Padre Hugo Segovia
“Este es el tiempo del retorno”. Así canta la liturgia al comenzar la Cuaresma.
El signo de la ceniza que se impone en la cabeza de los cristianos nos recuerda nuestra fragilidad.
Se trata de una fragilidad que Dios ha amado y quiere salvar.
Para corresponder a ese amor es preciso volver a Dios con todo el corazón para recibir la salvación.
Las palabras del Evangelio son una invitación a vivir la fe pero no pidiéndola a partir de gestos o actitudes exteriores ni tampoco evaluándola con los criterios en boga porque el Evangelio no quiere abolir la ley sino conducirla a su plenitud.
La ley se cumple cuando se vuelve al corazón, al sentido profundo de la oración, el ayuno y la limosna.
Volver al Señor significa despojarse de las propias seguridades, de tantas reglas que nos imponen y nos imponemos. Solo así podemos encontrarnos a nosotros mismos y el camino para llegar a la Pascua.
La celebración de la cena abre el tiempo de Cuaresma. Durante cuarenta días la Iglesia nos recuerda que Dios quería que los hombres vivieran en un jardín pero que el hombre, en lugar de escuchar la Palabra de Dios, prefirió la palabra mentirosa de la serpiente y así perdió el jardín y tuvo que vivir en el desierto.
DESIERTO O JARDIN
No solo ocurrió al comienzo de los tiempos porque ahora mismo comprobamos como el jardín de la vida se transforma en desierto y nuestro mundo, nuestras ciudades, nuestros corazones se parecen tanto a un desierto y nos encontramos desnudos de amor, de amistad, de dignidad, de partido de la vida.
Pero a este desierto ha venido Jesús y ha llegado para no abandonarnos. Por ello se ha sometido aún a las tentaciones a las que él mismo afrontó como lo vemos en el evangelio del primer domingo de este tiempo.
Allí lo vemos como cada uno de nosotros sufre la tentación del pan, la de la falsa religiosidad y la del poder.
El desierto así se colma de amor, de consolación y de solidaridad.
Después, en medio del desierto cuaresmal, la liturgia nos quiere presentar el final del camino, el triunfo de la luz sobre la oscuridad.
Muchas veces estamos sumergidos a la práctica de la oscuridad y no damos lugar a la contemplación de la luz de la misericordia y cerramos los oídos y el corazón a la voz del Padre que nos dice que Jesús es su hijo y a él debemos escuchar.
Es la palabra más valiosa, más luminosa que Dios nos ha dado. Y en la escena es Pedro quien se da cuenta porque caminan juntos y él lo admira porque es mucho más de lo que él piensa.
Es lo mismo que ocurre entre nosotros y el Evangelio: si lo recibimos nos veremos conducidos a una aventura nueva, más apasionante y más hermosa de lo que podemos imaginar.
LAS ALEGRIAS VERDADERAS
El celebrante, al imponer la ceniza a los fieles puede utilizar una de las fórmulas de acuerdo con las normas litúrgicas. Una es la que les recuerda su origen, “del polvo y al polvo”. La otra es la que los invita al cambio de vida recordando las palabras de Jesús; “conviértanse porque el reino de Dios está cerca”.
El que ha acogido en su misericordia a los pobres, a los excluidos, a los leprosos curándolos no solo de la enfermedad sino, sobre todo, del pecado necesita, en los tiempos difíciles que nos ha tocado afrontar, que le pidamos que no se indigne por el pecado de nuestras ciudades que, como decía cuando era arzobispado de Buenos Aires el Papa Francisco, deben aprender a llorar, que acoja a todos en su amor, que nos purifique con su perdón, que nos lave con su Espíritu, que nos muestre su rostro para que experimentemos su salvación porque es misericordioso, lleno de amor por los hombres siempre.
Nos prepararemos para vivir la Pascua y así podamos darles gracias por la claridad de la luz cuando el día está por terminar para que esa luz ilumina nuestros corazones para que nuestros pasos se dirijan hacia donde se encuentran las verdaderas alegrías.