PADRE HUGO SEGOVIA
La fiesta de la Epifanía es una de las más atractivas que nos ofrece la liturgia.
En estos tres personajes, Gaspar, Melchor y Baltasar están representados todos los pueblos de la tierra.
La estrella que los guía ha sido identificada por los astrólogos, en particular por el famoso Kepler, con el cometa Halley, una de las estrellas llamadas “Nuevas” y también se destaca la relación que había entre los persas y los judíos como para ubicar el fenómeno de aquellos sabios que “llegaron de Oriente a Jerusalén”.
Con todo, el relato evangélico pone el acento sobre la actitud de estos sabios que no quedaron indiferentes ante ese fenómeno. Ellos no están esclavizados a esa auto referencialidad que el Papa Francisco no se cansa de denunciar.
Analizaban el cielo y esa estrella y se pusieron en camino hasta que llegaron a Jerusalén.
Allí encontraron la diferencia entre los que están satisfechos con su vida y los que están abiertos al estupor.
Un esclarecido Padre de la Iglesia dice: “los magos no se pusieron en camino porque vieron la estrella sino que la estrella brilló porque los magos se habían puesto en camino”.
No veían todo claramente pero no se cansaron de buscar asumiendo los peligros de la noche las sinuosidades de los caminos.
EL ASOMBROSO INTERCAMBIO
Mientras en Jerusalén todos seguían en su rutina y solo se inquietaron cuando ellos preguntaron y sacaron a los principales de su tranquilidad.
Mientras todos nos lleva a hacer las cosas solos y alejados de la realidad que nos rodea estos sabios han sido iluminados por la estrella y no se guardan para ellos esa novedad.
Sin duda que es costoso seguirla porque también suele ocultarse hasta que vuelve a brillar y nos quita el miedo de perderla.
La estrella los condujo hasta el Niño y allí se produjo el asombroso intercambio que, plásticamente, expresa la aventura de la evangelización ellos ofrecen sus dones que en el oro, el incienso y la mirra eran los regalos que se intercambiaban entre los personajes de alta jerarquía.
Así el oro significaba que el Niño es rey, el incienso que es Dios y la mirra que es hombre porque con ella se embalsamaban los cuerpos.
De esta manera el Evangelio pone en evidencia todo el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.
Estos misteriosos personajes que hasta muestran la diversidad de las razas siendo hombres del pensamiento y la búsqueda científica no tuvieron empacho en postrarse ante un Niño pensando también que en ese mundo y esa cultura no tenían ninguna relevancia.
EL LUGAR DONDE ENCONTRARON AL NIÑO
Por esa razón la liturgia del 6 de enero resalta un texto del profeta Isaías: “la oscuridad cubre la tierra y los pueblos viven en la noche pero sobre ti, Jerusalén, se levanta Yahvé y sobre ti aparece su gloria”… te inundará una multitud de camellos que vendrán trayendo oro e incienso y proclamarán las alabanzas de Yahvé”.
Esos dones que son recibidos por el Niño no pierden su identidad sino que quedan transfigurados porque se produce ese diálogo que no es ruptura ni absorción sino encuentro y mutuo enriquecimiento. Como tantas veces el Papa Francisco reitera que evangelizar no es hacer propaganda sino testimoniar.
Son los magos, hombres de la cultura y del pensamiento quienes se postran delante de un Niño y en un lugar tan distante de los esplendores del poder que n o se asombró de este descubrimiento pero sí sacó de su soberbia las artimañas capaces de no opacar su dominio.
El encuentro con el Niño los lleva a los reyes a cambiar su itinerario: la Palabra provoca una transformación en los hombres y en las culturas.
Pero ellos no perdieron su vocación de caminantes como tampoco los pescadores dejaron de serlo después de la pesca milagrosa, sino que se transformaron en pescadores de hombres.
El encuentro no suprime la identidad, ni la de los hombres ni la de las culturas sino que suscita la fecundidad personal y comunitaria. Aquello que hacía decir a San Agustín que era lo más íntimo que nosotros mismos.
O lo que, aun cuando sean tantos los millones que no han visto la luz de la estrella, el Concilio nos dice de la Iglesia que es la manifestación del plan de Dios sobre el mundo y sobre la historia”.