Ayer, hoy y siempre: “Tanto tiempo”

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

Aquel 13 de diciembre de 1992 fue el día de mi primer contacto con esa realidad que era la Parroquia de San Carlos en Mar del Plata. El año 1992 había sido muy difícil para mí pues tuve que acompañar a mi madre enferma durante 10 meses desde que se desencadenó su mal.

Meses que fui compartiendo con la atención de la parroquia San Andrés de Miramar en la que había estado durante 16 años desde una llegada, el 31 de mayo de 1976, en medio de la inseguridad y las amenazas que me habían obligado a salir de mi Bahía Blanca, allí donde nací y donde, como dice un periodista francés que me había iluminado, en los años de mi formación, “me había dejado hacer por la Iglesia y por Dios y conocí entonces la serenidad, la certidumbre y el gozo; la renovación de la Iglesia es la tradición “(Georges Hourdin).

¡Como me resulta aun después de 48 años, casi martirizante, recordar lo que me costaba cada día en la celebración eucarística nombrar al Papa Pablo y a mi obispo Jorge porque siempre, aun en momentos de soledad y sequedad, los nombres de los que, sacramentalmente, son mis padres en la Fe!

De aquel 13 de diciembre recuerdo muchas cosas, en primer lugar el calor pero también que era el día de Santa Lucía a quien le pedía me ayudara a verlo todo con ojos de padre pero sin imaginar que 18 años de mi vida los iba a pasar allá y serian como la tercera parte de mi vida sacerdotal el período más extensa del tiempo que el Señor me ha regalado; por cierto suelo decir que han sido muy pacientes conmigo los destinatarios (10 años en la Curia de Bahía Blanca, 16 en Miramar y estos 18)

LIBROS QUE NO COMPITEN

Los chicos que, junto con gente de Miramar, habían llegado hasta San Carlos vinieron a ser, si no los protagonistas, partes importantes de la celebración.

Para mí también eran un signo característico de toda mi vida sacerdotal, ellos lo sabían o lo percibían como se hizo realidad en horas de alegría como en momentos de crisis.

Después sentí el cariño de la gente de la parroquia que me agasajaron en ese hermoso porque fue el lugar de tantos encuentros.

El calor desembocó en una fuerte lluvia cuando yo me quedé solo y casi desplomado por la intensidad de esos últimos días.

En esa soledad sentí la compañía de mis libros desparramados por todos lados, una presencia casi identificatoria que llegó a que, alguien decía que yo había no con un pan debajo de los brazos sino con un libro.

La tarea de ubicarlos fue una de las realidades que me hacían añorar la mano creadora de mi mamá.

También ahora en una entrevista a Cristina Banegas me entrego reflejado: “libros, libros en biblioteca rebosantes, pero también en la mesa ratona, el escritorio, aparadores hasta en el piso.

Algunos aun sin leer y otros ejemplares trabajados y marcados. Libros por todos lados”

Libros que me acompañaron pero que nunca compitieron con las almas de quienes eran el objeto de mi trabajo. Sobre éste sobrevolaba también la imagen de San Carlos Borromeo: “un alma es suficiente para un obispo en una diócesis”

CANTO Y DOLORES

Tampoco puedo olvidar lo que dije en la primera predicación que tuve a mi cargo aquella mañana. Era mi sensación de aquel momento e imaginé una de las numerosas oportunidades de celebrar casamientos, aunque ni me podía imaginar lo numerosas veces que lo debería decir, motivo también de dolorosas experiencias: “yo te recibo a vos, parroquia de San Carlos y prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad todo el tiempo que Dios y la Iglesia lo dispongan”.

No sé si fue tan así, aunque procuré que lo fuera, como sucedió hasta el 5 de septiembre de 2010 pero, más todavía, el 31 de enero de 2011.

Volviendo atrás, el 14 de diciembre fue el primer día hábil de ese ministerio y de esa adaptación progresiva a un mundo que era el mismo de siempre, pero como ocurre con las obras de teatro, interpretado por otro actor.

En una película de M. Burman, “El abrazo partido” hay una escena entre la abuela, y el  nieto en que él le pregunta, asombrado: “como hiciste para vivir tanto tiempo” “que le despierta el recuerdo del tiempo que, judía, pasó en el campo de concentración y la hace cantar lo que, allí, le hacía revivir la esperanza.