PADRE HUGO SEGOVIA
En la Asamblea Eclesial que se llevó a cabo en México del 21 a 28 de noviembre estuvo representado todo el espectro de la Iglesia en América Latina y el Caribe.
Doscientos obispos, otro tanto de sacerdotes y diáconos así como otro tanto de religiosas y cuatrocientos laicos de diversas edades, condiciones sociales y profesionales, sociólogos y de otras disciplinas así como hombres y mujeres de las periferias y la exclusión.
Encontramos la selva de siglos de las instancias eclesiales del continente: el C.E.L.A.M. (Consejo Episcopal Latinoamericano), la C.L.A.R. (Confederación de Religiosas), la C.E.A.M.A. (Red de Conferencias Episcopales de la Amazonia) y la R.E.P.A.M. (Red Eclesial Amazónica) implicadas también en la experiencia para la cual se ha consultado a seminarios y universidades y entre el primer tiempo de discernimiento con un aforo de setecientas personas en veintidós países conectados virtualmente.
De esta Asamblea ya hemos hablado en la columna del 6 de mayo.
Sin duda que todo ello nos lo hace pensar el mismo Papa Francisco que, en la preparación del tiempo sinodal que estamos viviendo, citada el teólogo Yves Congar que en los años del Concilio decía: “no hay que hacer otra Iglesia pero, en cierto sentido, hay que hacer una Iglesia otra”.
En una América que tiene “un rostro claro, enigmático, irónico, grotesco, voluble, cruel, tierno y casi siempre simbólico” y en el que “la frustración amputa los proyectos pero donde la razón y el delirio sopla el viento de la esperanza” como se ha dicho.
MISIONERA Y SINODAL
En la solemnidad de Cristo Rey, y desde el santuario de la Virgen de Guadalupe, el presidente del C.E.L.A.M. el peruano arzobispo de Trujillo monseñor Miguel Cabrejos Vidarte presidió la misa que dio comienzo a este hecho, inédito en la historia de la Iglesia.
En su homilía expresó el sentido del mismo asociándolo a lo que fue la Conferencia Episcopal de Medellín, en 1986, que marcó la latino americanización del Concilio. México vendría a ser, entonces, y no con el protagonismo del episcopado sino el de todo el Pueblo de Dios. Podríamos añadir que también de todos los que buscan a Dios con un corazón sincero como dice la liturgia.
“Vivir, sentir y participar son los caminos a seguir en esta experiencia de sinodalidad en la que la figura de la virgen de Guadalupe, “siempre Madre y siempre fiel”, vuelve a hacerse sentir a la manera de Juan Diego abierta a la interculturalidad en preparación ya a la celebración, en 2030, del quinto centenario de lo ocurrido en Tepeyac.
En su mensaje el Papa Francisco pone el acento en dos palabras: “escuchar y desbordar”.
“Escuchar” los participantes entre ellos para poder escuchar lo que tantos, en el tramo preparatorio, han presentado exhibiendo los dolores y las heridas de nuestro pueblos, los que en Puebla se llamó “las heridas abiertas del continente”.
“Desbordar” del amor creativo del Espíritu Santo que infunde audacia para emprender los caminos que los tiempos estén reclamando.
EL TIEMPO FAVORABLE
Esta Asamblea eclesial es una de esas experiencias eclesiales que marcan el caminar de la Iglesia.
A propósito de ello vale la pena recordar que el primer intento de trabajo continental se dio en Río de Janeiro en 1955 pues de allí salió la Constitución del C.E.L.A.M., incluso antes del Concilio Vaticano II. Los otros continentes fueron sucediéndose en el mismo sentido.
La promoción de la sinodalidad que estaba implícita ya en aquel primer saludo del Papa Francisco el 13 de marzo de 2013, se va configurando en la vida de la Iglesia.
En cuanta oportunidad se le presenta llama a vivir la dimensión comunitaria de la Iglesia a la cual llama a huir del individualismo, antítesis de la Iglesia que es “familia de Dios y en lo cual el diálogo, la implicación, el discernimiento en común, la participación y la corresponsabilidad deben ser las formas de vida de todos los días.
Esta Asamblea nos da la oportunidad de hacer visible ese camino y nos remota a aquella clausura del Sínodo continental que Juan Pablo II había convocado, en las vísperas del nuevo milenio, veinticinco año atrás y que concluyó también a los pies de la Virgen de Guadalupe el 12 de diciembre de 1997.
A todo ello hace referencia la cuarta Carta Pastoral que ha publicado nuestro obispo en el cual nos dice que “éste es el tiempo favorable para celebrar la fe, fortalecer la esperanza y motivar la renovación”.