Mañana es 1992

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

PADRE HUGO SEGOVIA

Ese 23 de Julio pasaba a ser una fecha clave, más de lo que ya lo era.
Un gran teólogo español, Olegario Fernández de Cardenal, escribió un libro, “madre y muerte”, en el que hace una profunda revisión de su vida. Habla de tres muertes: su salida de la casa natal cuando sale de ella para comenzar sus estudios superiores; el tránsito, ya en nuestros tiempos, de una forma de vida y pensamiento en los intentos de mundo nuevo que sufrimos y, en fin, lo que significó la muerte de su madre.
Poco he escrito yo sobre esto último, aunque la gente de Miramar (no sé si laque más entendió lo que mi madre era para mí por los años compartidos, por la presencia de ella en los dieciséis años de vida miramarense, pero sin duda que la maternidad miramarense tiene mucha semejanza con la maternidad de mi madre. Esa que me hizo decir a mí, a las 12.30 de aquel 23 de Julio de 1992, las estrofas del salmo que dice: “te doy gracias, Señor, por tu amor, no deseches la obra de tus manos”. Era como empezar de nuevo y volvían a reproducirse las imagines de 1961 con todos los detalles y lo que vendría después, en ese período previo que terminó el 14 de setiembre, día en que partí para comenzar la etapa romana.
Fue como el debut de ese sacerdocio que me hacía reencontrar con tantos, así como comenzar una cercanía siempre interrumpida por esa partida que durante dos años me iba a llevar a descubrir otras realidades en la Universidad Gregoriana en que debía cursar los cursos de Derecho Canónico y en una Roma que me parecía impenetrable pero que se fue convirtiendo en mi casa y mi escuela sin iguales.

Las dos muertes

Dijo para otra columna lo que fue esa experiencia romana que nunca me cansaré de agradecer a Dios aun que tanto me costó entender y aceptar cuando se presentó en medio de mis proyectos a nueve meses de la ordenación sacerdotal que consideraba como de fin de una etapa.
Vuelvo a 1992 y a esos días en los cuales sentí hasta las lágrimas la realidad de la partida de mi madre.
Así el 12 de setiembre había ido a atender a un enfermo y al volver a la casa parroquial me encuentro en la cocina al obispo, monseñor Arancedo. Era muy “familiero” y no me llamó mucho la atención verlo tomar mate y charlar con la gente. Fuimos después a mi oficina y allí me manifestó lo que sería el motivo de su visita: me dijo que tenía planeado que, para fin de año, trasladarme a Mar del Plata lo que ya me había hablado en febrero (fue en el Hospital de la Comunidad adonde él había ido a visitar a mi mamá a quien él había visto recuperada sin tener en cuenta que estaba en la última etapa). El hecho de la internación retrasó ese proyecto. Fue un balde de agua fría y enseguida pensé en dos muertes: la de ella y la mía al dejar a Miramar.
Con la consigna de no comentar por el momento el hecho seguí mi camino imaginando lo que iba a ocurrir. Sin embargo, y no he llegado a saber cómo, ya la noticia comenzó a correr y durante tres meses fue incesante el cúmulo de cosas que podríamos llamar despedidas que se fueron dando hasta llegar al 12 de diciembre en que se hizo cargo de la parroquia San Andrés el Padre Alfredo Ardanaz que había sido mi compañero en el Seminario de La Plata.

Dos y Uno

Aquello de que “Dios escribe derecho con líneas torcidas” se daba con elocuencia.
Llegó el día y en la misa vespertina se dio la despedida.
A la noche fue la cena de final de año en el Instituto Parroquial San Andrés y yo, disimulando el dolor por la partida, participé y el domingo a las 8.30 partí de Miramar porque a las 10.00 debía asumir la Parroquia San Carlos.
Llegando a este momento en mi crónica son muchos los sentimientos y las emociones que me embargaron. Y más aun los hechos que hablan por sí solos y son más elocuentes que el más fiel de los relatos.
Lo hago ahora al borde de los treinta como si ello le diera consistencia al relato. Tuve tantas veces la tentación de pensar que podría repetirse, no copiare ni imitare, lo que nos contaban de la guerra en Francia y aunque pueda estar teñido de autoestima, es lo que me pasó al salir ya no como párroco de Miramar.
Era lo que dicen del Cardenal Gerbier que al recibir a De Gaulle en la ciudad en que había sido arzobispo, mereció que se dijera: “Lyon es Gerbier y Gerbier es Lyon”.
Treinta años después me atrevo a decirlo.