Pironio y su tiempo

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

Se cumplen en estos días 48 años de la elección de Monseñor Pironio como Obispo de Mar del Plata para cubrir la vacante por el fallecimiento de monseñor Enrique Rau, el 20 de agosto de 1971, se había producido.

Era Obispo auxiliar de La Plata desde 1964, cuando, en pleno tiempo del Concilio, Pablo VI lo había designado. Sin embargo, desde 1968 compartía esa tarea con la de Secretario, del C.E.L.A.M. para la que había sido elegido en vísperas de la II Conferencia General del episcopado latinoamericano.

Ese cargo reclamaba la dedicación exclusiva con residencia en Bogotá, sede del C.E.L.A.M.

De todos modos, podemos hablar de un don de ubicuidad de este gran hombre de la Iglesia porque no renunciaba a ninguna de las obligaciones a las cuales, justo es decirlo, iluminaba con su palabra y sus gestos.

Ya por citar alguno, tuvo que asumir la Administración Apostólica de la diócesis de Avellaneda en 1968 al producirse la dolorosa renuncia de Monseñor Podestá. Durante un año asumió ese compromiso y son de recordar las palabras con las cuales entrego la diócesis a Monseñor Antonio Quarracino: “dejo en manos de un amigo la diócesis que recibí de las manos de otro amigo”.

Casi en los mismos días de esta elección eran elegidos también Monseñor Jorge Lopez que, de obispo auxiliar de Rosario, era elegido Arzobispo de Corrientes y Monseñor Jorge Mayer, transferido de la diócesis de Santa Rosa a la Arquidiócesis de Bahia Blanca.

EL CONCILIO Y MEDELLIN

Pero en una Argentina que vivía el ocaso del tiempo de la Revolución Argentina y la figura de Juan Domingo Perón; adquirió cada vez más protagonismo, arreciaba también la violencia. El secuestro y muerte del empresario OberdanSalustre era noticia en esos días y ya no llamaba la atención la asiduidad de hechos semejantes.

La Iglesia, que había producido el importante documento de San Miguel en 1969, veía todavía funcionando a al COEPAL que era la experiencia de mayor alcance que sea dado en el país, asistía a esa agonía de la Revolución argentina que daba paso, constantemente, a una salida electoral que debía sacar al peronismo de la exclusión electoral como ocurrió con las elecciones del 11 de marzo de 1973.

La presencia de monseñor Pironio trajo consigo lo que podríamos llamar el aire de Medellín ya que él no solamente era Secretario del Organismo desde 1968 (reelegido dos veces) sino que había sido uno de los ponentes más significativos allí desde su memorable “interpretación teológica de los signos de los tiempos en América latina. Ese mismo año, en noviembre, iba a ser elegido presidente del C.E.L.A.M. (1972-74) siendo electo en 1974 (74-76) que no llegó a completar porque en 1975 fue incorporado a la Curia Romana.

Sin duda que su presencia en el C.E.L.A.M. ha dejado una huella imborrable. Así como ha sido en cuento lugar y tiempo que contó con su presencia. Mar del Plata misma fue testigo, en los tres años y medio de su episcopado y sobro todo en los dos primeros años, de importantes encuentros pastorales.

LUCES Y SOMBRAS

En los cuatro tomos de los “Escritos Marplatenses” de la editorial Patria Grande podemos encontrar los documentos más relevantes de su episcopado. A pesar de su elocuencia, ellos solos pueden dan idea de la fecundidad de ese tiempo.

La puesta en práctica del Concilio así como las conclusiones de Medellín pasaban por un momento complicado. Desde distintos flancos eran discutidos y el Obispo no escapó a críticas e incomprensiones como decíamos en la columna del Concilio, primero como perito (junto con el Padre Jorge Mejía) y en las últimas dos sesiones como Padre conciliar.

Lo que sí llamaba la atención era que, en sus años de episcopado marplatense, fue escasa su participación en las comisiones episcopales del país.

De esos tres años y medio que han dejado una marca indeleble en nuestra historia, podemos resumir no obstante lo difícil que resulta elegir un texto de su amplia y bellísima literatura, recordando sus palabras: “el servicio de un obispo solo se comprende a la luz del Siervo del Señor: elegido  formado y consagrado por el Espíritu; que se siente particularmente sostenido y en el hueco de su mano; el que fue llamado para alianza del pueblo y luz de las gentes; el que recibió oído y lengua de discípulo, el que realiza su misión en la sencillez y la dulzura; el que experimenta, a veces, sensación de fracaso y tentación de desaliento; el que no hurtó el hombro a la cruz; el que cargo con la dolencia de todos los hombres; el que esperó, en la tarde de la crucifixión, la madrugada de la Pascua”.