Dios nunca se jubila

Por Padre Hugo Segovia.

PADRE HUGO SEGOVIA

A las innumerables jornadas que la Iglesia celebra cada año el Papa Francisco ha agregado ésta que a partir de 2021 tendrá lugar el último domingo de julio de cada año.

Se trata de la Jornada Mundial de los Abuelos y de las personas mayores.
En el mensaje que “como obispo de Roma y como anciano, dice, le gustaría dirigirse para decirles que “toda la Iglesia está junto a ellos, se preocupa por ellos, los quiere y no quiere dejarlos solos”.

Dice el Papa “yo mismo puedo decir que recibí la llamada a ser obispo de Roma cuando había llegado, por así decirlo, a la edad de la jubilación y ya se imaginaba que no podía hacer mucho más”. Pero, agrega: “el Señor está siempre cerca de nosotros. Ustedes saben que el Señor es eterno y muchos se jubila”.

Además, recalca que este mensaje llega en el difícil momento, de la pandemia, “tormenta inesperada y violenta dura, prueba que ha golpeado la vida de todos pero que a nosotros nos ha reservado un trato más duro. Muchos de nosotros se han enfermado y tantos se han ido o han visto apagarse la vida de sus cónyuges o de sus seres queridos.

Muchos aislados han sufrido la soledad durante largo tiempo”.
El papa que ha titulado el mensaje con palabras del Evangelio “yo estoy contigo todos los días” tomado de San Mateo. “Este es el sentido de la Jornada que ha querido celebrar por primera vez precisamente este año después de un largo aislamiento y una todavía lenta recuperación de la vida social”.

CONSTRUIR EL FUTURO

Gabriel García Márquez decía que “comenzamos a envejecer cuando dejamos de amar” y el Papa Juan XXIII: “a veces veo que asoma la tentación de considerarme viejo. Hay que reaccionar a pesar de las apariencias exteriores, Hay que conservar viva la juventud del espíritu”.
Pareciera que el Papa Francisco ha leído lo que Albert Camus decía: “cuando uno se hace viejo lo más tremendo es que no nos escuchen”.

Por eso, con frecuencia, recurre a lo que el profeta Joel decía: “sus ancianos tendrán sueños y los jóvenes visiones”.
“El futuro del mundo reside en esta alianza entre los jóvenes y los mayores. Quienes si no los jóvenes pueden tomar los sueños de los mayores llevarnos adelante. Pero para ello es preciso seguir soñando en lo que tiene que ver con la justicia, la paz y la solidaridad y allí radica la posibilidad de que nuestros jóvenes tengan nuevas visiones y juntos podamos construir el futuro.
También se ha dicho que para aprender a envejecer no hay que calcular todo lo que la vejez nos quita sino lo que nos deja.

A propósito, el Papa relaciona los sueños con la memoria y piensa en el recuerdo de la guerra y lo que las generaciones pueden aprender desde allí sobre el valor de la paz.
Apela el testimonio de Edith Bruck, sobreviviente de la Shoah: “el amor es vida, la escritura es registro”; “para sí, la memoria es vivir”. Dice Francisco: “sin la memoria no se puede construir porque sin los cimientos nunca se construye una casa. Los cimientos de la vida son la memoria.

EN LA SOLEDAD DEL PROPIO DESIERTO

Alguien ha dicho que “se vuelve viejo cuando las quejas ocupan el lugar de los sueños”.
Pocos como el Papa Francisco saben que es así. Por ello no es alguien que se queja sino que siempre comprende.
Lo había mostrado Juan XXIII cuando inauguró el Concilio y asombró al mundo con un discurso en el que desautorizaba a los que llamó “profetas de desventuras” y reiteró que la Iglesia debía utilizar la medicina de la misericordia, no de la condenación.

Esa misma noche el 11 de octubre de 1962 al saludar a la muchedumbre en la “fiaccolata” (procesión de antorchas) en el llamado “discurso de luna” (“hasta la luna se ha asociado a la fiesta”…) pidió a los padres que llevaran a los hijos en los hogares “la caricia del Papa”.

Cuenta su secretario que, mencionado por la belleza de esa manifestación, el Papa le dijo: “no hemos cambiado nada pero empezamos ahora a comprender un poco más el Evangelio”.

Al terminar el mensaje el Papa Francisco hace referencia al beato Charles de Foucauld para poner en pantalla a los queridos ancianos que es posible, incluso en la soledad del propio desierto, interceder por los pobres del mundo entero y así convertirse en un verdadero hermano universal.

Es preciso, a la luz de estas referencias, asumir esta pandemia para no caer en la desilusión pensando que todo está perdido sino intentar la construcción de un mañana inspirado en las pequeñas cosas de la familia humana que nunca como ahora nos ha mostrado que es una sola y que así, como un siembra y otro recoge, solo se nos pedirá cuenta si hemos trabajado y orado.