No pasar de largo

Nos decían que el gran teólogo alemán, Oscar Cullmann, tenía la costumbre de decir, que cuando quería conocer la realidad de la actualidad, recurría a la Segunda Escritura.

Allí encontraba las primicias no solo sobre la vida espiritual sino también sobre lo que estaba pasando históricamente.

De allí que, muchas veces nos enseñaban que había que estar conectado con la realidad y no ser convertirnos en admiradores del pasado como tampoco en soñadora o anticipadores del futuro.

Ha habido muchas veces quienes sueñan con el pasado y se encierran en prácticas y costumbres anacrónicas.

Como también tenemos a los soñadores de futuros también algunas veces catastróficos.

El Concilio Vaticano II de cuya realización se conmemoraban en estos días, 56 años de su anuncio aquel memorable 25 de enero de 1959 así como de su culminación 60 años.

Allí tomo fuerza el tema de los signos de los tiempos: la misión de la Iglesia es atisbar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio.

Justamente 60 años atrás, el Papa Pablo VI al clausurar, aquel 8 de diciembre de 1965 nos remitió al Evangelio del Samaritano mostrando a la Iglesia como esa samaritana que no pasa de largo frente al transeúnte caído, sino que lo toma en sus brazos para curarlo.

¿Separado o divididos?

¡Cuántas cosas van surgiendo a la luz de estos recuerdos!

Hablar de Cullman ya es un indicio de una Iglesia ecuménica.

Valga la pena usar esta expresión cuando nos referimos a la unidad de la Iglesia, herida tanto por el cisma que la dividió en oriental y occidental como y nos detenemos en una presencia en el Concilio que tanto le había interesado a Juan XXIII que hizo tanto lo posible porque los cristianos (a los que no quería llamar “separados” sino “divididos” tuvieran su lugar en el aula conciliar.

Además, no olvidemos que se acaba de realizar la semana de unidad de la Iglesia (desde comienzos del siglo XX) desde el 18 al 25 de enero se lleva a cabo el Octavario por la unidad de los cristianos y precisamente el 25 de enero de 1959 Juan XXIII anunció la “locura” que anunciara el Concilio.

Lento el caminar de los cristianos por los caminos del ecumenismo mirado desde un ángulo puramente humano.

Pero, mirada desde la fe, camino de esperanza no por cierta liviana sino costosa, pero a la vez más necesaria que nunca, en medio de este mundo herido por guerras y pobreza ante las que se yergue la palabra y el ejemplo de alguien como el Papa Francisco recorriendo los caminos sinuosos del mundo.

LA COMPLEJIDAD DE LA REALIDAD.

Confieso que he vivido los largo años que van de Pío XII hasta Francisco, primero como seminarista y después viviendo la experiencia directa del Concilio en sus primeras sesiones, después en Bahía Blanca en la Curia durante 10 años cuando una de mis preocupaciones era estar al tanto del magisterio de Pablo VI (que mucho me costaba porque no me permitía concretar el propósito que había hecho de estar al día de su andar.

Después ese trabajo se iba haciendo más difícil no solo por las tareas pastorales sino también, y sobre todo, por la densidad de la labor teológica pastoral de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

Confieso que esta columna está empapada de lo que me dicen, desde Barcelona, al saludarme con motivo del nuevo año los responsables de una publicación (cristianismo y Justicia).

De ellos recojo este hermoso pedido que a mí me ha alegrado, pero también me ha despertado la necesidad de responder: “para que podamos continuar la labor de difusión gratuita nos dirigimos a ti para solicitar tu apoyo que necesitamos más que nunca”.

“Desde la complejidad de la realidad tomamos un hilo de la trama del lápiz de la vida y nos vamos tirando de él”.