A cien años del inicio de la obra de la Madre Eufemia, una experiencia educativa y asistencial que dejó una huella profunda en General Alvarado, la Asociación continúa proyectando su legado con el mismo espíritu que le dio origen. La reciente conmemoración permitió volver a poner en valor una tarea silenciosa y sostenida, basada en la fe, el compromiso y el cuidado integral de niños y jóvenes.
En diálogo con “El Argentino”, la presidenta de la Asociación, Marta Marino de Pérez, repasa el significado del centenario, los valores que siguen guiando a las instituciones que integran la obra, el impacto real en las familias de la comunidad y los desafíos de sostener y fortalecer este proyecto educativo y social a futuro.
–¿Qué representa para usted llegar al centenario de la obra de la Madre Eufemia y vivirlo junto a toda la comunidad en este acto tan emotivo?
Llegar a los cien años desde la iniciación de la obra de Eufemia Carolina Otamendi y poder celebrarlo con tanta gente, familiares, colaboradores, vecinos y personas que quizás conocían por primera vez lo que es la Eufemia, fue para mí y para mi grupo de compañeras un momento profundamente emotivo. Nosotros somos humildes administradores de un bien cuya finalidad es el cuidado, la atención y la educación de los niños, acompañándolos en la fe y en el amor a Dios.
Fue un acto muy movilizante, porque recordamos la llegada de una mujer valiente, humilde y audaz, despojada de bienes materiales, cuyo objetivo era poner todo al servicio de los demás, especialmente de los más necesitados. Para nosotros fue algo verdaderamente importante.
–¿Qué valores siente que siguen siendo el motor silencioso de las instituciones que hoy integran la obra?
Sentimos que ese motor silencioso está basado en los valores que nos inculca la fe, el amor al prójimo, la responsabilidad y la humildad, siempre teniendo presente quién fue Eufemia Carolina Otamendi. No nos apartamos de lo que ella trató de transmitir a quienes la siguieron y, a lo largo del tiempo, todos los que nos involucramos en esta obra debemos mantener vivos esos valores. Nuestra mayor responsabilidad está puesta en los niños.
–Esta celebración incluyó la inauguración del busto de Madre Eufemia. ¿Qué buscaban simbolizar con ese gesto y cuál fue su propia emoción al verlo instalado en la entrada del campo?
El festejo incluyó la inauguración de dos bustos: uno en la localidad de Mechongué, en el jardín de la parroquia, elegido porque la Madre extendía su misión a todos los lugares cercanos y también a los más alejados de donde ella se encontraba. Años después creó allí el jardín de infantes y posteriormente el Colegio Juan XXIII, a partir de la necesidad de las familias del lugar, ya que a los padres se les dificultaba llevar a sus hijos a la ciudad para continuar los estudios secundarios. A lo largo de los años, el colegio ha cumplido una misión muy importante para Mechongué.
El busto instalado en este predio responde a que fue aquí donde ella se estableció junto a sus compañeras para desarrollar su obra evangelizadora. Está en su parque, con una expresión firme, con esa fuerza juvenil que mantuvo incluso en su ancianidad, y con su sonrisa bondadosa que nunca se apartó de sus labios. Sentimos que debía estar allí, acompañando su gran obra.
–La obra sostiene una labor educativa y asistencial muy profunda. ¿Cómo describiría el impacto real que tiene en las familias y en la comunidad de General Alvarado?
La obra sostiene un valor educativo muy importante. En la estancia de la Eufemia funcionan el Colegio de la Divina Pastora y el Hogar Nazareth. Este año, con una matrícula que fluctuó entre 100 y 110 niños, los alumnos permanecen alojados de lunes a viernes durante toda la etapa escolar, en doble turno.
Estos niños reciben la educación correspondiente al nivel primario y, además, una contención integral basada en el cuidado, el acompañamiento y el afecto, para que los días que permanecen allí se sientan felices.
En Mechongué funcionan el jardín maternal y el nivel preescolar, con aproximadamente 30 niños, además de los adolescentes que concurren al Colegio Secundario Juan XXIII. Todos los que formamos parte de esta obra debemos asumir nuestro compromiso con la mayor responsabilidad posible. Ese es el mayor homenaje que podemos hacerle a nuestra querida Madre Eufemia.
–¿Qué importancia tiene para usted el rol de la Comisión Administradora, el personal directivo, auxiliares y profesionales que acompañan el funcionamiento diario?
Detrás de cada iniciativa hay un equipo. La Comisión Administradora es transitoria: somos quienes llevamos adelante la obra en este tiempo y quienes debemos dejarla en las mejores condiciones posibles para quienes nos sucedan. Esta obra cumplió cien años, pero debe cumplir muchos más, manteniendo siempre su verdadera función educativa y social.
Tenemos que dar lo mejor de nosotros, cumplir con responsabilidad y lograr que esos niños se lleven lo mejor de los años vividos dentro de este gran hogar.
–Mirando hacia adelante, ¿cuáles son los proyectos o necesidades prioritarias para fortalecer la obra en los próximos años?
Nuestra prioridad es sostener lo que ya existe y seguir cumpliendo nuestra función cada vez mejor, brindándoles a los niños lo mejor dentro de nuestras posibilidades, pensando siempre en lo que sea más importante para la vida de cada uno de ellos.
–Si pudiera dejar un mensaje para quienes continúan el legado de Madre Eufemia, ¿cuál sería la invitación o el deseo que quisiera transmitir?
La Madre Eufemia fue una persona de una humildad interior extraordinaria, con una fortaleza y una valentía que la llevaron a enfrentar dificultades y oposiciones. Muchos no creían posible que tres personas pudieran llevar adelante un proyecto de vida tan grande, entregándose por completo a las necesidades de la gente de la zona rural y de la periferia.
Eso es lo que debemos transmitir: la responsabilidad, el compromiso y el trabajo, para que cada persona pueda crecer y cumplir su proyecto de vida de la mejor manera posible.
Un siglo de trabajo silencioso al servicio de la comunidad
La Eufemia, ubicada en el Partido de General Alvarado, es mucho más que una estancia histórica. Nacida del legado de Eufemia Carolina Otamendi, sostiene desde hace un siglo una obra educativa, social y evangelizadora destinada a niños del ámbito rural, a través de la Escuela Divina Pastora, el albergue, la capilla y un valioso museo arqueológico. Su labor, profundamente arraigada en la comunidad, continúa siendo un espacio de formación, contención y fe que mantiene viva la memoria y el espíritu de su fundadora.
Fuentes fotográficas: Elizabeth Eichhorn (bustos), (inauguración), El Argentino.










