Ayer, hoy y siempre: “Navidad es todos”

La cercanía de la fiesta de Navidad no sé si nos invade de lo esencial de la celebración.

Es frecuente que nuestra reflexión tiene en cuenta aspectos importantes de lo que con esa fecha celebramos y que han quedado en el olvido o por lo menos en un lugar muy reducido de nuestra atención.

La secularización ha hecho su camino y sin caer en tremendismos ha ocupado su lugar.

Nuestra experiencia nos muestra a una sociedad macular que conserva con todo algunos rasgos de lo esencial del acontecimiento, pero no para hacerlo explícito en las familias y en las comunidades.

Había estudios sobre esto y también experiencias concretas que nos conectan con el deseo de recuperar el sentido auténtico de la celebración en el seno de un mundo tal vez no imaginado en sus reales dimensiones.

Por la inquietud a Dios “era un libro que hace años leíamos en el cual el autor decía algo que hoy podría estimularnos sin desalentarnos frente a esta situación: “¡que tristes eran mis domingos sin Dios!”

También recurríamos a la experiencia de Paul Cludel que había recuperado la fe orando en la iglesia en la que había entrado por curiosidad deslumbrado por el canto de las vísperas de Navidad.

EN MEDIO DE ESTA REALIDAD

Claro que se trataba de un poeta, pero ahora así nos encontramos con el mismo problema pastoral que, en términos corrientes, sería que es preciso emprender para revertir esta aridez por llamarla de alguna manera, cual es el remedio a utilizar para que Navidad no pierda su filiación, aquello que la hace ser lo que verdaderamente es.

Los símbolos que hacen legible el misterio de la Encarnación del hijo de Dios que la Iglesia utiliza pedagógicamente durante las cuatro semanas que conformar el tiempo de Adviento preparando a los creyentes para la celebración de Navidad no han perdido ni su belleza ni su capacidad de suscitar sentimientos de piedad que sería cuestión de analizar y poner en vigencia durante la preparación de la fiesta que puedan ser puente para que de lo vivible lleguemos al amor de lo invisible y que tan elocuentemente la liturgia va desplazando a lo largo de estos días.

Es justo que tengamos también ocasión de ubicarnos en medio de esta realidad tan múltiple y tan complejo y que lo hagamos con humildad sin pretender protagonismo y por ello nuestras comunidades sean capaces de evitar todo aquello que pueda tener sabor a resentimiento o superioridad que serían los índices no de Navidad sino de sentimientos en la otra orilla del gran misterio de amor redentor de quien asumía nuestra condición humana para elevarla al amor divino.

NAVIDAD PARA TODOS

Una de las realidades que el misterio navideño no muestra a manos llenas es la de la universalidad.

Nos la hacia preparar años atrás el saludo navideño que el Papa hacía desde San Pedro en los más diversos idiomas a los cuales solía agregar nuevas lenguas cada vez como queriendo hacer tangible la universalidad de la fe no anclada en una determinada cultura sino abierto a nuevos caminos.

¿No sería también esto una consecuencia de la laicización de la Navidad? Hacerla hecho patrimonio de una cultura, además sometida a los vaivenes de los tiempos.

Reflexionemos humildemente estas realidades haciendo, en nuestra humilde medida, lo que pueda llevarnos a abrir los brazos para que nadie quede sino ese feliz Navidad separado de todo egoísmo, de toda tentación de superioridad, abierta a los tiempos difíciles pero no inaccesibles que nos toca afrontar.