Como quien no tiene nada

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

En una plaza acostumbrada a las muchedumbres, a los innumerables viajeros llegados de todos los países, un hombre solo se hizo portavoz de toda una humanidad angustiada.

Un hombre que, como obispo de Roma, en el sucesor de aquel Pedro a quien un día Jesús en Cesarea de Filipo le dijo: “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Un Pedro frágil no obstante lo cual lo confirmó la misión, después de la triple confesión de amor, en las orillas del Mar de Tiberiades.

Este Pedro, solo en la plaza es el que cada día debe decirle a Jesús: “tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Un hombre que como piedra debe afrontar en cada jornada la intrincada realidad de los tiempos para que los hombres no desmayen.

Un hombre que muchas veces ha dicho que es preciso ponerse el mundo al hombro y lo procura con sus gestos.

Un hombre que ha hecho suyo el grito de la tierra y ha proclamado “la íntima relación entre los pobres y la flaqueza del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida”.

SOLOS NOS HUNDIMOS

En esa tarde del 27 de marzo el papa Francisco quiso que todo el mundo, tantas veces satisfecho de “las falsas y superfluas seguridades con las que ha construido nuestras agendas, nuestros proyectos, nuestras rutinas y nuestras seguridades”, esgrimiendo “como armas vencedoras la oración y el servicio”, tomara conciencia de que nadie se salva solo. Además, para reiterar aquello de Juan Pablo II de que “todos los caminos de la Iglesia confluyen hacia el hombre”.

Se escucha el evangelio de San Marco en el que narra la tempestad calmada por Jesús y donde no solo se ve a los apóstoles asustados porque Jesús está dormido; “¿es así como dejas que nos ahoguemos?” sino también que el seguimiento de Jesús rompe toda la forma de triunfalismo y que es preciso afrontar las crisis para poder llegar así a la otra orilla después de cruzar el mar de Galilea.

Solo acompañaron al Papa dos iconos a través de los cuales el pueblo sencillo experimenta el consuelo y la esperanza frente a las pruebas: el crucifijo que desde la iglesia de San Marcello al Corso, era llevado a los barrios de la ciudad cuando la ciudad era asolada por el cólera en el siglo XIX y la imagen de la Virgen Salud del Pueblo Romano que en el siglo XVI salvo a Roma de una plaga y a la que visita para orar ante ella cada vez que emprende un viaje por las calles de este mundo herido.

La bendición con el Santísimo Sacramento sobre el mundo quería expresar el amor de Dios hacia todos los hombres, ése que les pidió a los apóstoles cuando los mando ir por todo el mundo y anunciar el Evangelio a toda la creación.

Podíamos recordar a Pablo VI aquel 4 de octubre de 1965 en que les dijo a los grandes de todas las naciones que, como San Pablo en Atenas iba a anunciarles a “ese Dios desconocido que ellos honraban en un momento”. O también en lo que le paso a Teilhard de Chardin cuando se encontró que se le habían agotado las provisiones de pan y vino, en las alturas del Himalaya y celebró “la misa sobre el mundo”.

ENSANCHAR EL CORAZON

Corinto era una ciudad próspera, orgullosa y corrompida a la que llegó la predicación de San Pablo. Tuvo muchas dificultades para llevar a cabo su tarea y les escribió dos cartas.

En la primera de ellas no encontramos, no por casualidad, lo que les enseña como centro de toda su predicación; que no hay nada más perfecto que el amor.

Les escribe por segunda vez “entre lágrimas” y les insiste en contraponer la arrogancia, la sabiduría mentirosa y las razones excluyentes de los entendidos con la sabiduría de la semilla, el grano de mostaza y la levadura de los seguidores del Evangelio.

Veía al Papa en la plaza de San Pedro como sintetizando el clamor de todos los hombres, consciente de que toda plegaria auténtica está inspirada por el Espíritu Santo misteriosamente presente en el corazón de cada hombre.

Palabras de San Pablo en su segunda carta a los corintios parecían las más adecuadas para el momento que estamos viviendo: “somos pobres y enriquecemos a muchos, no tenemos nada y lo poseemos todo”… “les hablo con franqueza, les abro mi corazón. En mí no falta lugar para acogerlos aunque en ustedes todo sea estrecho. Paguemos con la misma moneda. Les hablo a mis propios hijos: también ustedes abran su corazón”.