Este 1 de Septiembre
Cuando los cristianos nos reunimos para recibir la Palabra de Dios y participar de la misa eucarística pedimos perdón a Dios todopoderoso y a los hermanos por nuestras palabras, pensamientos y no pasamos por alto nuestras omisiones.
Hace casi veinte años que esta columna comenzó a publicarse en los tiempos en que empezábamos a salir de la gran crisis de 2001.
Muchas veces hemos omitido hechos un poco por la escasez del espacio. Otras, porque pasaron y tal vez no dejaron huella.
Este 1 de setiembre ya estaba reviviendo algo que me ocurrió en 1975, precisamente un 3 de septiembre.
Fue el primer atentado en la casa de mis padres. El 24 de ese mismo mes era consagrado obispo de Bahía Blanca, monseñor Rómulo García, quien iba a ser auxiliar de Mar del Plata y no llegó a serlo por haber sido promovido monseñor Pironio a la Curia Romana. El día de Nuestra Señora de la Merced, 24 de setiembre, patrona de la ciudad fue la celebración en un estadio y como si fuera hoy, guardo en lo más profundo lo que sucedió allí: entraban los celebrantes y monseñor Pironio, celebrante principal, se separó de los mismos al verme a mí en el costado, al lado del altar. Ante la sorpresa de la comunión me dio un fuerte abrazo y me dijo: “Hugo”, “cuanto te he tenido presente estos días”. El hecho es una prueba del talante de este gran hombre que sabía estar cerca de la gente, sobre todo de los que sufrían de alguna manera. Estamos también asistiendo esperanzados al festival de Cine de Venecia que nos pone en contacto con uno de los momentos más dramáticos de la historia argentina: en la película “Argentina 1985” se nos pone en contacto con una realidad que muchas veces hemos omitido.
Un capítulo oscuro
Pocas veces hemos asistido a un desborde de odio y rencores como éste y nos cuesta entender lo que puede ser un encuentro de personas que, si bien desde distintos ángulos, están trabajando por la superación y el progreso.
Nos parece que este 1 de septiembre puede ser el último capítulo de una terrible noche de enfrentamientos en los cuales priman los intereses particulares o partidarios sobre los que hacen al bien común.
Precisamente al enterarnos de lo ocurrido este 1 de septiembre estamos en vísperas de la beatificación de Juan Pablo I el papa que en solo treinta y tres días conquistó al mundo justamente con las armas que está necesitando nosotros con urgencia en el país.
No olvidemos que en ese lapso pudo el Papa recién elegido dirigir un llamado a los gobiernos de Chile y Argentina para solucionar el conflicto de límites entre ambos lo cual implicará un prolongado proceso, a finales de ese año 1978, que tendrá como protagonista a un enviado de Juan Pablo II, el Cardenal Antonio Samoré que dará comienzo a lo que recién después, recuperada la democracia, llegará a su conclusión.
Las señales de humildad, de acercamiento, de discurso sencillo y adecuado al auditorio estaba dando quien había sido patriarca de Venecia, fueron de una elocuencia capaz de hacerlo reconocer por todos, como señal, además de un pontificado adecuado a los nuevos tiempos pero inspirado, como él mismo lo había determinado, a las dos figuras emblemáticas de quienes fueron sus antecesores, Juan XXIII y Pablo VI.
Buscar el bien común
Como ha ocurrido con hechos del alcance de los del 1 de septiembre, el camino de los cristianos no puede ser otro que la convicción de la investigación a fondo, clara y sincera, de los hechos, lejos de todo revanchismo y anhelo de supremacía cuando cada uno debe ser consiente del lugar que tiene asignado.
“Doctores tiene la Iglesia” solíamos decir para que nadie considere que tiene la razón o es la instancia adecuada para el problema.
Pero por encima de la catarata de opiniones y explicaciones que inundan a los medios de comunicación que tantas veces incurren en exageraciones y repeticiones sobre determinados hechos cuando no en la autosuficiencia de su autoridad competente, quedan otros remedios.
Una convocatoria al silencio respetuosa que no tiene nada que ver con la omisión de la cual tenemos que acusarnos cuando celebremos la Eucaristía, tanto de unos como de otros pues no se trata de pecados individuales sino comunitarios tal como decimos cada vez que recitamos la oración que Jesús nos ha enseñado.
No se trata de asumir el personaje del que tiene razón sino confrontar y despojarse de prejuicios para que la verdad brille y para que así nos convirtamos, como tantas veces decimos, en nuevos cristianos.
¿No será está la ocasión? Aunque nos cueste pensar que así puede ser, la oración puede ayudarnos a ver con claridad, juzgar con rectitud y obrar siempre en la verdad.
Sería la mejor forma de celebrar un país que busca, muy en tinieblas, su propio amanecer.