El peso de una sonrisa

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

Aquella tarde del 26 de agosto de 1978 había sido elegido el sucesor del Papa Pablo VI que había fallecido el 6 de agosto.
Tenía misa en la capilla Nuestra Señora de Luján del barrio Las Flores.
Recién recibido la noticia de la elección y el “habemus papam” del cardenal Protodiacono se la transmití a la gente de la capilla.
Ellos esperaban, como muchos, que el cardenal Pironio fuese el elegido y recibieron la noticia con bastante desilusión. Además de los pronósticos del tiempo previo a la elección el Cardenal Albinio Luciani, patriarca de Venecia, no aparecía demasiado su figura.
Si era conocida una imagen de él cuando Pablo VI había ido a Venecia y en uno de los actos de su visita había colocado sobre los hombros de Luciani la estola que fue interpretado como un signo profético.
Fue elegido entonces y desde su primera aparición en la plaza de San Pedro llamó la atención su sonrisa y su sencillez.
Esos signos fueron como lo que definirían su personalidad en los escasos días que fue el conductor de la nave de Pedro.
Se dice que cuando era ya inexorable su elección en el conclave había manifestado, asombrado, “¿Qué han hecho? Aunque agregó: “si Dios te da un peso tan grande te dará las fuerzas para llevarlo”.

La cabeza y el corazón

Nacido en los tiempos de la primera guerra mundial en un hogar austero del Canal el padre, como signo también de una época había viajado a América para mejorar sus condiciones de vida y había estado en Argentina con la idea de traer aquí a su familia.
Ordenado sacerdote fue elegido en 1958 obispo por el recién elegido Juan XXIII hasta que fue promovido al patriarcado de Venecia por Pablo VI. Se destaca su participación alegre y esperanzada en el Concilio Vaticano II siempre como un hombre sencillo que fue ascendiendo a tareas más importantes cada vez sin perder su disponibilidad y esa característica que sería definitoria de su personalidad y por la cual pasaría a la historia: su sonrisa.
Además no hay que olvidar que fue muy inspirado el nombre que eligió cuando el conclave puso su mirada en él. Dijo entonces que pretendía ser la síntesis de los dos papas que lo habían precedido: Juan XXIII y Pablo VI. Pedía tener la cabeza de Pablo y el corazón de Juan y con tan pocas palabras manifestar una grandeza incomparable.
Alma también la tendremos en el santoral pues el 4 de septiembre, cuarenta y cuatro años después del día en que efectuó la toma de posesión de la basílica de San Juan de Letrán como obispo de Roma, será beatificado.

Los caminos de la santidad

Atrás queda la sensación de “policial” que dejó su repentina muerte y la decisión de no efectuar su autopsia junto con las especulaciones que tendríamos mostrar a un Papa renovador enfrentado a una Curia conservadora en excesiva simplificación de un hecho por cierto fuera de explicaciones cómodas.
Una prueba también de una Iglesia que es la comunidad de hombres de toda raza y condición, de todo pueblo y cultura que planten interrogantes al mundo frente a hombres y hechos que superan los parámetros comunes y nos llevan a explorar los caminos de la santidad.
Justamente el 15 de mayo Francisco celebró la canonización de diez nuevos santos de la Iglesia, postergada por la pandemia y allí hemos podido ver hombres y mujeres de distintos lugares y tiempos así como de las más variadas tareas.
Allí decía el Papa: “que los nuevos santos inspiren soluciones de unión, caminos de diálogos, sobre todo en los corazones y las mentes de quienes ocupan puestos de responsabilidad y están llamados a ser protagonistas de la paz y no de la guerra”.
Se trató de un acontecimiento que unió a personas de diversos lugares de los cuales se podría destacar una italiana religiosa que pasó la mayor parte de su vida en Uruguay por lo cual se la considera la primer santa del país, María Francesca de Gesir Rubatto, muy venerada entre los postergados del país. De Titus Brandsma, holandés, ya hemos hablado, es de destacar la figura de Lázaro conocido como Devasahayam en la India. La de Charles de Foucauld adquiere una gran relevancia como un maestro de espiritualidad de nuestro tiempo.
Más de cincuenta mil peregrinos participaron en Roma, de este acontecimiento y con el Papa pedimos a María que nos ayude a imitar con alegría el ejemplo de los nuevos santos”.