El cielo que se abre

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

Padre Hugo Segovia

El famoso novelista francés Julien Green escribió en 1946 en su libro “Tierra Lejana” poniendo en labios del protagonista de su novela: “yo no conocía a Bach pero un día en que Fickenscher se hablaba de la Misa en Sivsono en una mano el tema del Kyrie, en cuanto escuché aquellas simples notas, que son exactamente 19, me pareció que el cielo se abría. En aquella frase que bien podría haber aprendido a cantar hasta un niño. ¡Qué fe amplia y soberana!

Todo lo que en mi vida había de mediocre, Dios lo arrasaba con su gran mano… Con la humanidad entera, yo caminaba hacia un mundo luminoso en el cual ni la carne ni el pecado serían capaces de oscurecer el alma. Por primera vez en mi vida, me sentí unido al mundo, salvado, quizás, con todo el mundo”.

Pero también el escritor agnóstico rumano, Emile M. Cioran, en su obra “Lagrimas y mantos” ha escrito: “cuando escuchas a Bach ves nacer a Dios. Después de un oratorio, una cantata o una Pasión, Dios debe existir. Pensar que tantos filósofos y teólogos han pasado días y noches tocando pruebas de la existencia de Dios, se olvidaron de una sola”.

Muchas veces, en esta columna, hemos citado al cardenal Gian Franco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo de la Cultura. Es él a quien se deben estas reflexiones sobre la importancia de alguien como Bach a quien define como generador de divinidad”. Sobre en un artículo publicado hace unos diez años en el “Corriere della”.

SOLO A DIOS LA GLORIA

Ravasi nos cuenta que el mismo Bach ponía encabezando sus composiciones la sigla “J.J.” iniciales de “¡Jesús, ayuda!” y terminaba con otra sigla: “S.D.G.” es decir “Soli Deo gloria” convencido que solo a Dios le corresponde la gloria.
Hemos hablado hace poco aquí mismo de la amistad que existió entre el Papa Juan Pablo II y el presidente de Italia, Sandro Pertini así como también la que el Papa polaco tuvo con el famoso periodista IndroMontanelli.

En ellas podemos ver la amplitud de las miradas y desbaratar también la imagen que muchas veces se ha edificado de los papas que ahora mismo el Papa Francisco ha venido a mostrar y que tiene, por encima de cualquier otra instancia, lo que él mismo le decía a un entrevistado que se asombró de haberle concedido una audiencia en razón de su realidad existencial tal cual le dijo: “a mí me interesa no el adjetivo sino el sustantivo: usted para mí es un hombre y lo demás es secundario”.

Claro que habría que recorrer un largo camino, desde el Concilio hasta aquí y repasar las audaces páginas de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo respecto del agnosticismo y de la responsabilidad de los creyentes. Ello es, como tantas otras cuestiones, una tarea poco afrontada por las comunidades que, sin embargo, estuvo en la primera línea de las inquietudes de la Iglesia que no rehuyó asumir su responsabilidad como lo muestran las innumerables ocasiones que tuvo el mismo Papa de hacerlo.

Es preciso también, para ello, tener una mirada amplia y procurar entender todo lo que el cristianismo ha vivido a lo largo de veinte siglos.

PARA VIVIR ESTA HORA

En este pormenorizado estudio, el cardenal Ravasi va describiendo las distintas facetas de la música de Bach.
Es así como vamos descubriendo las tensiones que la Reforma originó en la concepción de los misterios de la fe. Así, por ejemplo, que Lutero había compuesto un coral basado en el salmo 46 y que ha sido considerado como el símbolo de mentalidad luterana así como también había compuesto la melodía vocal inspirada en el Gloria de la Misa de Angelis.

En todos estos casos me descubre también una finalidad catequística y espiritual que se hace evidente en distintos momentos como en esa especie de canción de cuna que la comunidad entona pidiendo “reposo sereno” para los “miembros exhaustos”. Todo ello induciendo al creyente a la oración, a la conversión, a la contemplación tratando de delinear la médula de la teología evangélica.

Dice Ravasi, citando a K.F.Zeltzer que “la más importante obra musical que se haya compuesto” es la Misa en Sí menor. En ella confluyen todas las dimensiones de la espiritualidad cristiana: el “crucifixus” del Credo representa el espíritu de la teología luterana centrada en la cruz orientada hacia el sentido pascual de su muerte que es más notoria en la teología católica.

Tantos aspectos pueden ayudarnos a vivir esta hora de dolores y esperanzas para que, junto con el inmenso Bach, aprendamos también a orar: “Jesús, que con tu amarga muerte arrebataste mi alma de la oscura calle del demonio”.