Padre Hugo Segovia
Cuando el padre Oscar Amado y yo llegamos a Génova el 1 de Octubre para comenzar los cursos en la Universidad Gregoriana, nos encontramos con el Padre Emilio Bianchi de Cárcano que había ido a buscarnos.
Bastaría este gesto para definir la personalidad de este obispo que partió el 2 de agosto.
Habíamos compartido con él los cursos del seminario de La Plata. En 1957, cuando se creó la diócesis de San Isidro, el Padre Bianchi fue enviado por el primer obispo, monseñor Antonio Aguirre, a continuar los estudios en Roma.
Fue uno de los primeros pasos que este obispo que se había hecho cargo de la diócesis en junio y ya, en agosto, había decidido enviarlo sin duda para proveer a esa nueva jurisdicción de una persona capaz de acompañarlo en la difícil tarea.
Nosotros, el Padre Amado y yo, fuimos después y lo hicimos beneficiados por una beca que había establecido nada menos que el cardenal Samoré que tendría en 1978 la ardua tarea de medir entre Argentina y Chile evitando una guerra inminente entre los dos países.
El había sido Nuncio apostólico en varios países del continente y, como prueba del afecto que sentía por estos países, instituyó esa beca. Amado iba a Roma enviado por monseñor Rau, Obispo de Mar del Plata y yo por monseñor Esorto, arzobispo de Bahía Blanca que era mi lugar de origen.
Entramos al seminario el mismo año y no solo el hecho de haber nacidos el mismo día creó entre nosotros un lazo de amistad muy importante que mucho me ayudó en aquellos años de formación y se mantuvo y enriqueció a lo largo de los años.
BIANCHI DI CARCANO EN MIRAMAR
Recuerdo que yo estando en Miramar varias veces llegó hasta aquí.
En medio del fragor de la guerra de Malvinas vino a Miramar en 1982 a punto de ser nombrado obispo de Azul ya que monseñor Marengo, de quien era auxiliar, había llegado al límite canónico.
En 1988 estuvo en la misa de ordenación de Víctor Demsar, aquel acontecimiento que el 6 de enero estuvo asociado a los festejos del centenario de la ciudad, y como prueba de la presencia de la Iglesia en esos cien años, le dio pie al Dr. Honores, entonces intendente, a entregarle a Víctor un cáliz en nombre de Miramar.
En 1988 pasó una semana con nosotros. Prueba de su diligencia y permanente disposición era la necesidad que tenía de un ambiente sereno para preparar su aporte para el Catecismo de la Iglesia promulgado en 1992.
De esa estadía, tanto el Padre Alejandro Martínez como yo, guardamos un hermoso recuerdo y comentamos muchas veces las palabras que Cacho Ferrarese le dirigió en un agasajo que quisimos hacerle.
A su vuelta de Roma había ocupado diversos cargos en San Isidro y el 24 de febrero de 1976 fue nombrado, por Pablo VI, obispo auxiliar de monseñor Marengo, un obispo al cual él definía “un manto” y lo era ciertamente.
Fue elegido como sucesor y gobernó la diócesis vecina durante veinticuatro años hasta 2006 en que llegó al final de su gestión por haber llegado a la edad estipulada.
Durante esos años fue figura preponderante en el episcopado habiendo sido ordenado, en medio de rigurosas medidas de seguridad, nada menos que el 25 de marzo de 1976.
Miembro y presidente de la Comisión Episcopal de Catequesis le tocó ser responsable de un documento decisivo- “Educación y proyecto de vida” – en los tiempos de la recuperación de la democracia y del Congreso Nacional de Pedagogía.
LA FIGURA PREPONDERANTE
En 1991 fue elegido segundo vicepresidente del episcopado, reelecto en 1993 y elegido vicepresidente primero en 1996.
Monseñor Laguna en la celebración, en 2001, de sus bodas de plata episcopales destacaba que hasta entonces no había habido un obispo, no arzobispo, quien accediera a esas responsabilidades.
Sin duda que se trataba de una figura singular y como tal participó también en las Conferencias continentales de Puebla y Santo Domingo como en 1997 del Sínodo para América, como lo había sido en el Sínodo de 1980.
A esta enumeración de sus tareas debo unir mi testimonio personal ya que lo considero una de las personas más importantes de mi formación, partiendo de la coincidencia de que cumplíamos años el mismo día y compartíamos además el amor por el cine y el teatro de los cuales era un eximio especialista.
Había entrado al seminario pocos meses después de haberse recibido de abogado y era miembro de una familia ilustre.
Ello hacía de él alguien muy cercano, presente siempre con una exactitud clásica, en los pormenores de esa tarea que es la amistad como lo pueden atestiguar tantos, en particular los sacerdotes de la diócesis de Azul a los cuales consagró en gran medida su episcopado. Su conocimiento de varios idiomas y la riqueza de su altura nunca fueron obstáculos para estar en permanente cercanía con la gente. He pensado muchas veces que su lema episcopal lo definía claramente; “el Señor vino para congregarnos en la unidad”.
Este humilde homenaje quiere ser el de alguien que tanto aprendió y tanto disfrutó de su amistad.