Casi como un regalo pascual recibimos la noticia de que el Papa Francisco, recibiendo al cardenal Marcello Semeraro, prefecto del dicasterio para las Causas de los Santos, autorizó el decreto por el cual se reconoce que el arquitecto Antonio Gaudí vivió heroicamente las virtudes cristianas, paso para que se lo considere venerable y su causa de beatificación comience su etapa previa que debe culminar con su proclamación como beato.
Estaba leyendo a un autor que ha sido muy importante en mi vida cristiana y me relaciona con momentos importantes de mi vida como la experiencia que tuve en el mismo momento de mi partida en el barco San Roque el 15 de setiembre de 1961. Allí, yo partía de Buenos Aires con destino a Roma para comenzar mis estudios en la Universidad Gregoriana y allí me encontré con la representante de la Amitié Charles Péguy que, habiendo recibido una carta mía, descubrió el momento de mi partida y me honró con el título de socio honorario.
Me llamó la atención sobre todo porque el texto decía: “mi pequeña esperanza no es nada más que a esa humilde promesa de brote que se anuncia a principio de abril”.
Ese abril que en Europa es el comienzo de la primavera unido a la esperanza que también nos da la mejoría del Papa Francisco.
EUROPA, SE TU MISMO
No podía olvidar también al enterarme de la noticia, de otra experiencia que había vivido mucho tiempo después, ahora en 2010 cuando el Papa Benedicto XVI, en un viaje sumamente significativo, consagró la basílica de la Sagrada Familia en Barcelona a la par de la que había efectuado en Santiago de Compostela en la de esa ciudad desde la cual, en su momento, el Papa Juan Pablo II había lanzado ese canto, “Europa, sé tú mismo”.
Todo esto en el momento dramático y a veces desalentador de esa Europa que vive en medio de estructuras inestables y donde cualquier factor puede desestabilizar las vidas en cualquier momento, desde la crisis financiera y los efectos sociales de la inteligencia artificial pasando por la crisis ecológica, la pobreza mundial, los conflictos bélicos, el terrorismo que parecemos incapaces de generar la enorme cantidad de conocimientos que necesitamos para hacerles frente”.
Estos conceptos pertenecen a Francisco Javier Vitoria Cormezana en “Dar razón de la esperanza en tiempos de incertidumbre”.
Este anuncio de la causa de Antonio Gaudí viene a ratificar lo que podríamos llamar conciencia europeísta que ha distinguido el actuar de la Iglesia, sobre todo durante la terrible guerra mundial (1939-45) y la etapa posterior de reconstrucción no solo de los efectos destructores de las ciudades sino también de la reconstrucción de lo que llamamos el corazón de Europa.
ANTONIO GAUDI
Antonio Gaudí nació en 1852 es un típico representante de la cultura catalana y fue estudiante de los Padres escolapios y un Barcelona estudió arquitectura y se afilió al movimiento Renaixença en que se destacó y en cuyo seno se encontró con el empresario Eusebio Güell para quien diseñó importantes obras, pero lo que fue su obra maestra fue la continuación de las obras de la iglesia de la Sagrada Familia.
Allí volcó no solo su capacidad de arquitecto sino, sobre todo, su profunda visión religiosa que tenía mucha influencia de benedictinos y franciscanos en un tiempo en que también el movimiento litúrgico, impulsaba la renovación litúrgica que encontraría su coronación con el Concilio Vaticano II.
Esa creación de la Iglesia de la Sagrada Familia fue como el centro de su vida pues cada día suyo tenía como el trabajo de una obra tan reconocida como ese templo de Barcelona.
Signo elocuente de una espiritualidad personal lo da su muerte, pues él, después de haber atropellado por un tranvía y sin ningún signo exterior del valor enorme de su persona, fue llevado herido a un hospital de pobres donde murió el 7 de junio de 1926. En la vista del papa Benedicto XVI todo ello adquirió vigencia y fu una pagina inolvidable de lo que significa la fe como expresión de la belleza del Dios que hizo el cielo y las estrellas.