Como aquella mañana

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

Padre Hugo Segovia

A medida que se acercaba 1961 iban creciendo también las ansiedades. Sería el año tan esperado de la ordenación sacerdotal.

Pensaba en el lugar que el arzobispo iba a adjudicarse para mis primeros pasos sacerdotales.
¿Tres Arroyos, Dorrego, Pringles, Suárez?. Se sucedían en el pensamiento descartando mi parroquia, Punta Alta, y alguna de las parroquias de Bahía Blanca no faltaban en la lista.

En año 1960 había sido declarado el del sesquicentenario para conmemorar a la Revolución de mayo con la adhesión de la Iglesia que llevó a cabo una gran misión en ese Gran Buenos Aires que se estaba convirtiendo en aquella “cabeza de Goliat” de la que hablaba Martínez Estrada.

El modelo había sido lo que el arzobispo de Milán, que en 1963 sería Pablo VI, había organizado pensando en esa cercanía con la gente y en la problemática de tiempos nuevos en los cuales se jugaban el destino del mundo.
Pero una tarde del mes de octubre la visita de monseñor Esorto dio vuelta a mis pensamientos.

Nunca hubiera imaginado que él me decía que mi ordenación se iba a realizar a mediados de 1961 porque había destinado viajar a Roma para acceder a una beca y licenciarse en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana.
Era un “capovolgimento” (aprendí esa palabra en Roma y es la que muchas veces me ha dado la pauta para entender los hechos) ya que tendría que aprovechar las vacaciones para preparar los exámenes ya que en Europa las clases empiezan en septiembre.

SESENTA AÑOS ATRÁS

En aquel 1961 el mundo había quedado fascinado por el nuevo presidente John Kennedy que en su discurso inaugural había citado al salmo 126.

Entraba en su fase más directa la preparación del Concilio Vaticano II mientras que el 15 de mayo el Papa Juan XXIII publicaba una de sus encíclicas más importantes, “Mater et magistra”. Era el tiempo de la independencia de Chana, el Congo y Katanga.

Pocos días antes del 23 de Julio, fecha elegida para la ordenación sacerdotal, se suicidaba Ernest Hemingway y las campanas doblaban para él. También era el año de la construcción del muro de Berlín y el del primer cosmonauta ruso Gagarin, la invasión de Playa Girón, el asesinato de Lumumba en el Congo, la O.E.A. expulsaba a Cuba en Punta del Este, el Che Guevara visitaba a Frondizi contribuyendo así al “tambaleo de su gobierno.

Luis Buñel estrenaba “Viridiana” y nosotros leíamos a Sara Gallardo (“Enero”) y a María Esther de Miguel (“La hora undécima”). También Sábato publicaba “Sobre héroes y tumbas” aunque yo recién a mi vuelta de Roma, en 1964, podía leerlo. También Mario Benedetti, “La tregua” y Roa Bastos, “Hijo de hombre”.

Eran los años de Manuel Antín (“La cifra impar”) y de la entrañable “Shunko” de Lautaro Murua, reconocida en festivales internacionales. Ni olvidar la Torre Nilson que era premiado en Venecia por “Piel de verano”.

Nos alegrábamos porque se creaban en cantidad las nuevas diócesis como aliciente para el trabajo pastoral.
Pasé contando los días, procurando rendir los exámenes y llegó el 8 de julio en que tres compañeros y amigo, Víctor Arroyo, Carlos Catani y Aníbal Pollachi, me despidieron. Ellos sabían que yo, con Alejandro Casona, también me preguntaba “quien habrá inventado las despedidas”…

LOS HECHOS Y LAS PERSONAS

Me faltaban dos semanas para la ordenación y las viví con todo el entusiasmo atesorado en los años previos pero regado por la tristeza de la partida que tendría lugar el 15 de setiembre.

Campeaba la figura de mi mamá que se hizo cargo de los preparativos con todo su potencial y que, si bien sentía dolor por la partida, todo lo iluminaba con su mirada y su guitarra.

A mí me interesaba mucho que la predicación de la primera misa estuviese a cargo del Padre Miguel Macdonagh a quien tanto admiraba.

No podía entonces imaginar lo que fue la experiencia romana y no me cansaré de agradecer al arzobispo haberme elegido, para ello. Esos dos años, que eran los tiempos fecundo del Concilio, me dieron la experiencia de caminar la ciudad y simbiotizarse con ella de tal manera que, como he dicho tantas veces, conozco a Roma más y mejor que a mi pueblo natal.

Al volver vinieron los diez años en la Curia de Bahía Blanca, los dos en la creación de una nueva comunidad, la que hoy es la parroquia San Pablo de Punta Alta, interrumpida por el odio y la violencia de 1976. Después los años, dieciséis, de la resurrección Miramarense y los dieciocho de la parroquia San Carlos en Mar del Plata.

Van pasando hechos y rostros en un desfile rico y variado, exigente y enriquecedor.
Escribía yo días antes de ese 23 de julio en un estilo que me he identificado por lo barroco: “tiempo de Pentecostes con un viento impetuoso en una mañana de julio en que, a la hora de Tertis, una intervención de Dios en la historia transformó en luz y vida lo que eran tinieblas y muerte. Ahora mis manos se han transformado en “santas y vulnerables” y cada mañana la luz de Cristo vendrá a iluminar la oscuridad de mi vigilia. Que mis manos se transfiguren en luz de amanecer pascual”.