Indira Abad Canan: “A veces una clase es una hora de felicidad para alguien”

Desde sus primeros pasos dentro de un dojo en Miramar junto a su padre hasta convertirse en una referente del deporte local, Indira Abad Canan construyó una historia marcada por la disciplina, el esfuerzo y la vocación. Primera deportista reconocida en la Fiesta del Deporte de la ciudad, su recorrido combina competencia, docencia y un fuerte compromiso social.

Hoy, con décadas de trabajo en General Alvarado, continúa impulsando la actividad física como herramienta de bienestar físico y emocional, acompañando a distintas generaciones (especialmente en los adultos mayores) y poniendo el foco en el valor humano del deporte.

-Fuiste la primera deportista reconocida en la Fiesta del Deporte de Miramar. ¿Cómo fueron tus inicios en este camino?

-El primer gimnasio que tuvo la ciudad fue el de mis padres, Canan Club. Antes de que yo naciera, mi papá practicaba artes marciales y abrió el primer dojo en Miramar. Yo me crié ahí adentro. Desde muy chiquita, a los dos o tres años, ya estaba metida en las clases. Mi papá al principio me sacaba porque era muy chica, pero yo volvía a entrar todo el tiempo hasta que decidió dejarme. Así arranqué, prácticamente jugando, pero ya dentro de lo que después sería mi camino.

-¿Qué significó crecer en ese ambiente?

-Fue todo. Era un gimnasio muy completo para la época, el único en Miramar. Había boxeo, karate, full contact, diferentes actividades. Pasaba mucha gente y se generaba una gran familia. Yo crecí viendo eso y naturalmente me involucré. A los seis años tuve mi primer torneo y después no paré más.

-¿Cómo fue tu etapa competitiva?

—Tuve la suerte de destacarme bastante. A los 13 años me convocaron a la Selección Argentina y competí hasta los 18. Fui seis años campeona de la República Argentina y estuve todo ese tiempo rankeada número uno. Era muy exigente, porque tenía que viajar a Buenos Aires cada 15 días para entrenar, mientras seguía estudiando acá. Fue todo con mucho sacrificio, porque lo costeaban mis padres, haciendo rifas, organizando cosas. Incluso hubo más torneos a los que no pude ir que a los que sí, por una cuestión económica.

-¿Qué caracteriza al karate que practicabas?

-Es un arte marcial que viene de Japón y tiene una filosofía muy distinta. Podés practicarlo toda la vida sin competir. Se trabaja mucho con la energía, con el control del cuerpo. En combate, por ejemplo, no hay contacto: el golpe se frena justo antes de tocar. Es algo muy lindo, porque implica un dominio muy grande del cuerpo y la mente.

-En ese camino también atravesaste un momento difícil…

—Sí. En el año 95, antes de los Panamericanos de Mar del Plata, tuve una lesión en un entrenamiento que me dejó siete años parada. Me perdí esa posibilidad y fue un golpe duro. Son cosas que a veces pasan en el deporte y no son las más lindas. A partir de ahí, mientras hacía la recuperación, decidí enfocarme en la docencia.

-¿Cómo fue ese paso hacia la enseñanza?

-Siempre estuve vinculada al deporte. Soy profesora de Educación Física, trabajo en el colegio Luján hace más de 15 años y hace casi 25 años estoy en la Dirección de Deportes. También doy clases en el Polideportivo y de manera privada, con zumba y gimnasia. En verano llevamos adelante un proyecto de ritmos latinos abierto a la comunidad, que ya tiene varias temporadas.

-Se nota un vínculo muy fuerte con tus alumnos…

-Sí, y yo siempre digo que no lo tomo como un trabajo. Siento que tengo el don de dar una actividad y que la gente lo reciba con cariño. Hay personas que vienen a la clase a desconectarse de situaciones personales, de problemas, de la rutina. Esa hora puede ser un momento de felicidad, y eso para mí es muchísimo. El reconocimiento de la gente es lo más importante.

-Durante la pandemia generaste una experiencia muy particular…

—Sí, fue algo muy fuerte. Empecé con un grupo chico y terminé dando clases gratuitas todos los días para más de 1.300 personas. Se conectaba gente de distintos lugares del país e incluso del exterior. Era un momento de encuentro en medio de algo muy difícil. La gente lo agradecía muchísimo, algunos se emocionaban, y se generó una comunidad muy linda.

-¿Qué valores te dejó el deporte?

-Principalmente la disciplina y la constancia. Eso es lo que trato de transmitir. No se trata solo de hacer una actividad, sino de aprender a insistir, a volver a intentar. Esa perseverancia después se aplica en la vida, en el estudio, en el trabajo, en todo.

-¿Cómo ves hoy la relación de los jóvenes con la actividad física?

-Hay muchos cambios por la tecnología. Se perdió un poco el contacto directo, el encontrarse con el otro. Por eso desde las clases trato de motivarlos a que vengan, a que hagan, a que se muevan. No es solo deporte, es también generar vínculos.

—¿Qué mensaje le darías a la comunidad?

-Que hagan algo por ellos mismos. No importa la edad ni la actividad. Caminar, andar en bicicleta, bailar. Todo suma. La actividad física es salud física y mental, te cambia la cabeza, te da energía y te conecta con otros.

Más allá de su recorrido como deportista, el presente de Indira está profundamente ligado al trabajo social a través del deporte. Gran parte de sus propuestas están orientadas a adultos y adultos mayores, un sector que, según remarca, muchas veces no cuenta con la misma oferta de actividades que los más jóvenes.

Desde el ámbito Municipal, impulsa espacios gratuitos en el Polideportivo y distintos puntos del distrito, donde la actividad física funciona no solo como ejercicio, sino también como lugar de encuentro, contención y pertenencia. En sus clases, conviven historias de soledad, procesos de enfermedad y búsquedas personales, que encuentran en el movimiento una forma de alivio y conexión.

Con una mirada puesta en la inclusión y el bienestar integral, continúa trabajando para que cada vez más vecinos de General Alvarado se acerquen a la actividad física. Porque, como sostiene, “nunca es tarde para empezar y siempre es posible encontrar en el movimiento una nueva forma de sentirse mejor”.