Muchas veces se cuentan anécdotas o dichos de los grandes personajes de la historia.
Tampoco los eclesiásticos estamos exentos de ello y muchas veces han pasado a formar parte de los estudios y análisis que se hacen de los grandes eventos.
Ahora mismo hemos asistido a una catarata de rumores puntos de análisis y criticas sobre la elección del nuevo papa, el obispo de Roma.
El papel de los obispos es de particular importancia y en los años de finales del siglo pasado teníamos una constelación de figuras que lo marcaron como la de los cardenales de Martini de Milán, Lustiger de París, Danneels de Bruselas.
Del cardenal ingles Basal Hume arzobispo de Westminster quien de mone benedictino pasó a ser primado de Inglaterra se recuerda un episodio singular por el hecho de esa procedencia y por su singular talante.
En el Sínodo de 1983 por ejemplo un titular impactante decía: “un cardenal arrepentido” o “un cardenal que lamenta aun no haberse casado”.
Había dicho en una entrevista radial que cada vez que casaba a una pareja ante el altar piensa que podría ser él y lo lamentaba no serlo.
Consciente de la repercusión que tendrían esas palabras agrego: “por eso es importante que la gente sepa que elegimos el celibato solo por sentirnos llamados y no por estar contra el matrimonio”.
UNA VISION DE LA IGLESIA
Pero el Cardenal Hume llamó la atención en el Sínodo por sus intervenciones.
Una de ellas que reprodujo la revista “vida nueva” a la cual el cardenal autorizó a hacerlo sabiendo a quienes se dirigía: “hace dos semanas de mi última confesión y había decidido confesarme aquí para recibir una absolución colectiva de los Padres sinodales. Había escuchado muchas, pero solo tengo tres minutos para hablar y esos no bastan para mi confesión no bastan. Estuve pensando sobre mi confesión no serían suficientes. Había escuchado hablar mucho sobre el mundo y mucho de ello eran lamentos, a veces deprimentes, decidí ponerme bajo el junípero del profeta de Dios pidiéndole que me llevase porque no soy mejor que mis antepasados. Así caí en un profundo sueño. Entonces un cardenal que se acercaba a mi, anciano y encorvado, llevaba un libro bajo el brazo llamado “Desarrollo de la doctrina”. Comprendí entonces que se trataba del cardenal Newman. Comprendí entonces que me podía decir algo y pedirle me hablase del sacramento de la penitencia. Me respondió que leyese el libro y así podría entender muchas cosas.
Luego vi a algunos cristianos de las primeras generaciones.
SIGNO DE UNIDAD
Y preguntarles que significaba para ellos la penitencia. Me recomendó su libro.
Aparecieron después algunos monjes ingleses. Aparecieron otros, sacerdotes del siglo XII y me contaron cosas deprimentes y aparecieron también Rutero y Melachthon. A todos les di un apretón de manos ecuménico. Pregunté a los padres del Concilio de Trento. De pronto se oyó un grito: “¡Pregúntale a Pedro, y me pareció que todo iría bien, si Pedro escuchara a su Pueblo”!
¡Cuantas cosas en este momento histórico! Ahora es a León a quien hay que preguntarle no para eximirse de respuestas personales que son tantas veces solo individuales sino para mostrar esa unidad que Jesús pedía a los suyos en la última cena: “que sean uno para que el mundo crea”.










