El agua y la luz (Padre Hugo Segovia)

Así como los domingos anteriores a la gran solemnidad pascual estuvieron girando los temas de agua y de la luz, al llevar al último tramo de la liturgia cuaresmal nos adentramos en el agua y la luz para disponernos a esta gran celebración, poniendo nuestros ojos y nuestro corazón en la vida.

Importante ello pues de acuerdo con la gravedad de los tiempos corremos el peligro de dejarnos atrapar por el cansancio y tantas veces somos también el desprecio de la vida.

La ciencia ha prolongado la vida de muchas maneras, pero al mismo tiempo asistimos a tantas situaciones de desprecio por la vida y muchas personas que llegan a edades avanzadas lo hacen en condiciones deplorables.

Ello también nos hace valorar la vida y promover el cuidado y el respeto correspondiente.

Lamentar a la vez tantos atentados a la vida, directa o indirectamente que se comenten a diario.

Jesús a dicho “Yo soy la vida” sobre todo cuando resucita su amigo Lázaro y lo ha ratificado en la última cena; “yo soy la resurrección y la vida”

Una vida que debió pasar por la prueba de la muerte para vencerla e incorporarnos a El por medio del agua bautismal nos hace participes de la vida que procede del Espíritu que hace fecunda esa agua.

LA VIDA DEL ESPIRITU

La vida se va desgastando poco a poco como dice el poeta: “un día más, un minuto más para estar vivo, para decir adiós a las cosas que vi y toque mientras moría desde el instante mismo en que nací”.

En cambio, la vida que recibimos del Espíritu de Dios no muere, es incorruptible, se prolonga en la eternidad y no se debe dejar de decirlo aún cuando más se repite lo contrario, sobre todo cuando se piensa que hay que hacer la vida y esto, a veces a costa de los demás.

Cómo se puede decir que viven solo los que solo piensan que se dejan llevar y están obsesionados por la publicidad y la propagando y los que están decididos a fomentar el odio y el deseo de venganza.

Así es como se puede gozar de una salud de hierro o ser un atleta de fama, famoso.

San Pablo nos habla de lo que podríamos llamar “vida con mayúsculas” y sería bueno grabarlas en los corazones de estas vísperas de Pascua” si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes también dará vida el que resucitó a Jesús también dará vida a ustedes en sus cuerpos mortales por medio del mismo Espíritu que habita en Ustedes”.

EL SALUDO PASCUAL

Sin duda que esa vida que perdura supone nuestra fidelidad a lo que el apóstol llama “la ley del Espíritu” opuesta a ley del pecado y de la muerte”.

O sea, todo lo que es contrario a nuestra condición cristiana o incluso humana.

¡Quiere vivir! Seguramente hemos oído estas palabras, a veces en medio de pruebas y sufrimientos.

En estas vísperas de la Pascua formulemos ese deseo, pero hagámoslo con sinceridad para que nuestro saludo de felicidad y que nuestro deseo haga que, como San Pablo pedía, nos despojemos de la vieja levadura de maldad y perversidad para celebrar la Pascua con los panes sin levadura de la verdad.