¡Nunca más la guerra! (Padre Hugo Segovia)

Ese Juan XXIII que bien podría ser considerado el hombre de las sorpresas había salido del Vaticano la semana anterior a aquel 11 de octubre de 1962 en que salió de Roma como un peregrino y fue a Asís y Loreto para dejar allí su talante encomendado el Concilio a lo que esos lugares significan.

Solo para recordar la sorpresa de ese viaje recordaré una palabra del socialista Pietro Nenni que afirmó, entusiasmado, que era el momento de la libertad de la Iglesia. Mientras que otro momento histórico tuvo lugar la tarde anterior al comienzo del Concilio donde el cardenal Montini, arzobispo de Milán, ocho meses antes de su elección como Papa que tuvo lugar el 1 de junio de 1963.

En el discurso del Capitolio hizo una profunda reflexión sobre los tiempos del Concilio Vaticano I y el II que tenía mucho que ver con otro famoso discurso de Pío XII en el Consistorio de 1946 cuando cubrió las vacantes del Colegio de Cardenales que se habían producido durante los siete años anteriores.

El 4 de octubre de 1969 puede considerarse una de las fechas clave de la historia de la Iglesia de los últimos años

El viaje de Pablo VI a las Naciones Unidas fue uno de los momentos resonantes de esta biselaría historia de la cual se están cumpliendo sesenta años.

Un viaje totalmente original y cuyo alcance no terminan de medirse a la luz de la situación de un mundo que parece cada día más alejado de un menaje que dentro de su riqueza no deja de sincerarse en aquel clamor “nunca más la guerra”

ACTA DE CONCILIO

Con razón el Cardenal Liénart pidió que fuera incorporado a las actas del Concilio.

El Papa Pablo VI puede considerarse el primer papa viajero que además de acuerdo con su estilo fue capaz de recorrer el mundo durante los quince años de su pontificado (1963-1978)

Juan XXIII había roto con la tradición de que el Papa no saliera de Roma desde aquel 20 de setiembre de 1870 cuando comienza un tiempo nuevo de la historia de la Iglesia recuerdos se van intercambiando ya que hemos tenido la gracia de vivir estos hitos tan significativos de una Iglesia que, también asumiendo los tiempos, “las persecuciones de los hombres y, los consuelos, de dios”.

El Papa Pablo fue acompañado en ese momento con un elenco de personalidades y de auxiliares de los distintos pasos de un tan comprometido viaje.

Cinco cardenales formaban parte de esa comitiva y representaban a los cinco continentes para mostrar que se trataba de un asunto de mucha significación. Podemos recordar por parte de América fue incluido el entonces arzobispo de Buenos Aires, cardenal Caggiano.

El Papa estuvo solo horas en Nueva York y lo consideró como parte de lo que estaba pasando en el aula conciliar, en esa parte que hablaba de su finalización.

El Papa volvió a Roma aclamando por la ciudad y fue directamente al Vaticano donde se estaban sobre todo en forma muy expresiva el tema de la paz.

Allí el cardenal Liénart habló en nombre de los obispos y propuso que lo que había sucedido merecía una especial consideración. Fue así que, se votó la inclusión del discurso de Papa en la O.N.U. como parte integrante de la discusión conciliar.

Veíamos algo así como el Belén de la colegialidad en medio del fervor y el entusiasmo de todos.

Por su parte la mente ecuménica de Pablo VI estaba mostrándose abiertamente y era como una reiteración de lo que el Concilio estaba haciendo que era la expresión “Paulus una cum” es decir “Pablo junto con”.

Además, el discurso del Papa es uno de los textos imposibles de soslayar no solo por la importancia de su contenido como por la calidez literaria propia de ese Papa.

EN EL AREOPAGO DE ATENAS

La referencia a la experiencia de san Pablo en su discurso del areópago de Atenas es altamente importante además de valiente porque allí se encontraba lo más ganado del mundo social y político que también hacía suyo el aniversario del establecimiento de su organismo universal.

Ni la ausencia todavía no subsanada en 1965 de China acalló la tácita presencia en el foro a través de una elegante, pero a la vez valiente referencia a ese gran mundo con el cual todavía la Iglesia encuentra dificultades para lograr armonía en libertad,

“¡Nunca más la guerra!! Clamó Pablo VI en Nueva York hace sesenta años.

Hay que pensarlo seriamente, pero volver cada día a reiterar el grito de la paz.

¡Nunca más la guerra!