Antes de su partida para el largo viaje (del 26 de noviembre al 5 de diciembre de 1970) que lo llevó a Asia y Oceanía, Pablo VI hablaba de un mundo en el cual se enfrentaban, en forma desproporcionada, tres personajes: el primero, formando por una multitud de personas que ocupen la plaza del mundo; el segundo, de un pequeño hombre semejante a una hormiga débil inerme que reclama la presencia del apóstol Pablo, mensajero del Evangelio, que se atreva a medirse con las multitudes asiáticas y oceánicas para anunciarles a otro, el tercer personaje, Jesucristo de quien la Iglesia debe ser anunciadora hasta los confines del mundo.
Pablo VI había sido el primer papa que viajo por todo el mundo y podríamos decir que en forma sinfónica como era todo en él.
Ya cuando fue a la O.N.U. lo hizo acompañado por cinco cardenales, uno por cada continente porque era toda la Iglesia la que, como él mismo habría escrito en su primera encíclica la Iglesia se hace dialogo con el mundo.
Su primer viaje, en 1964, fue a Israel de donde salió Pedro y ese mismo año presidió en Bombay el Congreso Eucarístico Internacional. En 1965 estuvo en New York para hablar en la O.N.U. Fue en 1967 a Fátima y ese mismo año a Turquía para estar en Bogotá para participar de otro Congreso Eucarístico e inaugurar la Conferencia Episcopal de Medellín mientras que al año siguiente viajó a Suiza para visitar la sede del Consejo mundial de las Iglesias y a Uganda. A fines de 1970 estuvo en Irán, Pakistán, Filipinas, Sanoa, Australia, Indonesia, Hong Kong y Sri Lanka con lo cual cerró sus peregrinaciones una vez llegado a todos los continentes y porque su salud no le permitía otros desplazamientos.
Pero pudo así abrazar a los cinco continentes y este viaje del cual estamos celebrando ahora el cincuentenario.
MODESTO Y PRESUROSO PEREGRINO
Finalizado el Concilio, en 1965, Pablo VI tenía muy claro que se estaba viviendo el final de una Iglesia eurocéntrica y nacía una pluricéntrica.
Algunos intérpretes ven esto como la razón de sus viajes a los continentes.
Era como la primera vuelta al mundo y así vino a América Latina y pronunció el discurso inaugural de la Conferencia general de los obispos del continente así como un año después, en Uganda, participó del Simposio de las Conferencias episcopales de Africa y Madagascar animando al continente a ser “misioneros de sí mismos”. Daba así terminada, por decirlo de esta manera, la etapa de Africa como tierra de misión.
Lo mismo pasaría con este largo viaje que quería confirmar con su presencia la aplicación de la reforma conciliar y hacer visible esa sinodalidad de la cual las Conferencias episcopales son expresión.
Decía entonces Pablo VI: “el viaje es apostólico, es decir religioso, eclesial, espiritual y lo hago como modesto y presuroso peregrino tratando de gozar del encuentro humano y espiritual con el mayor número posible de fieles y ciudadanos, encuentros con hombres de Iglesia, con el pueblo sencillo, con trabajadores y estudiantes, con los pobres y los que sufren, con las familias y los niños dedicándoles, en cada encuentro, una palabra y una bendición”.
El Papa tenía entonces 73 años y comenzaba a sentir los efectos de una artrosis que, si bien no aminoró su trabajo, le impidió llevar a cabo otros viajes aunque podemos afirmar que, con los nueve que pudo hacer, abrazó al mundo entero y, aun a riesgo de repetirnos, de manera armónica como todo era en su personalidad, Bien vendría, para entenderlo, releer sus diálogos con Jean Guitton.
IGLESIA RODA DIALOGANTE
La imagen de la hormiga “débil, inerme, mínima” era sin duda para él una preocupación como lo sigue siendo para la Iglesia. De todos, el papa, con ternura, habla de la hormiga por la cantidad de miembros y lo dice con palabras en francés que quieren estar lejos de ser ofensivas (“quantiténégligeable”) el camino sigue abierto y Filipinas fue como el lugar indicado para clausurar el Simposio de los Obispos del continente y recordar a los obispos las enseñanzas del Concilio y el “triple diálogo” con las religiones del continente, con sus culturas milenarias y con los pobres.
Les decía que la Iglesia, en Asia, debía ser plenamente católica sin dejar de ser asiática.
Ahora mismo recibimos la noticia de la prórroga del acuerdo con China para el nombramiento de los obispos lo cual alienta la esperanza de una reanudación cada vez más efectiva entre el gigante de Asia y la Iglesia. En este viaje no estuvo ausente, aunque más no fuere, el fugaz paso por Hong Kong todavía bajo dominio inglés donde en la misa decía: “por primera vez llega a esta extrema tierra oriental y lo que quiere decir es solo una palabra: amor que en lo que quedará”. No hay que olvidar que en 1965, en la O.N.U., implícitamente había hablado a favor de China.
Imposible detenerse en cada uno de los lugares de este enorme viaje. Para ello pedir a uno de los expertos su opinión: “Emerge de este viaje la figura de un papa que tenía en el corazón la ejecución de la reforma conciliar de la cual se hizo autorizando embajador como obispo de Roma en todo el mundo, particularmente ante las Iglesias jóvenes de la periferia de la cristiandad occidental eurocéntrica”… “lo hizo como humilde misionero de Jesucristo, viajero de Cristo. Lo hizo con la preocupación de una Iglesia toda dialogante que evangeliza”.