Buscando unos documentos que necesitaba para una cuestión burocrática encontré muchos libros que estaban recostados en los estantes de la biblioteca.
Motivo de reflexión pues cada uno de ellos me traía otros tiempos, otros lugares, otras inquietudes.
Una primera impresión se impuso al comenzar esa búsqueda el silencio de los libros.
Me acordé de una poesía de Rubén Darío que había sido uno de los poetas que la profesora de literatura de mi Colegio Nacional, la señorita Antonia Goilenberg nos había hecho aprender hace tantos años. Hablaba de una flor colocada en un vaso que se iba secando de a poco: “en un vaso olvidada se agosta una flor”.
Claro que eso no les pasa a los libros, pero en cierta manera así puede parecer y recorrerlo en eta búsqueda es lo que más se parece a ese encuentro con personas queridas que encontramos en nuestro diario caminar de repente y nos remiten a tiempos y a lugares aparentemente olvidados.
Volví a escuchar mientras buscaba voces misteriosas que me saludaban y muchas de ellas me hacían recordar lo que habíamos recorrido juntos.
También aparecían aquellos que me decían, no como una crítica sino casi irónicamente que hacía nacido no con un pan sino con un libro debajo de brazo.
LIBROS QUE HABLAN
Pero otras sensaciones brotaron de esa búsqueda.
Una de ella es la impresión que me causa cuando a una persona amiga, alguien que me visita le hablo de un libro que estoy leyendo para compartir lo que él me dice.
No siempre pero sí muchas veces experimento la indiferencia y hasta el olvido pues una vez que les muestra el libro veo cómo lo “despiden” rápidamente como diciéndole que no les interesa.
Están los rivales de los libros como pareciera que puedo definir los medios que están al uso y al abuso de muchos.
No se trata de competiciones excluyentes, pero si preocupantes.
Recuerdo años atrás cuando recuperé unos libros que una amiga me había hospedado cuando, por razones edilicias, había tenido que pedir alojamientos para ellos.
También entonces recurrí a esta columna para dialogar con esos amigos que habían tenido que hospedare en otros lugares, como si fueran parientes que alquilaban lugar para vivir.
Los libros nos hablaban no es, solo una expresión que tiene que ver con la lectura y la inteligencia.
Encuentros y reencuentros que se repitieron en esta improvisada búsqueda de unos documentos.
AMANTES DE LOS LIBROS
Como si todo esto fuera poco, uno de los libros que salieron a mi encuentro fue “crecer en humanidad”.
Confieso que de algunos de los libros que iba encontrando en este caminar eran difíciles de reconocer y perdía mi forma de haber nacido con ellos bajo el brazo.
“Crecer en humanidad” es uno de los que escribió allá por 2004 el Papa Fernando Boasso, un jesuita no solo como el Papa Francisco sino un amante de los libros como traté de mostrarlo durante doce años el Padre Bergoglio.
Ya lo había presentado a los lectores de la columna sobre conocedor y admirador de
Atahualpa Yupanqui.
Este encuentro con él que me habla a través de sus libros que incluye muchos estilos y géneros literarios, reflexiones de filósofos, poesía hecha copla folclórica.
Solo un ejemplo: a una señora que criticaba la imagen televisiva que difundían los medios el Papa le decía: “el Conclave no es un concurso de belleza”.