No lavarse las manos (Padre Hugo Segovia)

Hay que distinguir entre pacifista y pacificados decían años atrás una figura muy destacada de la Iglesia.

Se trata de monseñor Vincenzo Paglia que fue obispo de Terni, figura muy relacionada con la Comunidad de San Egidio, párroco de Santa María in Trastévere, esa iglesia tan vinculada con la comunidad y también en el tema de la familia y también importante referente intelectual a través de numerosos libros que lo hacen distinguir en el ámbito de la cultura de Italia.

Respecto de lo que decíamos al comenzar, se trataba de una cuestión que agitó a Italia en su momento pero que se hace constante en el mundo tan complejo del tiempo actual, atormentado por tantos y de tantos ámbitos de nuestro mundo.

Monseñor Plagia hablaba de ese personaje al cual se recuerda por su papel decisivo en el proceso a Jesús y que la Iglesia ha mantenido en la proclamación litúrgica cuando recuerda que el Señor padeció “bajo el poder de Poncio Pilato”.

Recuerda que por una cuestión de principios o de tranquilidad política se lava las manos y ha llegado a ser símbolo de pacifismo cuando el verdadero es Jesús que paga de personas.

EL PODER DE PILATO

El pacificador es Jesús que sufre en carne propia en esa cuestión.

“Pilatesco” significa que para defender un principio abstracto corremos el peligro de dejar crecer muertes y tragedias.

En cambio, el que trabaja por la paz debe ser capaz de ensuciarse las manos y exponerse también y en primera persona y ese es el sentido de las beatitudes evangélicas por lo cual es cristiano debe hacer cuenta concreta con la historia pues mientras el pacifista puede ser hombre servidor de ideologías abstractas.

Califica de maniqueísmo esa actitud es portadora de crueldades porque significa lavarse las manos y abandonar a lo otros a su propio destino.

Pacificadores de veras como lo son los que militan en la Comunidad de San Egidio que ha sido decisiva a la hora de lograr la paz en Mozambique después de casi dos décadas de guerra con un millón de muertos.

Recordaba el obispo una frase de la sabiduría latina (“mientras en Roma se discute, Sagunto viene a ser destruida”).

El riesgo es que el mundo arda mientras nosotros discutamos sobre las manifestaciones.

QUE REINE LA PAZ

Creo, seguía diciendo, que debe haber una suerte de ética del pacificador que no es uno que utiliza un lenguaje violento. También para un cristiano no es posible considerar a los otros como enemigos, dejarse conducir y por odios o venganzas disfrazar todo bajo el nombre de justicia.

Cita al respecto a un monje ruso del siglo pasado, Juan de Kronstadt:
“acoge en ti la paz y millones la recibirán en torno a ti”.

Pero la pregunta es si el pacificador debe justificar o distinguirse de los pacifistas.

Y la respuesta es que si el que participa debe interrogarse sobre como ayuda al pueblo a testimoniar el modo cristiano esa vida de paz.

Pero hay que estar atento a no dejar que el mal corra sin dificultades ni bajar la guardia contra el terrorismo.

Importante es destacar, que el cristiano no es un ingenio para quien abandona a su destino debemos interrogarnos como ayudar a encontrar caminos para la paz.

Preguntarse no es el camino, él es tener presente que la paz surja del corazón de los hombres y que sí se resuelve de raíz podrá reinar la paz.