PADRE HUGO SEGOVIA
La llamada “agencia del disenso católico” conocida como “Adista” en Italia tenía una columna semanal dedicada al comentario de los textos del Evangelio dominical.
Dedicó un año esas tareas a creyentes y no creyentes lo cual significó una interesante oportunidad al diálogo que bien podría intentarse entre nosotros, a pesar de estar tan poco inclinados al diálogo.
Encuentro uno de esos comentarios y me resulta grato compartirlo con los lectores.
Nada menos que el líder del comunismo italiano, Fausto Bertinotti, tuvo a su cargo el comentario que la liturgia dedica al segundo domingo de Pascua, al Evangelio de Juan, capítulo 20, versículo 19 al 23.
Este político se decía “laico” era adicto al concepto de “revolución” pero había repensado el tema de la violencia y, además, no se presentaba ya como “ateo” y hablaba a menudo de su búsqueda religiosa: “aun no siendo un creyente evitaré llamarme ateo”. Era un laico en búsqueda.
Aceptó participar de esta experiencia sin dificultad y apareció en el semanario como “la homilía de Bertinotti”.
Otros no creyentes participaron de la columna y, entre ellos, sobresale la intervención de Gianni Vattimo a quien tuvimos años atrás en Mar del Plata dictando una conferencia en un teatro Colón colmado como pocas veces.
LA UNICA ESPERANZA
El texto narra lo que ocurrió la tarde del día de Pascuas cuando Jesús se manifestó a los apóstoles y los saludó diciéndoles: “la paz esté con ustedes”. Después les muestra sus manos y su costado que “son el signo evidente de la violencia y la brutalidad del hombre sobre el hombre”.
Ese saludo, dice Bertinotti, “es como un anuncio que se manifieste como el único antídoto posible frente al terror, esa violencia resumida y exhibida por Jesús mismo al mostrar las ligas de la masacre por la cual ha pasado”. “la única alternativa, la única esperanza es para Jesús una perspectiva de paz”. “No ofrece una vía de escape extraterrestre sino la paz desnuda y sin ningún adjetivo, desnuda como estaba su cuerpo martirizado”.
Afirma que “para Jesús no hay posibilidad de guerra justa como ya lo había indicado cuando, en el Huerto de los Olivos, le dijo a Pedro: “coloca la espada en su lugar,
¿Acaso no voy a beber el cáliz que el Padre me ha dado?”. “Para él solo la paz, sin más, es la fuerza capaz de vencer a la violencia: la Paz es lo que puede sacar a la humanidad de los muros angostos en los cuales la encierra la violencia”.
LA REVOLUCION DE LA PAZ
“Esa liberación constituye una revolución y tiene una actualidad totalmente humana”.
Estas expresiones, por cierto firmes y seguras, nos abren una perspectiva sumamente interesante. Más aún si partimos del hecho narrado en ese pasaje bíblico en el cual aparece el apóstol incrédulo, Tomás, que no cuesta mucho identificarlo, en este caso, con la figura del político.
No podemos negar que no es adecuado el conocimiento bíblico de nuestro pueblo. Es particularmente notable cuando, conversando con amigos universitarios, nos encontramos con la sorpresa que causa la mención de palabras del Evangelio experimentan sorpresa muchos, incluso, que han sido alumnos de colegios religiosos.
Recuerdo algo que, siendo joven, me sorprendió en una reunión llevada a cabo en mi parroquia: uno de los principales dirigentes llegó tarde a la reunión y dijo: “como dice Martín Fierro: los últimos serán los primeros”.
Ello reflejaba no solo una ignorancia religiosa sino lo que, después, iba a afirmar el Concilio al referirme al tema de la no creencia.
No entraba la formación bíblica y, pasada ya tantos años, el mismo Benedicto XVI hablaba de una deuda pendiente con el Concilio.
Son motivos que surgen ante una definición tan sugerente de un texto evangélico de parte de un agnóstico.
¡Qué fuerza tiene esa proclamación de la paz liberadora que saca a los apóstoles de la tentación de responder a la violencia con otra paciencia!.
Ellas son una invitación a recurrir a la Palabra de Dios no para una repetición rutinaria sino para que ella sea fuente de vida.