A través de cada día del año la Iglesia va mostrando el testimonio, las enseñanzas de los santos.
Una tarea importante es el desarrollo litúrgico de estas vidas que abarcan nada menos que veinte siglos de vida de la Iglesia en el mundo.
Hay un ciclo litúrgico que podemos entender como el tiempo (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y por todo más extenso que llamamos “tiempo durante el año”.
Al mismo tiempo se va desarrollando el llamado ciclo santoral que en todos los tiempos hace su presencia en la comunidad no solo litúrgica sino desbordando los límites religiosos, sino que se traduce en la vida social y cultural, lo que llamamos las fiestas de los santos.
A través del año adquirimos así el sentido que tiene lo que llamamos las quistas de los santos, expresión de una iglesia que es santa, católica, apostólica, muy relacionado todo con la vida y con los tiempos de historia y que ni la secularización galopante de nuestras sociedades logra abrazar.
En las comunidades católicas es costumbre que cada día se proclame el martirologio que hace presente cada día la memoria de lo muchos santos que han ido jalonando la vida en la iglesia y que manifiestan la historicidad de una iglesia siempre pecadora.
Mirando, por ejemplo, el calendario del mes de agosto encontramos santos y acontecimientos de muchos lugares y de muchos tiempos.
Tal vez por el hecho de que el Espíritu Santo haya elegido pastor de la Iglesia a un sacerdote agustino contribuya a esto.
Sabemos que San Agustín es uno de los santos más portantes de la Iglesia, aunque este calificativo de empate no sea el más adecuado.
Una figura que además inspira a la Iglesia en liturgia que no es algo mecánico si la cálida historia de hombres y mujeres que sintieron que debían asumir las durezas y las miserias de los hombres para dar respuestas a la crisis de los tiempos.
Agustín respondía a aquello que un libro que tuvo resonancia tiempo atrás (“Por la inquietud a Dios de Vilabordo Verkade).
DOLOR DE MADRE
Frente a este hijo, un intelectual nunca conforme sus razonamientos, su madre Mónica sufría por los caminos de la razón y de la vida que su hija afrontaba.
Llegó así a hablar con el arzobispo de Milán, que sería uno de los doctores más significativos del santoral.
A él su madre lo encomendaba a la capacidad intelectual de Ambrosio y él le dijo unas palabras que merecían un lugar de honor en el pensamiento intelectual y religioso: “tienes que hablarle más a Dios de tu hijo que a su hijo de Dios”.
Sin duda que hay palabras que valen por todo un tratado, más allá de palabras complicadas y a veces carentes de relieve.
Muchas veces sin llegar a las profundidades de Agustín.
Ello sin duda, contribuyó en gran medida a la conversación del hijo que además afianzó la honda relación de una madre con su hijo.
Cuando ella estaba cerca del fin de sus días hay un momento de profunda intimidad de madre a madre con el hijo.
A orillas del terreno los dos meditaban solo la vida y la muerte y sería creíble que allí las palabras de Ambrosio habían tenido su lugar.
Con todo el amor por ellos me atrevo a recordar de que “Dios los cría y ellos se juntan”.