Alguna vez Alfredo Alcón hablo de los teatros desaparecidos. Esa trágica experiencia nuestra que paso casi a identificarnos como pueblo. Nosotros, en Mar del Plata, estuvimos a punto también a llorar la desaparición de nuestro festival cinematográfico.
El esfuerzo y el amor de la ciudad hicieron posible que el mismo volviera a ser realidad en la vida cultural de la ciudad.
Aquellos años de la primera mitad de la década de los 90 lo hicieron posible.
Gracias al festival, del cual yo pensaba participar como amante del cine y del cual tuve, sin pensarlo, una participación mayor cuando también se dio nueva vida a la desaparecida O.C.I.G., pude conocer a uno de esos hombres que, por su sabiduría pero más aun por su contextura ética, paso a ser un importante referente personal.
Unas palabras suyas expresan mejor que cualquier discurso la hondura de su testimonio: “para la ética no hay exageración”.
Hoy lloramos la partida de José Martínez Suarez a quien podemos llamar, sin miedo a exagerar, padre de nuestro cine junto a otras notables que fueron jalonando su historia.
Por esa tarea en la organización católica del cine, pero tal vez mucho más por mi amistad con Mario Gallina, pude tratar a esa figura totalmente singular de nuestro cine.
Nadie más indicado que Mario a quien como podemos ver en el libro que recoge sus conversaciones con José, “Estoy hecho de cine”), José declaró su biógrafo oficial, para ello.
Toda la vida
Inmenso era su conocimiento del cine pero iba a la par de una particular cercanía con los demás. Una Publicación de INCAA lo vemos de cuerpo entero. Allí expresa el respeto y la admiración que tenia para todos, no había asomo de vedetismo sino pasión por todo lo humano: “José Gola, Pondal Ríos, Pedro Laxalt, Eduardo Bedota, Alicia Barrié, Roberto Airaldi, George Andreani, Anita Jordán, Carlos Rinaldi, Tomas Simari, José María Beltrán. La mayoría de la gente supondrá que estoy nombrando a un equipo de futbol mixto quien sabe de qué país y son los nombres de personas que le dieron un autentico brillo, popularidad y prestigio internacional al cine argentino. Actrices, actores, montajistas, escenógrafos, músicos y varias otras profesiones. Hoy están olvidados y esta es la razón de este libro: recordar a los hoy olvidados para hacerlo renacer en cada lector”.
Desde su infancia en la ya casi mítica Villa Canás fue consolidándose como hombre del cine, primero como fervososo espectador. Eran los años en los cuales nuestro cine entraba en la etapa sonora, después en Rosario y ya en la gran ciudad, apenas adolescente, comenzó un contacto más directo como ayudante y como asistente de dirección de numerosas películas.
En 1960 su primera película “El crack” le valio ser considerada por su “diestra veteranía en el majeno técnico y por su sensibilidad para exponer el contenido del film”.
Como ha ocurrido con otros creadores es exiguo el numero de sus películas pero ninguno de ellos paso sin dejar huella lo que le valió un severo juicio del periodista Helen erro: “desperdiciamos a Martínez Suarez mientras filman obsecuentes y arribistas”.
Pero allí están “Dar la cara” (1962) con gion de David Viñas, música del Dato Berbieri y un deslumbrante eleco; “Los muchachos de antes no usaban arsénico” (1976) que es una película de culto (“una de las mejores películas argentinas de la década de 1970”) y “Noches sin lunas no soles” (1984), un exponente del más audaz cine policial
Nuestro y de José
Maestro de directores está en la base de muchos de los que, gracias a sus enseñanzas y a su ayuda, accedieron a los primeros planos. Durante diez años su presidencia en los festivales de Mar del Plata lo ocuparon tal como el era capaz de hacerlo, con alma y vida.
Hablaba del señorío de Martínez Suarez que iba a la par de su cercanía.
No dejaba pasar un año sin recordar los cumpleaños. Hasta una postal desde Ginebra adonde había ido para homenajear a su admirado Borges.
Tengo a mano, a primera vista, una postal fechada el mismo día de un cumpleaños suyo en la que leo: “gracias, querido amigo, por su envió de ayer. Y por las elogiosas palabras, voy a terminar por creérmelas”.
El no las creía pero todos se las decían y ahora lo echaremos de menos porque el los recordaba a todos, y a todo y a cada uno, como si fuera el único. Sobre todo cuando se trataba del cine donde confluían sus sueños y sus realizaciones
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