En la última asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina fueron 97 obispos convocados, 45 invitados los obispos eméritos y también el Nuncio Apostólico Monseñor Miroslaw Adamczyk.
Un episcopado numeroso que, además, se va enriqueciendo permanentemente con nuevos integrantes mientras también con los que llegan a los 75 años y son aceptados en su renuncia conforme con las normas canónicas.
Tres veces al año se reúne la Conferencia Episcopal para deliberar sobre la realidad y la presencia de la Iglesia en esa realidad.
Además, tres veces al año, en marzo, agosto y diciembre, lo hace la Comisión permanente formada por los tres que conforman la presidencia y los presidentes de las numerosas comisiones que se ocupan de los diversos temas que hacen a la vida eclesial y civil del país.
Por su parte, los obispos además de sus recorridas pastorales están acostumbrados a dirigirse a los fieles a través de las llamadas cartas pastorales sobre en los tiempos llamados fuertes del año litúrgico, Adviento y Cuaresma, así como en distintos momentos durante el año.
Espigando en las publicaciones nos encontramos con diversos estilos de los pastores y nos hacen tomar nota de aquello de que “el estilo es el hombre”.
Vemos así distintos estilos y el esfuerzo por llegar a lo fieles y no solo a ellos sino a todas las comunidades.
ESCUCHAR, VALORAR, CELEBRAR
Encontramos, por ejemplo, la primera carta pastoral del obispo de Chascomús monseñor Juan Ignacio Liébana de quien habíamos recogido la emotiva despedida que se le brindó en su anterior destino.
El título “¡que nada apague nuestra alegría misionera!” y ya tenemos aquí como el estilo de un diálogo del pastor con sus ovejas.
Parte de lo que este año se hace en el Iglesia en la etapa previa al jubileo del año 2025, “Señor, enséñanos a orar”.
Destaca, el obispo que es preciso “celebrar juntos la presencia de Dios en lo cotidiano y hacerlo desde las alegrías en forma expansiva como contagiosa y comunicativa”
Habla de la tristeza que aplasta, desanima, una para abajo y manifiesta su deseo de celebrar la vida de fe de nuestras comunidades, la entrega oculta y generosa de tantos hermanos que, en un clima muchas veces adverso, indiferente o desesperanzado continúan en la audaz siembra de la Palabra con ardor y entusiasmo”.
“La alegría es revolucionaria, va contra la corriente de un mundo gris y cansado. La alegría es signo de Evangelio y es, de por sí, misionera”.
“Escuchamos, valorarnos y celebrar tanto en el seno de cada comunidad parroquial como en el entramado diocesano es un paso necesario y fundamental”.
El obispo enseña a soñar en grande, que nadie ponga techo a nuestros sueños de una Iglesia cercana, compasiva y tierna, dispuesta a ir hasta los últimos confines de nuestro suelo para gritar el Evangelio con nuestra vida”.
SOÑAR EN GRANDE
Encontrarse en pequeños grupos y comunidades que, en este camino sinodal, caminar juntos que la Iglesia propone pueda compartir y conversar escuchándonos y dejándonos enriquecer por la novedad de Espíritu que actúa en todos y en cada uno”.
Cerca de Pentecostés el obispo pide que Pentecostés, el Espíritu Santo nos anime en la alegría y la esperanza para seguir soñando en grande para seguir poniendo nuestras capacidades, dones y talentos al servicio del anuncio del Evangelio en nuestras comunidades.
¡No dejemos que nada ni nadie nos robe la alegría y la esperanza!
Podemos ir descubriendo en este breve espacio un estilo nuevo, propio y atractivo tal como Juan Pablo II pedía de la predicación y, a la vez, reflexionar sobre la manera de llegar al gran público poco acostumbrada a la lectura y hacerse compatriota de nuestra gente.
Es uno de los grandes desafíos de la Iglesia como hacer para que la Palabra sea escuchada y ella sea de acuerdo con lo que pedía el Papa polaco: creíble, incisiva y fascinante.