Mirar a los ojos, tocar las manos

Cuesta mucho encontrar un título a estos espacios semanales que dedicamos a la columna “Ayer, hoy y siempre”.

Ella comenzó allá por 2003 y se ha seguido publicando desde ese tiempo en que todavía era Papa Juan Pablo II lo que significa que ha seguido también a Benedicto XVI y a Francisco todo el tiempo de su pontificado.

Sin duda que estos doce años del Papa Argentino han tenido muchas semanas algo que ver con su palabra y sus gestos.

Ha sido un Papa elocuente y de su estilo hemos recibido una mole de enseñanzas, casi podríamos decir que no hemos podido decir que abarcamos su quehacer y que nos cuesta mucho ahora también elegir de que aspecto de su pontificado podemos hablar.

Decía en algún momento en esta columna, que me había resultado casi imposible, en los primeros años de mi quehacer sacerdotal, estar al día del pensamiento de Pablo VI, un papade gran elocuencia y de un estilo literario tan atractivo, además de que la abundancia de sus textos requería lo que llamamos, dedicación exclusiva.

En esta hora de recuerdos de ese compatriota que durante doce años fue permanente noticia y asombro en todos los continentes queremos, sin embargo, intentar expresar nuestro amor y nuestra admiración que nos hacía en 2013 llamarlo “Francisco de Buenos Aires”.

EL DISCURSO DE FRANCISCO

Ahora mismo este título ha sido el fruto de una apasionante búsqueda en los días de su muerte y de la apoteosis mundial que ella ocasionó una que nos muestra la riqueza que elegimos.

Su predicación capaz de condensarse en lo que es más que un slogan, aunque corre el peligro de convertirse en tal.

Recordamos, en los primeros tiempos de su pontificado, que el argentino también cardenal  Jorge Mejía eminente periodista y biblista trató en sendos artículos de explicar aquellas frases del Papa que se podían entender desde el habla porteña lo cual sigue siendo un interesante trabajo sobre todo estos momentos de recopilación de doce años de papado en los cuales no dejó de mostrar lo que es ser universal sin dejar de ser local, característica misionera que tiene vigencia para todos siempre, particularmente en nuestros tiempos expuestos al endiosamiento de posturas colocadas en expresiones propias de una cultura poco respetuosa en las particularidades de las diversas regiones del mundo.

Aún corriendo el peligro de quedarnos en el slogan y tan vez así no entrar en lo profundo de las expresiones es indudable que ese lenguaje marcará todo un tiempo y una cultura.

LA UNIVERSALIDAD

Estamos en el segundo día del Conclave en que 133 cardenales, ausent3s dos por causa de salud, están deliberando en esta elección de la cual está todo el mundo pendiente.

De ellos están representado 71 países de los cinco continentes y que en su gran mayoría han sido incorporados al Colegio cardenalicio también por el genio ecuménico del papa argentino.

Todo esta mas que datos estadísticos nos dan la pauta de una Iglesia realmente universal, a la que Francisco llamaba “el santo pueblo de Dios”.

A estos cardenales, algunos elegidos apenas cinco meses atrás, les corresponde esta responsabilidad y es por ello, que, entre tantos dispositivos que hacen factible hasta en sus mínimos detalles la realización del Conclave.

Y entre tantas lecciones que un conclave brinda al mundo, se encuentra este sentido de universalidad que no es solo el significado de la palabra “católico” si una realización concreta de aquel mandato de Jesús: antes de volver al Padre cuando envió a los apóstoles a ir hasta el fin del mundo para predicar su Evangelio.

Más allá, entonces, de los pronósticos de toda índole que, durante estos días nos llegan de todos los conductos, es necesario que también nosotros miremos con los ojo y toquemos las manos de nuestros hermanos, cercanos y lejanos, para recibir con confianza y con corazones abiertos al que será elegido.