Dios los cria, y ellos se juntan (II) (Padre Hugo Segovia)

Mientras en la Catedral de Bogotá el Papa Pablo VI inauguraba la II Asamblea General del episcopado de América Latina que tendría a su cargo elaborar el texto que iba a acompañar al episcopado en su tarea de poner acento latinoamericano a nuestro episcopado, lo que sería el documento de Medellín, aquí en La Rioja comenzaba la experiencia pastoral de su tercer obispo.

Monseñor Enrique Angelelli, aquel día de 1968, empezaba a escribir los episodios de su vida episcopal después de haber sido, desde 1961, obispo auxiliar de Córdoba.

El obispo, al llegar a los límites de la diócesis, besó la tierra como queriendo expresar así que era la tierra la que tomaba posesión de él, más allá de la que llamaba la tomada posición del obispo que así pasaba a ser la diócesis la que tomaba posesión de él.

Símbolo de lo que él quería identificándose con la tierra, con su historia, sus grandezas y sus miserias.

Ese año 1968, era un tiempo de grandes acontecimientos dominado sobre todo por “el mago francés” que había sido recibido con esperanza por la Iglesia sobre todo por el arzobispo de París.

Yo recordaba que, en el Colegio Pio latinoamericano de Roma donde había estudiado Angelelli, lo recordaban mucho, en particular el peluquero que así lo decía en cada oportunidad.

BESAR LA TIERRA

En la columna del 12 de febrero lo recordaba a Angelleli, porque al hablar del Cardenal Pironio citaba una carta que le había dirigido cuando se hizo publica su elección a cardenal.

El día en que se anunció la celebración dispuesta para el 24 de mayo de 1976 en el cual el Papa incorporaría a distintos obispos de muchos lugares con la misión del cardenalato.

Entonces desde esta tierra y como amigo entrañable Angelli enviaba esta carta que tomábamos como tema de nuestra columna del día y que refleja no solo la cercanía de estos dos grandes pastores, sino un hermoso documento que ojalá pudiéramos poner en manos de quienes nos acompañan.

Escrito en momentos muy difíciles para nuestro país y en particular para el discutido obispo de La Rioja quien el 4 de agosto sería víctima del atentado que acabaría con su vida.

Ahora y reiterando la inminencia del cincuenta aniversario de aquel 4 de agosto de 1976 es oportuno que volvamos nuestra mirada a este texto que tiene no solo esa particular cercanía con lo que nuestro país vivía sino que también nos muestra los sentimientos fraternales de dos obispos que nos han precedido en sus vidas y a quienes la Iglesia han incorporado a su libro de oro, mártires desde distintas realidades pero animados con la fuerza de una amistad que les daba fortaleza en medio de las pruebas.

MARTIRES NUESTROS

Algunos párrafos de la carta que Angelelli se dirigió a Pironio con testimonio que vidas que han transitado los lugares y los hechos de nuestro siglo XV y no deben olvidarse porque nos prueba clara de la presencia de la Iglesia en la hondura de los tiempos.

Además, porque tienen toda la fuerza y la elocuencia que tanta falta nos hacen al enfrentar desafíos de toda índole.

Le dice Angeleli a Pironio: “que tus pies no se plieguen con el asfalto de la plaza de San Pedro, sino que se mantengan agiles para estar prontos a rumbear por los cuatro vientos del mundo y seguir siendo un testigo de esperanza y de unidad eclesial. Estoy seguro de que esa púrpura no impedirá que tus pies de evangelizador se enreden en ella, todo lo contrario, el Señor y María, la de Luján, te siga enseñando por dentro que nuestro llamado es servir y ayudar a los hombres a ser felices como Jesús lo quiere” … “me hubiera gustado contarte cosas de la paisanada de estos pagos para distraerte un poco de tus grandes responsabilidades pero lo deja para otro día. Hoy quiero unirme a la alegría de la Iglesia al haberte señalado para que cargues ese símbolo del martirio y de fidelidad”.