios de ustedes, es la vuelta de los exiliados a Jerusalén”.
Compara a Dios con un pastor bueno, nos conmueve la compasión, la ternura y el comportamiento de Dios con su pueblo.

En el Evangelio de Marcos que es el más antiguo leemos al comenzar el llamado de Juan Bautista a la realización de las promesas de Isaías: “ahora mando a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino, escuchen el grito en el desierto que manda a que preparen el camino del Señor y enderecen sus senderos”.

Es una noticia que exige una conversión, la posibilidad del encuentro con el Señor que viene.

Siguiendo a Isaías, Juan nos dice: “que los valles se levanten y los montes se bajen, que lo torcido se enderece”.

Los valles son los vacíos de nuestro comportamiento ante Dios, los pecados de omisión, el lugar de nuestra oración, los sacramentos, la vida espiritual. Las montañas son el símbolo de nuestro orgullo, de nuestra suficiencia, del trato de superioridad que brindamos a nuestro prójimo.

Si vamos al desierto de cada día con un momento de silencio podremos agradecer el milagro de la vida y la gracia de la fe y poner en Dios nuestra esperanza, como es nuestra relación con el prójimo, con los que necesitan, el don de la humildad, del desprendimiento.

EL DON DE LA CONVERSION

Juan Bautista en el desierto, predicaba la conversión como medio para que nos perdonara los pecados y bautizaba entonces en el Rio Jordán.

Llevaba el vestido hecho de pelos de camello con un cinturón de cuero y comía langostas y miel de abeja silvestre”. “Bautizaba y predicaba afirmando que detrás de él venía el que podía más que él y a quien no era siquiera digno de desatarle las sandalias”.

Así cada cristiano por su conversión anuncia la noticia del Señor que viene.

En la segunda carta del apóstol Pedro encontramos la exhortación que corresponde a los que esperan la segunda venida del Señor que también la Iglesia incluye en la liturgia de Adviento y nos dice que “durante esta espera debemos esforzarnos para que Dios nos encuentre sin manchas viniendo en pez… la paciencia del Señor con nosotros es para nuestra salvación… crezcan en la gracia y el conocimiento de nuestro Salvador”.

El Salvador, cuyo nacimiento celebramos en Navidad, es capaz de transformar nuestra vida con la fuerza del Espíritu Santo que es el que derrama en nuestros corazones el amor de Dios.

En el corazón de Adviento celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Es una ocasión para que experimentemos su presencia en el tiempo que nos conduce a la Navidad porque ella es el mejor camino que nos conduce al que celebramos entonces porque es lo que el pueblo cristiano siempre ha afirmado con confianza: “a Jesús, por María.

Ella nos ayudará a profundizar nuestra indagación sobre los aspectos de nuestra vida que tenemos que cambiar para concretar el llamado a la conversión, no solo a nivel personal sino también como miembros de una comunidad.