El don de la autoridad

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

Padre Hugo Segovia

Muchos de los aniversarios que se conmemoran este año han quedado opacados por la pandemia que estamos afrontando.

Así como conmemorábamos el centenario del nacimiento de Juan Pablo II, se cumplen también 25 años de la publicación de una de sus más importantes encíclicas.
En este caso se trata de “ut unumsint” firmado el 25 de mayo de 1995 en la fiesta de la ascensión.

La primera columna de este espacio del año en curso tenía como título “que todos seamos uno” porque nos referíamos al lema episcopal de monseñor Mario Quintana, obispo auxiliar de Mar del Plata cuya ordenación fue el broche de oro del año 2019. El mismo había elegido este texto del Evangelio de San Juan, cap. 17, vers. 20.

En este momento inesperado que estamos viviendo el problema de la desunión de los cristianos adquiere una importancia muy grande ya que no se trata solamente de ser fieles a la palabra del Señor sino también de que esa unidad pueda ser fermento para hacer frente a los desafíos que acosan a la humanidad.

El texto del Evangelio es claramente explícito: “que todos sean uno como tu Padre estas en mi y yo en ti que también ellos sean uno en nosotros para que el mundo creas que tu me enviaste” pide Jesús en la última cena.

A PESAR DE LAS MISERIAS DE LA HISTORIA

Precisamente la queja de un humilde pastor que misionaba en Asia fue como la base, a principios del siglo XX, del movimiento ecuménico: hablaba del escándalo de un Cristo dividido y lo consideraba causa de una pobre cosecha.

Se fue consolidando ese movimiento que en 1948, también después de una tragedia, se constituyó como Consejo Mundial de las Iglesias para que, después, el Concilio Vaticano II lo afrontase desde el anuncio que de él hizo Juan XXIII y uno de cuyos pasos fue lo que este año también festeja sus 60 años, el Secretariado para la unidad de los cristianos al cual siguió la invitación y participación de los cristianos no católicos, la promulgación del documento “Unitatisredingegratio”.

Innumerables comisiones y encuentros se fueron sucediendo y así fue como Pablo VI, en 1969, visito en Ginebra al Consejo (se lo ha llamado “el Vaticano protestante”) y con toda franqueza se presentó allí como sucesor de Pedro pero reconoció que ello era también un estorbo en el camino de la unidad.

Imposible no recordar, por lo menos, el encuentro en La Habana entre el patriarca de Moscú y el Papa Francisco en 2016 como el por ahora frustrado intento de que tanto el como el arzobispo anglicano de Canterbury pudieran viajar a Sudan como mensajeros de paz.

Habían pasado 30 años de la finalización del Concilio cuando Juan Pablo II escribió esta encíclica de la cual se destaca, sobre todo su ofrecimiento a discutir todo lo que el ejercicio del pontificado pudiera ser obstáculo para lograr la unidad así como su dedicatoria a “los hermanos y hermanas de las demás iglesias y comunidades eclesiales”.

QUERER LA UNIDAD

El gran teólogo ortodoxo Olivier Clement afirma que Juan Pablo II le “auspiciaba con los ortodoxos no la jurisdicción sino la comunión”.

Allí estaría la clave, o por lo menos una de las más intrincadas del problema, pues apuntaría a dar prioridad a los fundamentos bíblicos y espirituales por encima de los políticos y jurídicos.

Por su parte el teólogo reformado Jacques con Alimen dice, con toda franqueza, que “Roma no tendría que renunciar a sus pretensiones primaciales”.

Habría sí que respetar la libertad de las iglesias del cristianismo subrayando la necesidad de un servicio unidad como ya, de hecho, lleva a cabo la Iglesia en la cual el mismo Papa Francisco se presentó y sigue haciéndolo más que como Sumo Pontífice como obispo de Roma y asombra con su participación en el centenario de la Reforma diciendo que “Todos (católicos como ortodoxos, protestantes) debemos volver siempre al Señor”.

Dijo el teólogo Max Thurian de la encíclica que era “intrépidamente profética” y esa opinión tiene la importancia de alguien que ha vivido ambas experiencias.

Lo que Juan Pablo II quería, en fin, era manifestar que “creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad es querer a la Iglesia; querer a la Iglesia significa querer la comunión de la gracia que corresponde al designio del Padre, desde toda la eternidad”.