Pidan a Dios por este Hombre

Por Padre Hugo Segovia.

PADRE HUGO SEGOVIA

Hoy se cumplen cuarenta años de un atentado que conmovió al mundo entero.

El Papa Juan Pablo II fue herido en la plaza de San Pedro como relata quien fuera durante muchos años secretario suyo, monseñor Stanislaw Dziwinz: “el jefe daba su segunda vuelta por la plaza hacia la columnata derecha que es la que termina con la puerta de Bronce. El Papa se inclinó desde el automóvil hacia una niña que le tendía la mano, la tomó en sus brazos, la levantó como para hacerla ver por todos, la beso y la devolvió a sus padres. Eran las 17.19. Escuché el primer disparo y en el mismo momento muchas palomas se alzaron y volaron como asustadas. Luego, el segundo disparo y el Padre Santo comenzó a caerse hacia el costado sobre sí”-

La primera bala perforó el abdomen y el colon afectando al intestino delgado en diversos puntos y la otra rozó el codo y fracturó el índice de la mano izquierda. Llegó a impactar a dos turistas norteamericanas. Se decidió de inmediato llevarlo al policlínico Gemelli donde ya se había preparado, desde hacía tiempo, un ambiente en previsión de una internación. La operación duró cinco horas y media. Al despertar, después de la anestesia, habiendo sufrido durante la operación peligrosas bajas de presión, el Papa dijo: “dolor, sed”, después “como a Bachelet”. Era un laico muy renombrado que había sido asesinado por las Brigadas Rojas dentro de la Universidad de Roma, un año antes en medio de una etapa de mucha violencia y del que ya había hablado en los apuntes de un retiro espiritual hecho en 1980.

¿ALGUIEN O ALGO?

Imposible referir lo que ocurrió ese dia en el mundo entero y el cumulo de opiniones suscitados por este atentado que fue considerado, veinte años después, semejante al que se dio el 11 de setiembre de 2001.
Por citar un ejemplo, apresionó el gesto del presidente de Italia, Sandro Pertini, que no obstante considerarse un agnóstico había logrado una amistad entrañable con el Papa, paso toda la noche en el Gemelli y les decía a todos: “ustedes que son creyentes, pidan a Dios por este hombre”.

Tal vez ello muestra la dimensión ecuménica que Juan Pablo II ha adquirido.
La figura de Ali Agca sin duda tiene una importancia capital en esta historia. Para no caer en afirmaciones superficiales vale la pena tener en cuenta lo que el mencionado secretario del Papa refiere, en el sentido de que creía el que alguien había armado su mano: “parece imposible que hubiese podido estar solo, que pudiese haber actuado por sí solo”.
Andrea Ricciardi, en su importante obra “Juan Pablo II. La biografía”; analiza cuidadosamente el acontecimiento y no dice: “es necesario tener en cuenta todos los elementos del escenario.

La elección de un Papa detestado por el Kremlin, su primer regreso a Polonia, la explosión de Solidarnoso pero, además, en aquel momento la Iglesia polaca estaba perdiendo a su gran primado el cardenal Wyszynski, ya moribundo (falleció el 31 de mayo, ofreciendo su vida por la de Wojtyla). Entonces ¿no va todo en esa dirección?
Cuenta Riccardi que el Papa, en diálogo con Indro Montanelli, otro agnóstico que vivió una profunda relación con Wojtyla, le dijo: “hable con el diez minutos. Demasiado poco para entender algo de los movimientos y de los fines de un embrollo. Pero de algo si me di cuenta y es que Ali Agca había quedado traumatizado no por haberse disparado sino por no haber conseguido matarme. Era esto, créame, lo que lo desolaba: el tener que admitir que alguien o algo le había hecho fallar el golpe”.

LA MADRE DE TODOS

Lo ocurrido aquella tarde primaveral del 13 de mayo de 1981 le sirvió a Juan Pablo II sobre la coincidencia con la celebración de la primera aparición de la Virgen de Fátima, sesenta y cuatro años atrás. “Se convenció, dice Riccardi, de que la mano del agresor disparo pero que la otra mano, la de la Virgen desvió el tiro protegiéndolo de una muerte segura”.

Aquí se entrecruzan los caminos de la historia con los de la profecía. Por eso se ha hablado, del oscuro crimen delo siglo que, en muchos sentidos, nos hace cruzar las puertas del misterio.

Juan Pablo II no solo creyó en que la Virgen lo había salvado de la muerte sino que transcendió lo personal. Lo dijo un año después, el 13 de mayo de 1982, en la misma ciudad de las apariciones “tema bajo tu protección materna a toda la familia humana que, con cariñosa entrega, confiamos a ti, Madre”.
Deja como testimonio la bala disparada que debería haberlo matado para que sea colocada en la corona de la imagen.

El atentado sobrepaso lo que puede ser crónica policial y búsqueda judicial y dio nueva fuerza a ese hombre venido de lejos que sobrevivió veinticuatro años, recorrió el mundo hasta sus confines y pudo decir nada menos que en el Coliseo de Roma, al comenzar el milenio: “yo mismo fui testigo en mi juventud de tanto dolor y de tantas pruebas”… “allí donde el odio parecía arruinar toda la vida sin la posibilidad de huir de su lógica los mártires manifestaron como el amor es más fuerte que la muerte”.