En un histórico 18 de mayo el Papa León XIV comenzó en forma solemne su pontificado. Rodeado de los grandes de la tierra y de una incontable cantidad de hombres y mujeres de la ciudad y del mundo a todos los cuales englobó al saludar como hermanos y hermanas nos dejo un memorable preámbulo de su misión.
“Quisiera, dejo, que esta fuera mi primer desea fuera una Iglesia unida, signo de unidad y comunión que se convierta en fermento para un mundo reconciliado.
Nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión y fraternidad. Queremos darle al mundo con humildad alegría: miren a Cristo, acérquense a Cristo. Reciban sus palabras que ilumina y consuela, escuchemos propuestas de amor para formar una única familia en el único cristo somos uno. Esta es la vía que hemos de recorrer juntos unidos entre nosotros, pero también con las iglesias cristianas hermanas que transitan también otros caminos religiosos, con aquellos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad para construir un mundo nuevo donde reine la paz.
Este es el espíritu misionera que debemos caminar sin encerrarnos en nuestros pequeños grupos ni sentirnos superiores al mundo, estamos llamados a ofrecer el amor de Dios a todos para que se realice esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y de la cultura social y religiosa de cada pueblo.
EL CORAZON DEL EVANGELIO
Hermanos y hermanas: esta es la historia del amor, la caridad de Dios que nos hace hermanos, es el corazón del Evangelio.
Con mi predecesor León XIII podemos preguntarnos si esta caridad prevaleciera en el mundo ¿no se extinguiría la lucha allí donde entrara en vigor en la sociedad civil?
Con la luz y la fuerza del Espíritu Santo construyamos una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad, una Iglesia misionera que abre sus brazos al mundo, que anuncia en Palabra, que se deja cuestionar por la historia y se convierte en fermento de concordia para la humanidad, juntos como un solo pueblo, todos como hermanos, caminemos hacia Dios, amemos los unos a los otros”.
El Espíritu Santo ha sabido armonizar los distintos instrumentos musicales haciendo vibrar las cuerdas de nuestro corazón en una única melodía pescar a la humanidad para salvarla de las aguas del mal y de la muerte.
EL MISTERIO DE PEDRO
Pasando por la orilla de ese lugar había llamado a Pedro y a sus discípulos a ver, como él, pescadores de hombres y ahora, después de la Resurrección, les corresponde a ellos llevar adelante su misión: no dejar de lanzar la red para sumergir la esperanza del Evangelio en las aguas del mundo, navegar en el mar de la vida para que todos puedan reunirse en el abrazo de Dios.
¿Cómo puede Pedro llevar a cabo esa tierra? Solo es posible porque ha experimentado en su propia vida el amor infinito e incondicional de Dios, incluso en la hora del fracaso y la negación.
El ministerio de Pedro está marcado por este amor oblativo porque la Iglesia de Roma preside en la caridad de Cristo… no se trata nunca de atrapar a los demás con el sometimiento, con la propaganda religiosa o con los medios modernos del poder sino siempre y solamente de amor como lo hizo Jesús.
El afirma el mismo Pedro es la piedra que ustedes los constructores han rechazado y ha llegado a ser la piedra angular, y si la piedra es Cristo, Pedro, debe apacentar al rebaño sin ceder nunca a la tentación de ser un líder solitario o un jefe que está encima de los demás haciéndose dueño de las personas que se le han confiado, por el contrario él debe servir a la fe de sus hermanos.