PADRE HUGO SEGOVIA
El paso del tiempo nos hace reflexionar sobre lo que tiene que ver directamente con Dios, porque solo El pertenece para siempre, su amor y su fidelidad no pasan y es ello lo que se transfiere a nosotros en la medida que nos injertamos en El.
Y no se trata de algo jurídico sino de algo existencial.
Entonces nuestra vida no es en vano sino que permanece y fructifica aun cuando nosotros pasamos.
Pero el tiempo que “pasa, pesa y pisa” nos lleva a relacionarnos con nuestro pasado y programar nuestro futuro.
Cuando llega el fin de un año estamos habituados a mirar hacia atrás, hacia nuestra historia, descubrimos los límites y las debilidades, los caprichos, las infidelidades. Necesitamos reflexionar, extrañarnos los tiempos y las personas.
Todo ello hace que también miremos hacia lo que todavía no sucedió y el mirar hacia adelante que está Dios y también, los creyentes, ese invento suyo que es la Iglesia porque es la que siempre nos ofrece el perdón y la gracia.
Así encontramos paz, serenidad y fortaleza y nos sentimos convocados a seguir trabajando para que el amor de Dios alcance a todos y que seamos nosotros instrumentos de ese amor.
Ambas miradas, la de dios y la nuestra, se complementan.
OJOS EN LAS ENTRAÑAS
Insiste el Papa Francisco en que no debemos dejar mirar por Dios porque esa mirada no es la de un juez ni la de un contador sino que hay que dejarse amar más que estar abrumados por el deber.
Aquí viene todo lo que le dice el apóstol Pablo a los cristianos de Corinto en su primera carta, eso que, sin saberlo, reiteraba Horacio Guarani en su “Amar amando”.
Tenemos que despojarnos, no hay duda, del sentido de la culpa lo cual no significa que no seamos capaces de reconocernos pescadores.
¡Cuánto impresiona que él en el encuentro que tuvo con los pobres en Asia pidiera, y lo hace continuamente, : “recen por mí y mis pobrezas que son muchas”!.
En el crepúsculo de este año 2021 es la actitud que debemos asumir y nos ha de ayudar mucho recordar que ha sido un año dedicado a San José de quien se ha dicho que “tenía ojos en las extrañas” ya que no se registran palabras en su boca.
Ese “corazón de padre”, título que le otorgó el Papa en la Carta apostólica con la que inauguró el año jubilar, nos fue marcando de este tiempo de pandemia, “tiempo difícil que debemos convertir en tiempo de salvación” como dijo el arzobispo de Bahía Blanca, actual vicepresidente segundo de nuestro episcopado.
Esos “ojos en las extrañas”, nos eximen de la recorrida anual por los recuerdos y el sueño de lo que esperamos. Nos permite verlo todo buscando que nos dé la capacidad de mirar hacia adentro sin recortes y sin añadiduras.
LO QUE VIMOS Y LO QUE ESCUCHAMOS
Más difícil que encontrar una llave en un desván es elegir una imagen que sea como la del año.
Elijo con todo, una conmovedora imagen de los obispos franceses reunidos en Lourdes bajo el tremendo peso de la historia de los abusos pidiendo perdón presididos por el arzobispo de Reims, monseñor Erio de Moulina-Beaufort ante la foto de un niño llorando esculpido en la piedra. Perdón que exige una actitud de escucha y que no es pretexto para escapar a la justicia. Una Iglesia capaz de reconocer su pobreza pero, a la vez, que no busca su auto justificación y debe reparar el mal incalculable que ha causado. “Niño para siempre petrificado bajo las bóvedas de una catedral”.
En lo que hace a las palabras es lamentable la escasa repercusión que ha tenido la beatificación en Catamarca de Fray Mamerto Esquiú por todo lo que significa para la vida de nuestra nación.
Por eso, encuentro en una homilía de uno de los obispos auxiliares de Córdoba, monseñor Pedro Torres, palabras que iluminan y que elijo como las frases del año: “que el beato Esquiú nos ayude a sanar nuestra sordera ante el clamor de los pobres, a sanar tanta comunicación toxica, superficial, a veces en forma, de las propias comunidades”… nos ha regalado un intercesor que nos puede contagiar el deseo de interceder”… nosotros también queremos conocer a Jesús, seguirlo y amarlo. Digámosle: beato Esquiú, ayúdanos, corrígenos, oriéntanos y que la Virgen del Valle a la que él llamaba “mi abogada” sea también la nuestra y juntos podamos descubrir la santidad como horizonte que edifique la paz y el bien común”.