No apartarse de las raices

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

PADRE HUGO SEGOVIA

Viendo pasar la interminable procesión de los que querían a Diego Armando Maradona con el amor que los humildes saben demostrar venían a la mente imágenes de una película de Carlos Sorin, “El camino de San Diego”.

Cuenta la historia de un joven fanático del ídolo que viaja desde Oberá en Misiones hasta Zárate para conocerlo y poder entregarle un tronco en el que ha encontrado, inexplicablemente, la forma del jugador.

En la película se nuestra tanto la cultura popular como el origen de los mitos a través del simbolismo de las imágenes. Particularmente elocuentes las que reflejan la devoción en Corrientes al Gauchito Gil en un despliegue de gran belleza.

Después de la maraña de opiniones que se prodigaron en los medios del mundo entero; rescato algo que decía nada menos que TheNew York Times: “Es posible que Maradona fuera el mejor jugador de futbol que jamás ha existido aunque es un tema de debate. Menos polémica es la idea que ningún otro jugador haya inspirado jamás una devoción tan feroz.

Por muy alto que volara Maradona nunca se apartó de sus raíces: era un pibe cuando emergió, lo era cuando arrastró casi sin ayuda a la Argentina al Mundial de 1986 y de regreso a la final cuatro años después. Era un pibe incluso cuando conquistaba al mundo”.

No apartarse de las raíces no es solamente algo que debemos a Diego. Más allá de todos los elogios que su dominio del juego han inspirado en todas partes en una apoteosis sin parangones ante la muerte de personajes notables en diversas áreas del áspero ejercicio de vivir” de que hablaba Gabriela Mistral.

SIN EVASIONES NI DESARRAIGOS

Algo más, y por cierto que ha sido noticia, es lo relacionado con temas a los que, con tanto vigor, se refiere el Papa Francisco en su reciente encíclica “Fratellitutti”.

Se trata de una de las encrucijadas que el mundo actual plantea. Dice: “desde el Evangelio lo que a nosotros creyentes Dios nos pide, es ser pueblo de Dios y no élite de Dios porque los que van en camino de la élite de Dios terminan en los consabidos claricalismos elitistas que por ahí trabajan para el pueblo pero nada con el pueblo, sin sentirse pueblo”.

“No hay diálogo con el otro sin identidad personal como no hay apertura entre pueblos sino desde el amor a la tierra, el pueblo, a las personas y a los propios rasgos culturales”.

Aquí lo hemos oído cuando, despectivamente, por ejemplo se habló de un Diego “en el pobre y supersticioso sur italiano encontrando las condiciones dadas para su éxito: la religiosidad popular inclinada a santificar ídolos, propicia para la idealización de un deportista católico”.

También, hablando del dualismo entre instinto y razón, se ha querido simplificar una realidad mucho más compleja.

El Papa hablo de “países que pretenden recibir solo a científicos y a otros inversores”… “quien no vive la gratuidad fraterna convierte su existencia en un consorcio ansioso y está siempre midiendo lo que da y lo que recibe a cambio”.

También que “lo universal no debe ser el imperio homogéneo, uniforme y estandarizado de una única forma cultural dominante que, finalmente, perderá los colores del poliedro y terminará en el hastío”.

PUEBLO, NO ELITE

Pero también hay un alerta sobre los narcisismos localistas que no son un sano amor al propio pueblo y a su cultura”… “esconder un espíritu cerrado que, por cierta inseguridad y temor al otro, prefiere una muralla defensora, para preservarse a sí mismo.

Pero no sanamente local sin una sincera y amable apertura a lo universal, sin un dejarse interpelar por lo que sucede en otras partes, sin dejarse enriquecer por otras culturas, sin solidarizarse por los dramas de los demás pueblos. Ese localismo se clausura obsesivamente en unas pocas ideas”.

No está en la mente del Papa frenar la globalización que pretende uniformar todo sino “que sea respetuosa de la identidad de los pueblos.

Ese en el poliedro más rico la unidad se construye desde el respeto y el reconocimiento de la pluralidad”.

La muerte de Maradona, ha sido uno de los acontecimientos del año, y más allá de los aspectos sombríos de una vida asumida en toda su dramaticidad, no podemos pasar por alto que la repercusión inigualable que su partida ha suscitado redunda de una mirada positiva de este pueblo que también vive una etapa en la cual necesitamos tanto imitar, sin copiar, a un Papa Francisco que es capaz de afrontar las críticas de muchos que, adentro y afuera de la Iglesia, criticaron que hubiese recibido a quien ahora homenajean el mundo entero