El cuarto año

Por Padre Hugo Segovia.

Padre Hugo Segovia

El 11 de marzo de 2017 el obispo de Mar del Plata, monseñor Antonio Marino, cumplía los 75 años requeridos por el Derecho Canónico para que los obispos pongan su renuncia en manos del Papa.

El lo había anunciado un mes antes en la gruta de Lourdes. Esperábamos la aceptación de la renuncia que, la mayoría de las veces, viene acompañada de la elección del sucesor.

Llegamos al mes de Julio y estábamos pendientes de las novedades a la vez que se barajaban nombres hasta que, en la mañana del 18 de Julio nos costaba salir de nuestro asombro cuando recibimos el anuncio de la elección del nuevo obispo.

Varias eran las razones además de la alegría por la designación de quien vendría a a ser eslabón de la sucesión apostólica.

Una, el hecho de contar con un obispo que no tenía experiencia pues todos los anteriores vinieron con años de trabajo en otras diócesis. Todos habían sido obispos auxiliares, el primero también había sido pastor de una diócesis mientras que el tercero apenas llegó a cumplir funciones de obispo auxiliar. Además, también como este se trataba del más joven ya que ambos, al ser elegidos, no habían cumplido los 49 años.

Pero lo que más llamaba la atención era que el Papa Francisco había puesto su mirada sobre un marplatense. Un poco el eco de lo que dice su libre “Soñemos juntos”: “el Evangelio tiene que ser en el dialecto de cada lugar, con las mismas palabras y los sonidos con los cuales una abuela canta canciones a sus nietos”.

EL EMBRION DE LA CIUDAD

No debemos olvidar que en el siglo XIX un joven agrimensor de 28 años trazó las líneas paralelas para definir la orientación de las calles de Mar del Plata tal como llegan hasta hoy, desde la capilla de Santa Cecilia que, por ello, ha sido llamada “El embrión de la ciudad”.

Pensábamos en esto en aquellos días y como la fe se expresa como cultura humana y humanizadora tal como se ha dicho. Lo fundamental es no perder la identidad y hacerlo sin adoptar posiciones de dominio o encerramiento defensivo.

La elección de monseñor Mestre nos lo estaba sugiriendo y él, como Jesús que hablaba del Reino con los hechos y las imágines de la vida de la gente, nos hablaba a través de los signos de su escudo episcopal.

Allí, sobre la Palabra con el lema elegido, “Cristo es nuestra paz”, tomado de la Carta del apóstol Pablo a los efesios, aparecía la roca, símbolo no solo de Dios mismo y de Jesucristo que es el Amén de Dios sino también del que no edifica sobre la arena. Brota de allí un retoño de olivo que representa la paz que es, a la vez que don de Dios, tarea del hombre y en el fondo y como resonancia de “Laudato Sí” el cielo y la tierra reconciliados y planificados por Cristo y el mar que es el que da nombre a la diócesis y es parte importante de su territorio. Vemos, además, el ciclo del amanecer que es una invitación a la esperanza y sobre el cielo la estrella que ilumina el camino de la evangelización, María.

Detrás encontramos el báculo del obispo que recorre incansablemente los caminos existenciales y geográficos de las ovejas (por citar un ejemplo, en este año llegó 14 veces a Necochea).

EL OBISPO DE CUERPO ENTERO

De allí, también, lo difícil que se hace sintetizar un año de trabajo mirando hacia adentro y hacia afuera de la Iglesia, aceptando una pluralidad enriquecedora, amando al desafiante tiempo que nos ha tocado a través de una presencia permanente y al encuentro con los que, más allá de indiferencias e ignorancias, se esfuerzan por el bien y la justicia.

Con eso no podemos, al menos, ignorar algunos hechos importantes como el convenio con Scholas Ocurrentes, ideado por el Papa Francisco para la educación integral así como la diplomatura en estrategias comunicacionales y el reiterado esfuerzo para entender la situación social causada por la pandemia a la cual llegó el cordial reconocimiento del Papa en un video mensaje dirigido “al obispo Gabriel”. Sin olvidar que en el transcurso del año, publicó el primero de “Los tres puntitos de cada domingo”.

Aunque hay muchas imágines que podrían ser la foto del año hay una muy conmovedora que lo muestra al obispo de cuerpo entero; el 1 de febrero, en la misa exequial de su madre, Ana Luisa Gasparoli, Yiya, víctima del coronavirus.
Y la homilía que, de desde el dolor y la esperanza, nos brindó entonces creemos que es el texto del año.

La fragilidad de la vida, la fe que da sentido y fortalece a la vida y, la fecundidad de la vida de familia, en ese momento, adquieran una fuerza imborrable. Habla como miembro de su familia pero, a la vez, como cabeza de la familia eclesial. También desde la cultura popular que da un lugar central a la madre y recurre a Pappo, a Palito Ortega, a Gustavo Ceratti, a Peteco Carabajal, a la Negra Sosa y a Luciano Pereyra pero, “como canto más pleno y perfecto, vivo y eficaz” a la Palabra de Dios donde Jesús nos dice que es la Resurrección y la Vida.